Cuento
El otro sueño de Sísifo
- El misterio daimónico de la imaginación
- Guillermo Bert: Barcode Series
- Bar Codes / Branding America
- Guillermo Bert y su Código de Barras
- Los pedazos del corazón
- La Bodeguita del Medio, hija de La Confronta
- Regresar al Paraíso
- El otro sueño de Sísifo
- El lector potencial y el lector virtual
- Interpretación sobre ‘La mujer en Martí. En su pensamiento, obra y vida’, de Onilda A. Jiménez
- El trago (de Oro Verde)
- Uno
- La oscuridad de la nada
- La montaña, de Enrique Anderson Imbert
- Dos cuentos de Eileen Truax
- Algunos poemas indeseables y más… de Maythé Ruffino
…Cuando Sísifo llegó muchos se encontraban esperando. Había silencio y en la calle el calor no hacía caso del crepúsculo. El amanecer rodaba sobre los cuerpos con su nube de polvo salado y una humedad caliente iba entrando con lentitud por los poros de la gente… En seguida, frente a una larga fila, Sísifo preguntó quién era el último; luego se sentó sobre el borde de la acera y con los ojos enrojecidos metió su cabeza entre las piernas. Antes de que llegara su turno para el agua, tendría la esperanza de soñar… Porque así podría tener, siquiera, la posibilidad de sobrevivir, dijo…
De modo que soñó otro despertar —no tuvo más remedio que soñarlo—, y de hecho lo comenzó con una sonrisa de medio labio, indefinida, como si estuviera situado en la misma levedad de su condena.
El caso es que Sísifo quiso soñar para dejar de sentir ese cansancio milenario de cargar con su vigilia eternamente. Por eso ahora despertaba, aún con el cerebro aletargado, a las 5:00 de un amanecer imprevisible, y se desperezaba recordando la escena de haber ido a la llave comunal del vecindario, de haber regresado al derruido edificio, de subir dieciséis pisos de una destartalada escalera con sendos cubos de agua en sus dos manos y ahora, en este preciso momento, se dejaba llevar por su carácter tropical de hombre que cada mañana busca contemplarse en el espejo, para luego lavarse con el agua de una palangana rugosa y rasurarse la barba con los pellizcos de sus uñas y un jabón de marca desconocida.
En el despertar de su sueño sólo había agua de 5:00 a 6:00 de la tarde, un tenso hilillo que él tenía que embalsar en un tanque de plástico gris. Felizmente, siempre lograba guardar 13 litros de agua para el día siguiente, que le bastaban para desperezarse y refrescar su cuerpo en medio de aquel calor inmundo. Con cierta prisa untaba un poco de jabón a un cepillo de cerdas enjutas y se restregaba los dientes y la lengua intentando desechar su mítico aliento.
En la realidad del sueño, Sísifo esbozó otra sonrisa de resignación cuando supo que no tenía desodorante —a él le gustaban esos tubitos alcoholizados—, en cambio había bicarbonato de sodio que, además de servir para la digestión, calmaba el sudor del mediodía. Al menos, con el bicarbonato podía evitar que el sueño se convirtiera en un asco pegajoso, en un emplasto de sudor pasmado que, por suerte, aún no aparecía en la fábula.
En el mismo cuarto, Sísifo se sentó ante su querida mesa, pequeña, coja y carcomida, pero siempre la misma, que venía desde su infancia, pues en su sueño nada evolucionaba, sino que decrecía hasta desaparecer. Apartó con delicadeza el enjambre de moscas y cucarachas que por allí husmeaban y seguidamente se llevó a los labios una lata de cerveza que exhibía a un indio desfigurado y deprimido… Bebió despacio —como para que no terminara nunca— un fondo de café clarísimo que saboreó a punta de lengua. Después echó en la lata una leche acuosa, o viceversa, y se puso a mirarla fijamente, como queriendo encontrar el tiempo perdido de un pasado remoto… Al minuto reaccionó para comer con premura unas ilusorias tajadas de pan, embarradas con un aceite verdoso y rancio, casi gris, y mezclado con sal. Entonces fue cuando miró hacia el trozo de espejo largo que yacía recostado sobre la pared y vio a la mujer que acababa de aparecer en el sueño.
Tenía una cara como de nylon, joven pero al mismo tiempo avejentada por unas arrugas de tristeza. Sin embargo, contaba con la atracción sensual del trópico, y ahora forcejeaba un tanto por sacar el dobladillo de su desaliñado vestido de una rajadura del azogue. Por fin, la mujer rajó la tela y se viró hacia él para imitar la tristeza del día anterior y comentar las noticias: “El mundo se está acabando”, dijo. “El planeta va a explotar de hambre y de bochorno, menos nosotros que vivimos en un sueño”, terminó de decir y bajó la cabeza… Y Sísifo, en silencio, la siguió mirando; la observaba con sus ojos enrojecidos, como para convencerse de que la mujer estaba allí, y de que las palabras de ella trasmitían la emoción del sueño… Nuevamente Sísifo reaccionó, ahora exclamando: “¡Baah!”, y le sonrió como para atenuar la angustia, y ella aceptó el gesto para responderle: “No te preocupes, mi vida, que me distraeré entre las brumas del cuarto”.
Así, Sísifo repuso su inagotable sonrisa de medio labio y se marchó aparentemente tranquilo, sin hacer caso del calor que de tanto peso lo quería reducir a una sombra en el pavimento. Porque él vivía en el sueño que le había tocado (o que había escogido, no sé), y no le molestaba ser esa sombra si lograba llegar a la parada en el momento justo en que un ómnibus transformado en un camello enorme se detenía delante de él, chirriaba el aire de un vetusto automático y la puerta se abría ayudada por los empujones de la gente… Por supuesto que esta vez, el hecho ocurrió de la misma manera como sucedía todos los días en que el sueño se repetía y se repetía y se repetía, y Sísifo, con su sonrisa otra vez, subió y se instaló en un asiento que por purísima suerte se había acabado de desocupar en el mismísimo momento en que él había entrado. Allí se acomodó, entre dos cuerpos y cuatro piernas que lo comprimían sin misericordia, pero él traía su resignación de siempre y no protestaba contra los pasajeros que lo aplastaban. Se daba por dichoso, pues había logrado sentarse, por lo que apretó los ojos con fuerza y de nuevo sonrió de medio labio. Cuando abrió los ojos, advirtió que en su realidad se había sentado sobre las piernas de una mujer que estaba sentada sobre las piernas de un hombre que a su vez se encontraba sentado sobre las piernas de otra mujer, y así sucesivamente, como para hacerle decir: “Muy bien, ahora sobre mí tendrá que sentarse una mujer”, pero al terminar de pensar estas palabras, dos enormes nalgas de una mulata, gruesa, por supuesto, se fueron directamente contra su nariz, y cuando él las esquivó no pudo evitar que su rostro casi se pegara a las axilas de un hombrecillo, viejo y desnutrido, que estaba a su lado. En esta resignada posición, oscilando entre las axilas y las nalgas, se mantuvo todo el tiempo, a la altura del techo de una de las dos jorobas del ómnibus transformado en camello… Entonces, todos los que habían montado le regalaron una sonrisa de medio labio, la misma con la que él había subido y con la que ahora volvía a responder en su incertidumbre feliz.
A pesar de la rapidez del camello, Sísifo llegó a su empresa con 30 minutos de retraso, pero esto no le importó, porque en la entrada, complacidamente, le esperaban su jefe y los amigos (los del jefe y los de él) para felicitarlo por haberse decidido a formar parte de este sueño desde hacía tantos años; era como un alegre y hermoso carnaval, decían, una pachanga constante que los hacía olvidarse de los miserables momentos de la vida. Porque en la realidad de ese sueño, todo era un juego en el que se ponía de manifiesto las habilidades de cada uno para ver quién lograba ser mejor actor. El sueño, en esencia, resultaba ser también el teatro de la vida, y esto lo sabía Sísifo… Al fin, cuando lo dejaron solo en su oficina y vio de nuevo el enjambre de cucarachas, fue que le comenzó la preocupación de que tenía que aparentarlo todo bien, de que tenía que esmerarse en el juego, porque sabía que las apariencias eran demasiado importantes… Y el juego lo hacía bien, cumplía con la jornada de ocho horas más dos horas diarias de trabajo voluntario, incluyendo el sábado completo y el domingo por la mañana, para que nadie le discutiera el mérito de poder aspirar a comprar un refrigerador. Pero también cumplía porque almorzaba bien —reconoció para sus adentros, con una secreta y pícara sonrisa de medio labio—, digamos, que en su empresa podía asegurar una mejor ración de chícharos y arroz, los carbohidratos necesarios para continuar en el sueño… Hoy era domingo, pero no iba a regresar temprano, pensaba, como todos los domingos, porque en este día tocaba concentración en la Plaza y había que ir —para eso le pagaban el día y además se evitaba la represalia de una lista negra—, y ya estaban los compañeros anunciando la partida en los ómnibus y camiones que esperaban afuera de la empresa. Había que congregar a más de un millón de personas para demostrar que el sueño era multitudinario, masivo, contrario a cualquier otro tipo de ilusión que no fuera la de escuchar la palabra del protagonista que hacía infinidad de años dominaba el sueño de todos. Era la angustia de estar unas horas saludando, con banderitas y pancartas, a un personaje tan extremadamente citado que ya no hacia falta nombrarlo (o que ya nadie quería nombrar), y dando “vivas” escritas y programadas, teledirigidas hacia las pantallas de los televisores y los altavoces que se ponían en cada esquina. Después, quizás, vendría la posibilidad de escapar y llegar más temprano a la casa… De hecho, hoy había tenido suerte, unas cuatro horas más tarde, después de romperse las filas en el orden de su empresa y mientras aún se blandían las banderitas y los carteles de consignas, Sísifo eludía las conversaciones de sobremarcha y la vigilia de los organizadores, cruzaba la Plaza y con prisa, y a pie, se dirigía a su casa en el tiempo justo en que una oruga de ómnibus pasaba con su ronquido, agitaba decenas de patas que salían por las ventanillas y no se detenía en la parada.
No supo cómo, pero hubo un corte en el sueño… y él apareció entrando en un auto de color rojo marca Nada, porque nada duró sino un segundo; fue como otra vida que deseó vivir, escalando sobre las espaldas de los demás para alcanzar ese auto… De repente ocurrió un nuevo corte y se descubrió montado sobre una bicicleta enorme, en la que sus pies casi no alcanzaban a los pedales; era una bicicleta tan grande que Sísifo pensó que si se caía, antes de llegar al suelo, tendría tiempo de despertar, aunque fuera en el mismo sueño.
Venía bajando la elevación de una avenida a gran velocidad y pasaba los semáforos sin tener tiempo de frenar ante las luces que no funcionaban; o sea, que sin poder evitarlo cruzaba las calles transversales sin detenerse; pero como esto era un sueño, no tenía por qué encontrar una explicación lógica, porque la lógica aquí no existía: el hecho era que él andaba en medio de muchas bicicletas, entre orugas, camellos y cacharros de los años treinta; la gente se movía en grandes rebaños de bicicletas, cientos de bicicletas tan altas como las de él, y a veces grupos de estos ciclistas venían a ser desparramados por alguna oruga o algún que otro camello distraído; otros, sin embargo, eran como fantasmas o espectros visibles que se cruzaban con la habilidad de no tocarse, pero todos andaban en silencio, o cuando más con una sonrisa de medio labio a modo de saludo, como un mutuo reconocimiento de que todos estaban en el mismo sueño.
A pesar de saberse en un sueño, no dejó de sentir ese pavor que da la aproximación de lo inminente, al darse cuenta de que llegando al final de la avenida iba a saltar por encima de una fuente sin agua para irse a chocar contra el muro que entraba en el mar… Caería al agua, claro, y recordó que el agua del mar era salada, y que desde hacía mucho tiempo la sal estaba prohibida porque se decía que traía las contaminaciones que venían del norte (por eso había que evitar ir a las playas, bueno a las playas que se encontraban invadidas de contaminación, y donde sólo permitían estar a los extranjeros, para que en todo caso se fastidiaran los extranjeros), porque aun cuando era una isla, la poca buena sal que se destilaba del agua estaba racionada (debido a que la mayor parte se sabía contaminada, repito, a causa de los vientos que soplaban del norte). Además, si él caía al agua, las olas lo podían arrastrar hacia el norte de otros letargos en extremos prohibidos… Pero nada, contrariamente a lo previsto, todo se esfumó… Hubo otro corte, un vacío, después unas manchas opacas lo rodearon y surgieron delante de sus ojos las mismas esferitas de colores que veía cuando era niño. Las esferas eran muy pequeñas y al mismo tiempo se sentían grandes, y se hinchaban y él padecía una fiebre que lo consumía.
En eso oyó el sonido que hizo ¡puaf!, y la escena cambió como por arte de magia…Sísifo había venido caminando desde la Plaza y ahora llegaba al vecindario, siempre alegre y bonito, decían los murales, y a su paso extenuado, como de soñador que arrastraba grilletes, la gente le saludaba: “Hola, camarada, qué tal”, y algunos le comentaban los rumores, porque en la isla todo el mundo vivía de rumores que a veces rodaban y rodaban y rodaban hasta convertirse en unas grandes bolas de murmullos. Siempre ocultos, como secretos a voces, en voz baja, claro, no fuera a ser que le malinterpretaran y alguien quisiera confundirlo con un partidario de romper el sueño de la isla, como pasó con los 75 activistas, que por haber intentado enseñar a la gente a salir del sueño, tuvieron que pagar sus desafueros y terminar siendo reos de más de 1,500 años dentro de esta pesadilla histórica que los funcionarios de la isla escribían cada día del mundo.
En medio de las apariencias, los compañeros del barrio le murmuraban en el oído las noticias del momento —las que no salían en la prensa, ni en la radio ni en la televisión—, mientras alguien, en un grupo, armaba la atmósfera de una discusión vocinglera acerca de cualquier tema, y la discusión no era más que un pretexto para distraer la atención y que así nadie se fijara, o no quisiera hacerse el enterado de que otros hombres entraban carne de res clandestina (eso costaba automáticamente cinco años de prisión) y otras cosas que sacaban de una bolsa negra, tan inmensa, que no parecía tener fin.
En seguida, caminó por el pasillo de un viejo edificio hasta la oscura y estrecha escalera (ya los ascensores no existían en los edificios comunales, porque no había piezas que ponerles ni tampoco eran buenos para la salud de los inquilinos, decían) y durante 20 minutos estuvo subiendo los dieciséis pisos que lo separaban de la última planta donde vivía.
Jadeante, como que haciendo una mueca de medio labio, entró en su cuarto (que no era ni siquiera un apartamentillo) y tiró con rabia la cartera llena de banderitas y consignas sobre el camastro que estaba a un costado de la misma sala. “Dios mío, hasta cuándo”, dijo casi en un grito y de inmediato sintió miedo de que la voz hubiera sido demasiado alta. Un poco más bajo entonces volvió a decir: “¿Cuándo se acabará esta pesadilla?”, pero más que una pregunta fue una exclamación otra vez. Y continuó: “Al carajo, estoy en mi casa, estoy solo y, al menos, debo tener derecho a desahogarme conmigo mismo…”. Tomó aire: “Al carajo la banderita, la concentración, la Plaza, el trabajo voluntario y los degenerados de los comités de defensa y de los comités centrales de todo el mundo”, y pateó el camastro para dar de inmediato un grito de dolor y terminar con un puñetazo sobre la desvencijada mesa, que de nuevo se volvió a rajar un poco más.
Entonces, cayó en cuenta de que cuando entró le había parecido oír la voz de su mujer en el baño, pero que en realidad no eran palabras, sino una respiración agitada, unos suspiros recortados, susurrantes, como de una felicidad fuera del sueño. Y de nuevo respiró hondo y pensó que ella estaría jugando un poco con la ducha, porque por esa razón inexplicable de su sueño, hoy domingo, en su casa no faltaba la luz y hasta había agua antes de las cinco.
Desde que él entró la voz de su mujer se había callado, pero ahora que ya estaba calmado no le daba importancia alguna al silencio que salía del baño, y se felicitaba porque él también hoy podría jugar un tanto con ella y con el agua. Pero antes de ir hacia la ducha, se acordó que desde hacía un rato tenía ganas de hacerlo y levantó su dedo índice, lo miró, sonrió de medio labio como de costumbre y comenzó a limpiarse la nariz.
Estaba entretenido con su nariz, cuando se abrió la puertecita que daba al baño y salió la mujer arreglándose la falda. Ella le dio un beso y le pidió que mirara en derredor del cuarto… Pero él la observaba y le comentó: “Hoy, la maldita concentración terminó más temprano, y tenemos agua y luz. Es un día feliz, ¿qué te parece?, porque…”. Pero ella lo interrumpió con su dedo índice tapándole los labios, y con el pulgar derecho señalaba hacia su pecho, como diciéndole que otra persona se encontraba allí, detrás de ella. De hecho Sísifo se quedó petrificado, al pensar que alguien lo pudo oír. Si lo escucharon, su sueño se podría romper. El no quería que lo confundieran con un activista más, pensaba en los 75 que ya estaban perdidos y en los tres infelices que quisieron despertar, saliéndose del sueño; los tres infelices que se contaminaron con la sal del mar y fueron fusilados. Entonces se estremeció.
Rápidamente cambió la conversación y exclamó: “¡Cómo está de limpio todo!… Oye, cómo había gente en esa concentración. Todo salió muy bien. Las consignas se dijeron y todo el mundo llevó banderitas. Por eso vine más temprano, y ya ves, me pagan el día y todos estamos contentos en nuestro sueño”. Y sintió nuevamente la punzada de la resignación, porque estaba seguro de que con esas últimas palabras suyas podía neutralizar cualquier mala interpretación. Continuó mirando a su alrededor y expresó su temor por las vigas de madera, que estaban tan viejas y raídas que ya no parecían estar firmes apuntalando el cuartico, y le sonrió a la mujer que aún se hallaba un poco pálida.
La puertecita del baño volvió a abrirse y ahora el que salió fue un hombre con gafas de plástico negro y cristales rojos. El hombre lo saludó con cierto tono de burla: “¿Cómo se siente usted, compañero Sísifo?”… “Figúrese”, respondió éste, “me duele un poco la cabeza. Tanto rato apoyando la concentración de este domingo, bajo el sol; pero qué vamos a hacer, el sueño es así…”. “Oh, claro, no se preocupe”, contestó el hombre, “eso es normal, ya estamos acostumbrados… La concentración y el sol sirven para ejercitarle la mente… Bueno, me voy, pero volveré para que me pague”, y sin darle tiempo a preguntarle algo abandonó el cuarto. Desde la escalera el tipo dijo: “Chao”, se ajustó las gafas rojas, echó una carcajada corta y comenzó a bajar con lentitud los dieciséis pisos del destartalado edificio.
Sísifo una vez más conformó su mueca de medio labio, respiró hondo y se fue hacia una esquina del cuarto a revisar las cazuelas sobre una chamuscada cocinilla de querosene… “Imagínate, mi amor”, se adelantó ella, ”un tanto de agua con fideos y unas pocas papas que conseguí con la vecina, pero si nos hacemos la idea de que es una sopa de sustancia, nos sabrá mejor, ya hemos consumido lo que nos tocaba en el mes. Pero no hay que desesperar, porque tenemos el sueño asegurado”, adujo esta larga parrafada con una acentuación extraña, como de burla hacia ella misma.
Por su parte, Sísifo buscó en la mesita de noche, al lado del trozo de espejo, y revisó la cartilla de los víveres… Efectivamente, no quedaba nada por comprar… “Sí, tienes razón”, reconoció él, y en un gesto de apego, como si la cartilla de abastecimiento fuera una libreta en la que se apuntaba cada paso de su hambre crónica, la apretó contra su frente, sabiendo que ya era algo que formaba parte de su condición de ser.
“¿Qué buscaba ese hombre dentro del baño con unas gafas rojas?”, preguntó Sísifo… “Es un plomero”, respondió ella, “y se pasa la vida tomando tabletas de vitaminas, que le envía un familiar que está fuera del sueño; además, pasaba por aquí y me propuso arreglar el baño. Tú sabes que en este sueño todos los baños están rotos”… “¿Y las gafas?”, preguntó él otra vez… “¡Ah, las gafas rojas son para ver mejor el color de las cosas”, explicó la mujer con su lógica indiscutible, y continuó: “Es que parece que hoy él se tomó una pastilla de más y con los espejuelos mide la intensidad de su circulación”… “Debí suponerlo”, reparó Sísifo y en su rostro hubo un brillo fugaz.
Acto seguido comenzó a quitarse la camisa y añadió: “Hoy es domingo y nos toca jugar a las cosquillas”. La mujer asintió con la cabeza y también empezó a desvestirse… Dos minutos después se hallaban desnudos, uno frente al otro, y Sísifo vio las marcas en los pechos y los muslos de la mujer… “¿Qué te pasó, ayer no estabas así?”, inquirió y con el dedo apuntó hacia los rasguños… “Fue la pared del baño que me raspó”, respondió ella, “me fue raspando, cuando ayudaba al plomero a reparar la sifa de la cañería” … “¡Ah, sí, la sifa!”, exclamó Sísifo y sonrió, y como para no preguntar más puso los brazos en cruz para que ella lo imitara.
El y la mujer estaban ya bañados en sudor, parados sobre dos charcos que se iban juntando, contemplándose uno a otro, como si fueran esfigies que se derretían con suavidad, hasta que Sísifo abrazó a la mujer que cerró sus brazos alrededor de la espalda de él y ambos, poco a poco, fueron entrando apretadamente en el baño y arrastrando el charco de sudor. Allí se pusieron a jugar a las cosquillas, debajo de ese hilo de agua que caía hoy, por pura casualidad, y que por pura casualidad también tenían luz y hasta jabón de marca desconocida; un jabón que no hacía espuma y olía a cebo, pero que al menos resolvía para un atardecer de juego impostergable.
Por la noche, después de comer, se tendieron sobre el camastro para ver las imágenes opacas de la televisión, entre ellas, las noticias de las 8:00 de la noche, que todo el mundo debía ver para conocer las desgracias del planeta, donde la realidad hacía que la gente padeciera y se muriera de una vida infeliz. No era como en la isla del sueño, donde no pasaba nada, decían, y las cosas estaban pensadas por el Innombrable, para que nadie tuviera que preocuparse por la existencia, por eso el tiempo había sido detenido y sólo se permitía pensar en el futuro, anhelar el futuro y que nadie se interesase en el presente, porque el pasado y el presente eran dos abstracciones referenciales, en función siempre de lo que se podría lograr en el futuro. Por eso las noticias de la televisión, las mesas redondas, los anuncios políticos y los programas instructivos garantizaban la creencia en ese futuro maravilloso que todo el mundo iba a lograr unidos como en una sola masa. Este es un sueño, en el que la mayoría como Sísifo sobrecumplía las metas para hacer de la isla un grandioso centro del mundo.
Media hora más tarde sufrieron con placer las presiones de una telenovela local, hecha en la isla mediante los mejores guiones del Innombrable, para que nadie se desvirtuara ni dejara de recordar que se lo debía todo al sueño. Como cada noche, Sísifo y la mujer intentaron lo indecible por identificarse con los protagonistas, porque desde el principio la telenovela prometía que los personajes eran ellos mismos, porque estaban viéndose en el reflejo de su propio sueño. Pero como ya las cosas le resultaban tan habituales —tan pasado y presente y tan por-venir— bostezaron, apagaron la televisión (no sin antes dar gracias a… por haber tenido luz ese día) y se viraron de espaldas, uno contra otro, para en seguida ir languideciendo en una respiración que tomaba el cauce del mismo sueño, que se repetía y se repetía y se repetía, hasta este preciso momento en que Sísifo despertó desconcertado, como todos los días, ahora solo en su camastro, sudoroso, sintiendo el empuje del calor que lo empotraba en la raída colchoneta, como si él fuera ya el ángel de una mítica resignación.
Afuera del cuarto, como todos los días del sueño, un pájaro madrugador comenzó a cantar posado en el pasamanos de la escalera. Eran las 5:00 de la madrugada, y él se hallaba en medio de la oscuridad sin la ilusión de la mujer. Ella nunca amanecía con él y siempre tenía que esperar a que en algún momento del día saliera del espejo… Sísifo quiso incorporarse con rapidez para no llegar atrasado, pero se sentía débil y no pudo hacerlo más que con movimientos torpes; además no había luz, por lo que se vistió a tientas con un pedazo de pantalón endurecido de suciedad; de un rincón recogió los cubos y con sus pasos de plomo comenzó a bajar por la escalera los dieciséis pisos del edificio. A la media hora alcanzó la calle y se dirigió a la llave de agua del vecindario.
Cuando Sísifo llegó, muchos se encontraban esperando. Había silencio y en la calle el calor no hacía caso del crepúsculo. El amanecer rodaba sobre los cuerpos con su nube de polvo salado y una humedad caliente iba entrando con lentitud por los poros de la gente. Sin embargo, la diferencia fue que, en medio de la neblina, vio un diminuto punto que latía en el cielo… En seguida, frente a una larga fila, Sísifo preguntó quién era el último; luego se sentó sobre el borde de la acera y con los ojos enrojecidos metió su cabeza entre las piernas. Antes de que llegara su turno para el agua, tendría la esperanza de soñar ese otro sueño que venía sintiendo… Porque así podría tener, siquiera, la posibilidad de sobrevivir, dijo…
Este relato obtuvo el primer premio
del XIV Concurso Internacional de Cuento
Enrique Labrador Ruiz, del Círculo Panamericano
de Cultura de Nueva York, en 2004.
***
Manuel Gayol Mecías (Las Tunas, Cuba). Narrador, ensayista, poeta y periodista. Graduado de licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, en la Universidad de La Habana en 1979. Fue investigador literario del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas (1979-1989). Sus trabajos han aparecido en numerosas publicaciones periódicas de diversos países, tales como Cuba, Venezuela, Estados Unidos, Italia, Suecia y Alemania. Ha obtenido varios premios literarios, entre ellos, el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) 1992; y el premio de cuento del Concurso Enrique Labrador Ruiz del Círculo Panamericano de Cultura de Nueva York en 2004. Trabajó como editor en la revista Contacto, Burbank, California, en 1994 y 1995. Desde 1996 y hasta 2008 fue editor de estilo (Copy Editor), editor de cambios (Shift Editor) y editor propiamente en el periódico La Opinión, de Los Ángeles, Estados Unidos. Actualmente es el editor de Palabra Abierta, suplemento de artes y letras de HispanicLA.com.
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