Novela

El trago (de Oro Verde)

Por Carmelo Gariano

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Capsulas de cocaina

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La había conocido en Putla, pueblo para algunos, ciudad para otros, y los dos anclaron su sueño de novios por correspondencia en la ley de amnistía de Norteamérica. Ahora que él ya había recibido la tarjetita verde que te quiero verde y formalizado su residencia en los Estados Unidos, parecía mentira que Nélida se eclipsara porque le había salido el tiro por la culata, o dicho a la pata a la llana, porque se había quedado con la cajita/cajeta llena copulándose con aquel cabrón de Indalecio Jeringa.

Le dolía la herida: primero porque le pinchaba el nervio más sensible de su orgullo varonil, y quizá más porque se había acostado con aquella flor de mamarracho humano que para él era Indalecio pura Jeringa. Lejos de corazón, lejos de amores —solía decir su vieja— aunque sí había de ser chiva la tan anhelada Nélida si al fin acabó por entregarse a otro chivo. Y bueno, él seguía siendo Octavio Ponce de León, con sus veinticinco años de fuego y lanza en ristre, por lo cual tascó el freno sin tragar saliva. El destrozo no duró ni siglos ni años ni meses —que tanto va de pérdida a perdida— y lo que fuera amargo accidente pronto pasó a ser vulgar incidente. Hasta quiso borrar la imagen de verla acostada con el tarugo ese, pues lo mismo daba que lo hubiese hecho acostada o levantada. Él se desquitaría traveseando: vida vivida todo lo olvida, y como no era tan mal mozo, iba a freír su longaniza en mejores tepalcates gozando largo y tendido. Y bien tendido, no cabía la menor duda.

Así dio vuelta la rueda hasta cuando la suerte caprichosa (¿la suerte o aquel vivo de su amigo Lucas?) lo empujó hacia Candelaria, chica dulce, aunque no era esa la razón por la cual sus amiguitas gringas la llamaban Candy y las hispanas Candi. Sin ser boceto de postín, la ataviaban las tres haches de la perfecta casadera (hogareña, honrada, hacendosa) y era lástima que careciera de la cuarta (hacendada), de la cual tan poco caso hizo, a diferencia de Octavio, el finado Fray Luis de León, que en paz descanse.

Su íntimo compañero de trabajo, Lucas Espinilla, estaba casado con la hermana de ella, Tula, y hacía rato que él se la iba levantando hasta los cuernos, salva sea la parte, de la luna. Sí, ahora tenía que verse con Candi. Sí, ahora no podía zafarse de sacarla a bailar o a comer porque al fin se había deshecho de Nélida de la gran Putla —palabras del amigo Lucas, acaso celoso de la grandeza putlana o putlense por ser del pueblo rival, Tlapa.

Octavio la invitó al Caché para pasar el rato, pero metió la pata porque Candi no era de las que jugaban con baraja chueca: se lo hizo entender la primera tarde sin deletreárselo, y se lo deletreó a las claras la segunda tarde cuando, manejando, a él se le deslizó con simulada inocencia la mano desde la palanca del cambio de marchas hasta sus piernas —las de ella, por supuesto.

La chica se portaba con sencilla dignidad, pero Octavio la creía postiza y probó todas las mañas que hasta entonces lo habían sacado de aprieto al cruzar lo apretado. Todo fue en vano, porque no hubo forma de ensillarla: a su alcancía, precisó la reprimida muchacha, se entraba por la sortija matrimonial y a su alcoba por el pasillo de la parroquia. Punto redondo.

Como cazar husmea casar, los dos se comprometieron: pero sólo él entrevió el azar del azahar en ese infierno llamado Los Ángeles, en donde hasta lo barato se le hace caro a un trabajador que aspire a la mano, y no sólo a la mano, de una muchacha decente. La vivienda estaba fuera de su alcance, y lo mismo maldita la molienda y la comienda y la componienda, sin contar a los chamacos que a la larga acabarían por llegar. Eso le parecía ser lo más normal.

Octavio aplazaba.

“Dios Aprieta, pero no ahorca”, decía Candi sin hacer presión; pero sí la hacían sus padres, trocando de soslayo lo implícito por lo explícito y viceversa. La más apremiante era su vieja, una de esas mujeres chapadas a la antigua que aún siguen confundiendo el amor con el matrimonio. A eso se le añadía lo previsto de que en el ardoroso mozo lo económico se enredara con lo fisiológico porque ella, siempre tan dispuesta a abrirle el corazón, se negaba a abrirle las piernas de par en par.

“¿Que no haiga una poquita de hiel entre tanta miel?”, le preguntó él un día a su amigo Lucas.

“Es arribeña, ves, de la sierra. Lo mismo me hizo entonces su hermana Tula, cuando estábamos de novios”, le contestó el otro con toda seriedad.

“Pero tú…”.

“Yo ¿qué?”.

“Pos tú con estrella y yo estrellao. Mira que te va lloviendo en tu milpita, eh, casita nueva, eh, carrito nuevo, eh, visita a México a cada fin de semana. Y no es que trabajes más que yo, en fin”.

“Hay que arreglárselas, cuate”.

Lucas sí que sabía arreglárselas: era un verdadero buscavidas y no había modo de sonsacarle de dónde salían los tostones. Octavio habló con su novia, pero todo era mera conjetura. Droga, no. Imposible de día, porque los dos futuros cuñados sudaban las ocho horas diarias en el mismo taller; y lo mismo de noche, porque los dos se quedan con sus hembras: él pelando la pava, como dicen los gachupines, a la novia y el otro peinándosela al ardoroso amasijo de deseo y esquivez que era Tula. Sí, debía arreglárselas también él, se repetía a cada rato Octavio; que si Candi no pretendía ni el oro ni el moro, tampoco quería irle en zaga a su propia hermana.

Se le ocurrió que algo había de tener Lucas en el buche. Penó, pensó, pesó: los únicos días en que Lucas y Tula se perdían de vista eran esos fines de semana en México, tan funestos para él (que el primo con un pie en el hoyo o la prima con un hoyo en el pie), tan risueños para ella (gangas, gangas y más gangas), y la pobre Candi que se le hacían la boca agua y las tripas vinagre; siempre a la chiticallando,  porque era discreta y no se atrevía  a crearle un complejo de inferioridad al hombre querido.

Al fin, Octavio decidió averiguar cómo se las ingeniaban sus futuros cuñados. Alquiló una moto durante el fin de semana y les siguió la pista a salto de mata. Lucas y Tula no entraban a México siempre por el mismo sitio. Un sábado se metían por Mexicalli, otro por Tecate, otro por distinto sitio. Ese día fueron a Tijuana y vagaron, turistas como tantos, hasta que un tío de ojos negros —tan lindos, de no tenerlos empotrados en aquella cara de hereje— les dio un aventón en un sitio muy apartado y luego los dejó tras la procesión de autos apiñados al salir de la frontera.

Reaparecieron al otro lado tras la fugaz inspección hecha por los agentes norteamericanos y se adentraron por unas callejuelas de mala muerte hasta recibir otro aventón de un chofer cara de verdugo, quien los llevó como media legua a la redonda y los dejó al final cerca del corral en que tenían estacionado el coche. De ahí se fueron manejando a la casa de unos amigos o enemigos, tanto da.

Llegó San Lunes, y llegó puntualmente a la entrada del taller en que trabajaban los dos amigos.

“¿Qué tal la visita a Tijuana?”, preguntó Octavio.

“Otro jicarazo,. Ahora mi pobre ahijao, con el sarampión”, contestó Lucas con el tono acostumbrado al regresar de sus excursiones de cada fin de semana.

“Y esos aventones a cencerros tapaos?”.

“¡Qué aventones ni que carajos!”, exclamó Lucas, sorprendido.

“Mira que no soy tuerto”.

“Más valdría”.

“ Y ¿qué?, ¿Algo turbio?”.

“¡Qué va! Un trago, un trago no más”

“A compartirlo, pos”.

“Ándale. Ya es la hora de trabajar”.

“Por favor, no te me vayas, Lucas hermano, que también yo preciso un traguito. Cada lechón a su teta, ¿no?”.

“Mhh”. (ceño, ojeada alrededor, cuchicheo, guiño).

“Voy a dar pasos, pero boca de palo. Esos tíos razonan a balazos, y naides se la hace que no se la pague”.

“De acuerdo”.

El mensaje no se hizo esperar mucho tiempo y llegó con tono explícito y decisión favorable. Si ese joven tenía agallas, lo prepararían para el trago en cosa de ocho días. De salir airado, viento en popa; y si no, si te vi no me acuerdo.

“Nada de ventas, entendámonos”, dijo Octavio.

“Oh, no. Mera entrega”, aseguró Lucas.

“¿Qué tanto ofrecen?”.

“”Doscientos cincuenta  a chivo brincado. Todo al chaschas pa’ no dejar pisada”.

“¿Cuándo?”.

“Esos tíos no tienen prisa. Uno de la cuadrilla te llamará por teléfono cuando menos lo esperes como pa’ venderte un carro viejo y te dará una vuelta por el barrio”.

Llegó el llamado y se lo llevaron en un inmenso coche encortinado dando más vueltas que abanico de loca para desorbitarlo; al final se lo entregaron a dos tíos tapados, cada uno de los cuales le dio la bienvenida apuntándole acompasadamente una pistola a las sienes.

“Ojos para no ver, oídos para no oír, lengua para no hablar. ¿entendido?”, dijo el más bruto de los dos en un español mal chapurreado.

“Entendido”, murmuró Octavio, seca la garganta y la sangre helada. Y todo por culpa de Lucas, porque a él no hubo modo de sacarle detalle alguno sobre aquel proceso.

Lo esculcaron con esmero y, al ver que no llevaba armas, lo hicieron entrar en un saloncito medio oscuro en donde le echaron encima una bata con capucha negra para que no se le reconociera. Alguien lo admitió al salón de funciones y lo incluyó entre un grupo de desconocidos, cada uno serocopia del otro por llevar idéntico disfraz. Se iban reuniendo allá los neófitos en espera de la iniciación.

Al abrirse el acto, entró un híbrido de sargento fiero y déspota repugnante y los saludó con una ligera inclinación de la cabeza y un siniestro chispazo en la mirada. De buenas a primeras, les dijo que aún estaban libres de marcharse si les quedaba algún residuo de duda o vacilación. Todos miraron lentamente alrededor, pero no se alejó alma viviente. Aquél sonrió satisfecho y les explicó que también ellos podían sacar una punta de dólares con sólo emplear un ratito durante una excursión fronteriza. Se trataba de una actividad que no requería mayores talentos o aptitudes, pero sí mucha discreción y prudencia, pues consistía en traer un misterioso remedio en polvo con un método que era prácticamente imposible de descubrir.

Ese método era el “trago”, muy sencillo aunque algo molesto en un comienzo. Les enseñó un zurroncito de plástico transparente, algo así como membrana de gordo chorizo o como forro profiláctico talla extra, que remataba con un hilo de nylon. Para los ensayos estaba lleno de azúcar. Luego lo lubricó con un líquido esterilizador,a brió la cavernosa boca y cuidadosamente se lo tragó, amarrando el nylon entre los molares. Dio una vuelta por el sitio y lo sacó intacto tirando del hilo con la soltura de zorro cucañero.

“Ya vieron”, concluyó el tipo en lengua franca. “Al final, a cada uno se le entregará uno nuevo para seguir ensayando por su cuenta. Pónganse en contacto con su representante para más instrucciones. Lo fundamental, huelga recordárselo otra vez, es que el silencio es oro y la palabra es plomo”.

Les enseñó dos pistolas automáticas igualmente amedrentadoras. Luego empuñó una, la apuntó hacia los neófitos moviéndola lentamente de un extremo al otro y dijo: “Ésta tiene balas de pega no más. Puro ruido, no le tengan miedo”. Se detuvo y, con la mira puesta, disparó un tiro estruendoso contra ellos. Se les encogió el ombligo a las hembras menos temblonas y el armatoste a los machos más bravos mientras el otro los tranquilizaba con una sonrisa de pésimo gusto: “No se asusten. Ya sabían que con esta pistola estaban a salvo. Cuidado ahora con la otra, que tiene carga automática y balas perforadoras. ¡¡Cuidado!!”.

Agarró la otra arma y, en su torpe manera de hacer bromas, volvió a apuntar con ella y la movió lentamente de un lado al otro fijándose en cada uno de los neófitos. Se detuvo el tiempo. Todos volvieron a respirar cuando él apartó la pistola afirmando que aquélla no la usaban para matar a sus gentes, sino para ampararlas. Luego soltó una castañeta a flor de yemas, y un lacayo encapuchado entró en el acto con una pajarera, dejando salir tres palomas que echaron a volar a la desbandada. El preboste de la ceremonia agarró la pistola mocha y pegó un par de tiros hacia las palomas, las cuales dieron vueltas atropelladas a la redonda; pero pronto recobraron su orientación y regresaron, sin hacer más ruido que el de sus alas, a la jaula de donde habían salido.

Se las llevó afuera el lacayo y volvió con otra pajarera, de la cual soltó tres urracas feas y petulantes. El celebrante descargó también contra ellas la pistola chueca, pero las aves empezaron a graznar enloquecidas y armaron un alboroto de líbreme Dios, cruzando el inmenso salón de un lado a otro. Era una escena de mal agüero que tenía a todos los novicios en suspenso.

“Mal hecho”, dijo aquel tío, fastidiado, y echó la inútil arma sobre la mesa. A continuación, echó mano a la pistola cargada y con certera puntería les pegó tres tiros seguidos a las tres urracas, las cuales, decapitadas, se desplomaron al suelo con un trasbarrás espectral. Tras el primer sobresalto, se quedaron todos paralizados y ni se movieron siquiera para limpiarse la sangre que se les había chorreado encima a muchos de ellos.

“Mh, mh”.

“En voz alta. ¿Aprendieron? ¿Sí o no?”.

“Sí”.

“Todos, digo, todos. ¿Aprendieron?”.

“Sííí”.

“¡Excelente! Es lo que quería oír”.

De regreso, Octavio tuvo que correr al baño en volandas. Luego empezó con sus ensayos tragantones: más fácil hubiera sido pasar ácido sulfúrico, pero no quiso echarse atrás. En efecto, a la semana se tragaba aquel oblongo bolsoncito como si tal cosa. Pronto empezó él también sus visitas rotativas al otro lado de la frontera, pero la dulce Candi rezongaba. También ella se lo sabía de memoria —lejos de corazón, lejos de amores.

Apresuraron la boda.

Apresuraron la luna de miel.

Apresuraron las separaciones a cada fin de semana.

Le tocó a Tula iniciar a la hermana. La cándida Candi quedó pasmada, pero Tula le enseñó la sortija de esmeraldas que hacía juego con la gargantilla y le aseguró que eran de buena ley por más que ella las tachara de baratijas frente a las amigas. Añadió que si Octavio sacaba quinientos cruzando la frontera dos veces a cada fin de semana, sacarían el doble los dos juntos, sin nada de impuestos u otras roñas por el estilo. Calro que el trago estorbaba al comienzo pero luego, coser y cantar.

“¿Riesgo?”, replicó Tula sorprendida.

“Sí, riesgo”, recalcó Candi.

“Ni con rayos X se atina en ver a punto fijo lo que uno trae en el pecho. Lo único que les importa a los inspectores gringos es que tengas el pasaporte u otro comprobante por el estilo y que declares el precio de algún recuerdo o prenda que se te ocurra comprar al otro lado de la frontera”.

Candi vaciló por algunos días, pero al fin reconoció que no hay holganza sin traganza. También a ella se le fue la sangre a los calcañares durante la iniciación, pero pocos días después afirmó con pícara inocencia que los ensayos de forro embutido le habían dolido menos que la primera noche de desvirgada. Se rieron con ganas las dos hermanas y se rieron con más ganas cuando Candi vio lo fácil que se le hacía el tránsito entre los miles de turistas que cruzaban la frontera. Andando en eso, la tonta no quiso tomar la píldora y a los pocos meses de sus giras semanales se quedó embarazada.

Octavio le aconsejó que ahora se dejara de tragos, pero ella quiso continuar hasta cuando la carga se le hiciera llevadera. Madre en cierne, madre en cierre —cierre mental que del sacrificio hace oficio. No, al niño esperado no había de faltarle nada, nada de nada, aunque a ella le tocara pasar tragos con la barriga hecha un odre.

Todo siguió a pedir de boca, salvo unos ratos de desazón que la preñez sabe causar en las primerizas. Interrumpió la faena a los seis meses, concluyéndola en San Isidro: aventón, trago y cruce a la ida; aventón, entrega y cobro a la vuelta. Rutina, mera rutina para todos también ese día, salvo Candelaria.

“Pero ¿qué te pasa, chiquilla?”, le preguntó Tula algo preocupada.

“Que se me salió el nylon sin la bolsa”.

“¡Virgen querida!”, exclamó Octavio fuera de sí. “Si se me traga esa cocaína…”.

“Medio quilo es medio quilo, y aquí nadie se traga nada”, impuso una voz temida.

“Por amor de Dios, llévemela al hospital”.

“¿Hospital? No, aquí. Aquí mismo”, resolvió Cara de Verdugo sin vacilar.

Dicho y hecho, le arrancó de un zarpazo blusa y sostén, y con una cuchillada al justo, más incisión de cirujano que tajo de malhechor, le sacó el forro ensangrentado del pecho. Cumplidor a macha martillo, arrebujó los billetes debidos y se los apretujó en el bolsillo a Octavio, quien no lograba recapacitar ante tan absurdos acontecimientos.

“Mexicana sucia”, burbujeó luego Cara de Verdugo con siniestra mueca, asqueado de que pudiera mancharse la tapicería del coche nuevo con sangre mestiza; pero no perdió su sangre fría ni su limpieza de sangre, engendro como era de esa casta superior que el bien lo hace mal y el mal lo hace bien. Aceleró como ráfaga de simún hasta la garita del teléfono público, por suerte muy cerca, y allí los soltó con la moribunda y todo. Lucas, sin perder las luces durante el tétrico suspenso, sopló el plan con cruda franqueza y se evaporó subrayando su nota final: la mentira, mientras más repetida más creída.

Llegó pronto el socorro y Candi se salvó como Dios quiso; pero perdió el nene de sus entrañas para siempre y la memoria hasta archivarse el expediente, en el cual quedó refrendado el presunto intento de estupro por un vagabundo desconocido.

“¿Negro?”, preguntó uno de los agentes.

“Sí, sí, negro; era un negro”, aseguró la hermana Tula. Y Octavio, según y conforme: que se aprestaba a llamar un taxi, que la feria y la ranura, que la llamada a medio empezar, que la esposa desplomándose contra la garita, que el auricular cayéndosele de la mano, que el negrote huyéndose como un zopilote, que la feria trabada en la ranura y la operadora gringa y la telefonista bilingüe y las sirenas y la ambulancia y los mirones y la madre mi madre que de aquí no me paso.

El informe lo redactó uno de los policías bostezando: bah, el pan nuestro de cada día. Pero las fuerzas vivas de la comunidad levantaron su voz con el clamor de mil desafinadas churumbelas: los conservadores, con su represión; los liberales, con su compasión; los sociólogos, con su anomia; los sicólogos, con su galimatías; los reporteros, con sus etcéteras. Todos discos discordes, todos, salvo Octavio disco rayado.

Y ¿el trago?

¿El trago? ¡Bah, otro disco rayado! Ahí va: el trago es trago estrago estrago estrago estr…

“El trago” es un capítulo de la primera parte
(“La caída sin precipicio”) de su novela
Oro Verde,
una narrativa de intensidad fronteriza,
como se le ha llegado a llamar.

***

Esquela hallada en el currículo de Carmelo Gariano

*

Do not stand at my grave and weep

I am not there, I do not sleep

I am a thousand winds that blow;

I am the diamond glints on snow

I am the sunlight on ripened grain;

I am the gentle autumn’s rain.

When you awaken

In the morning’s hush,

I am the swift uplifting rush

Of quiet birds in circle flight.

I am the soft stars

That shine at night.

Do not stand at my grave and cry.

I am not there; I did not die.

Traducción:

No te pares ante mi tumba y solloces

Yo no estoy ahí, no, yo no duermo

Soy los miles de vientos que soplan;

Soy el diamante que destella en la nieve.

Yo soy la luz del sol que hace madurar el grano;

Soy la gentil lluvia de otoño

Cuando tú despiertes

En el silencio de la mañana

Yo seré la suave brisa que se levanta

Por callados pájaros que vuelan en círculo

Soy también la suave estrella

Que resplandece en la noche

No, no te detengas en mi tumba y llores

Yo no estoy ahí, no, yo no he muerto.

(MGM)

***

Carmelo GarianoCarmelo Gariano (Nicosia, Italia, 1922 – Thousand Oaks, California, 2004) Obtuvo los siguientes títulos universitarios: Profesorado en Letras y Licenciado en Literaturas Iberoamericanas, ambos de la Universidad de Buenos Aires; Maestría en Inglés de DePaul University y PhD en Filología Romance, ambos también de la Universidad de Chicago; y el Doctorado en Letras de la Universidad de Catania. En su carrera académica en la Universidad Estatal de California en Northridge recibió los reconocimientos de Profesor Distinguido y Profesor Destacado por su labor en la enseñanza, investigaciones académicas y trabajo en la comunidad. Publicó diecisiete libros, entre ellos novelas, cuentos, estudios lingüísticos, análisis estilísticos y de investigaciones sobre lírica italiana, así como poemas, cuentos y artículos críticos suyos han aparecido en numerosas publicaciones periódicas académicas y profesionales. Su narrativa enmarca complejas situaciones sociales, tales como el tráfico de droga y los casos de violaciones en contra de las mujeres. Escribió alrededor de treinta guiones cinematográficos para el proyecto educativo Sapnish for You. Impartió conferencias y leyó discursos en numerosos congresos profesionales y centros culturales. Recibió varios premios y distinciones importantes durante su vida. Entre sus obras se destacan: La lírica italiana en el siglo XX (Ensayo, Buenos Aires, La Porteña, 1967); El mundo poético de Juan Ruiz (Ensayo, Madrid, Gredos, 1967; segunda ed., 1975) Boccaccio’s Decameron (Estudio, Washington, Scripta Humanistica, 1986); El último trovador (Miami, Ediciones Universal, 1991); Confidencias del fauno (Cuento, Sacramento, The Spanish Press, 2000); Oro verde (Novela, Universidad Autónoma de Baja California Sur, La Paz; California State University Northridge; Instituto Sudcaliforniano de Cultura, B.C.S. Mex., 2002)
He holds an MA in English from De Paul University and a PhD in Philology from the University of Chicago besides doctoral degrees from the University of Catania and the University of Buenos Aires.
In his academic career at Cal State University, Northridge, he received the Distinguished Professor Award and the statewide Outstanding Professor Award for valuable teaching, scholarly research, and community work. He has published seventeen books and scores of articles in learned journals. Presently, he is writing another novel. As a rule, his narratives bind a human situation to a complex social problem, such as the drug traffic or rape. Thanks to his wealth of intellectual concerns and personal experiences, he brings a new perspective to the present-day literary scene.

© 2009, Carmelo Gariano. All rights reserved.

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