Crítica
Guillermo Bert y su Código de Barras
- El misterio daimónico de la imaginación
- Guillermo Bert: Barcode Series
- Bar Codes / Branding America
- Guillermo Bert y su Código de Barras
- Los pedazos del corazón
- La Bodeguita del Medio, hija de La Confronta
- Regresar al Paraíso
- El otro sueño de Sísifo
- El lector potencial y el lector virtual
- Interpretación sobre ‘La mujer en Martí. En su pensamiento, obra y vida’, de Onilda A. Jiménez
- El trago (de Oro Verde)
- Uno
- La oscuridad de la nada
- La montaña, de Enrique Anderson Imbert
- Dos cuentos de Eileen Truax
- Algunos poemas indeseables y más… de Maythé Ruffino

A pesar de todos los cambios que ha experimentado, la pintura de Guillermo Bert despliega de manera consistente dos características: una textura rica y sensual, complementada con colores similarmente seductores, y una búsqueda incansable de una imaginería que no solamente conlleva incorporaciones sino que hace suyas las complejidades de la vida moderna. De manera interesante, en este continuo intento de abarcar la existencia moderna, la misma obra de Bert evolucionó más allá de la complejidad visual. Ya no busca meramente reflejar la cacofonía (o elementos malsonantes) de lo contemporáneo, sino hallar algo que tenga un mensaje, algo esencial que converja en el núcleo de nuestra condición de estos últimos tiempos. No busca aquello que exprese la suma de todo, sino lo que ejemplifique sus problemas, sus disonancias, seducciones y calidades alienantes.
Como resultado de ello, Bert adoptó recientemente la sintaxis del arte pop: la imagen unitaria, la presentación icónica, el emblemático despliegue de significantes, a fin de elaborar lo que constituye una destilación lógica, humorística y pluscuamperfecta de nuestros días: el código de barras o bar code. El bar code, que en sí mismo no es más que un artefacto inofensivo e indudablemente útil, representa la primacía del consumismo, la degradación de los ideales y la integración de la tecnología digital a la vida cotidiana. La misma universalidad del código de barras (también llamado UPC por Universal Pricing Code) lo convierte en divisa, y al mismo tiempo hace que esa divisa sea algo siniestro. Infiere que todo tiene su precio, incluyendo nociones abstractas y profundas como la ciudadanía y la identidad personal. Bert juega entonces con la ubicuidad del código de barras, entremezclando, o mejor dicho, reduciendo las entidades políticas, religiosas, sociales y artísticas a estampados de bandas verticales alargadas, en los que el artista practica incisiones con superficies de una riqueza de elementos casi obscenos, tales como hojas de oro o un esmalte brilloso.
Bert adoptó la imagen unitaria, la presentación icónica, el emblemático despliegue de significantes, a fin de elaborar lo que constituye una destilación lógica, humorística y pluscuamperfecta de nuestros días: el código de barras o bar code.
Por supuesto, la ironía en la actitud de Bert se encuentra en el hecho de que convierte los atributos inmateriales correspondientes a un objeto material en el objeto material en sí mismo. Mientras que antes (el código de barras) no era más que una anotación desechable, impreso en etiquetas y descifrado por luces rojas de láser, el código de barras en el arte de Bert ahora es palpable, táctil. Ya no es una “cosa” en sí misma, porque labró su presencia en superficies, en lugar de presentarlo como un bajorrelieve que todavía forma parte de un objeto, de una obra de arte designada específicamente para corporeizar las tiras que caen en cascada. Bert enfatiza esta condición de la corporeización al combinar cada uno de los códigos de barras con la idea o con el objeto que identifica y que por inferencia amenaza con reemplazar. En sus trabajos recientes, el código de barras parece apoyar, pero de hecho absorbe varios edificios del Gobierno de Estados Unidos, así como estructuras antiguas cuya perfección clásica simboliza los supuestos fundamentos de nuestra civilización. En otras pinturas-relieves (Democracia es uno de los favoritos de Bert) el concepto puro se convierte de manera perniciosa en códigos de barras. Nuestros ideales identifican las nuevas ideas con aquellas realidades arquitectónicas; o, al menos, lo hicieron hasta el surgimiento de la sociedad mediatizada y cuantificada del espectáculo (para usar un término de Guy Debord), sustituyendo una conexión mucho menos noble entre la idea y la realidad. El código de barras, tal como lo prueba Bert, funciona ahora como venerable tejido cicatrizante entre aquello en lo que creemos y las instituciones en las que creemos cada vez menos.
En este contexto, o al menos en comparación, una segunda serie de pinturas incisivas que Bert ha estado produciendo simultáneamente con sus obras de Bar Code sugieren que una dinámica más intricada, matizada y positiva todavía es posible. De manera similar se emboca a un proceso de codificación, algo —una vez más— derivado de la computadora. Pero aquí la acción lúdica de Bert extrae lo mejor de sí (y de nosotros). Si las pinturas del código de barras están energizadas por la disminución cognitiva entre imagen y codificación, estas obras más densas y connotativas proponen un incremento de coherencia mediante el diagrama y la tipografía. Sí, diagramas y letras (o, si se puede, palabras) se conservan en un nivel sospechosamente equívoco de abstracción; lo que podría ser una ecuación crítica en astrofísica, puede también ser una noción pasajera en matemáticas puras, y lo que puede constituir una profunda declaración en griego puede ser una broma cuando se dobla —sin traducirse, sino al ser interpolada visualmente— en inglés. Estos juegos visuales de la mente titilan en los bordes de la inquisición epistemológica, pero finalmente y de manera reconfortante, se aferran al mundo material. Su entablado, insistiendo en su cosificación, no contradice el hecho de explorar la imaginación abstracta, pero expone el chiste práctico que Bert ha aplicado al proceso supuestamente elaborado de la conceptualización.
El código de barras, tal como lo prueba Bert, funciona ahora como venerable tejido cicatrizante entre aquello en lo que creemos y las instituciones en las que creemos cada vez menos.
En sus pinturas del código de barras el ingenio de Bert es claramente más cáustico (agresivo y mordaz), sin acusar influencia de ningún significado elusivo. No nos invita a decodificar sus códigos de barras, sino que los decodifica para nosotros al superponer las barras con las cosas que ellas supuestamente evalúan o etiquetan. No existe en este proceso un verdadero placer, y mucho menos la posibilidad de que podamos traducirlo; el estremecimiento resultante viene del reconocimiento, tanto de las imágenes en cuestión como del propósito satírico de Bert. Lo que mantiene juntas estas pinturas en el plano del discurso, en un nivel más alto que el mero comentario político, es su llamativa belleza y el hecho de que su mensaje colectivo —es decir, la vida y todo lo que en ella es cuantificable e incluso comerciable— repercute de una manera muy preparada, poderosa y verdadera.
© 2009, Peter Frank. All rights reserved.
