Noveleta

Uno

Por Amir Valle

Labios cosidos

Mamá amaneció con la boca llena de cucarachas. Es del carajo decirlo, pero así fue. Y la cucaracha que salió de la boca abierta de Mamá cuando entré a su cuarto, luego de llamarla varias veces para que tomara el desayuno, siguió caminando tranquila, protegida por mi estupor, hasta perderse por una de las rajaduras de la pared del fondo, seguro para esconderse en la inmensa loma de escombros y basuras podridas que crecía cada día en el descampado, en aquel lado del solar, desde una tarde de lluvias intensas en que el edificio aquel dijera “voy abajo”, y se derrumbara, llevándose al mundo de los muertos a los tres viejos y la niña de dos años, que no lograron escapar a tiempo, como los demás.

Era gorda la cucaracha. Negra. De alas muy brillantes.

Encendí la luz del cuarto y entonces la vi. Y todavía bajo la rigidez del estupor, bien lo recuerdo, pude observar la desbandada de otras cucarachitas, de esas que los fumigadores llaman, alemanas: grises, de apenas un centímetro, delgaduchas, que también salieron de la boca de Mamá.

Álida llegó desde la cocina, se paró detrás de mí y gritó.

Recuerdo su grito.

Nada que ver con esos otros de placer, desnudos, cuando hundía en ella “tu verga rozagante”, como ella misma la llamaba, luego de que la saboreara por unos minutos muchas noches, muchos años atrás.

Nada que ver con ese grito de aquella primera madrugada, dormidos casi uno encima del otro, cuando sentí, entre las nieblas del sueño, que una mano caliente y pequeña se colaba bajo la pata de mi short y comenzaba a juguetear con lo que Mamá decía era para las niñas. Me desperté y se lo dije: “Es para las niñas”, o algo así, medio dormido, confuso, y respondió: “Y qué carajo soy yo, David”, para abrir las piernas y recibirme en un abrazo, como una de esas mujeres que luego tuve en la vida, aunque ella se viera obligada a guiarme en lo que ninguna de las demás tuvo que hacer: otra vez su mano caliente halándome por el mismo centro del cuerpo y colocando aquella parte endurecida de mi cuerpo en un agujero mojado y también caliente del suyo, diría mejor, hirviente, donde me hundí de un empujón de cadera y supe, sin decírmelo entonces, que muchas otras noches regresaría a mi hermana para hundirme en esa caverna maternal que me hacía sentir igual que si flotara en un espacio luminoso y dulzón.

Nada que ver con esos gritos que la oía soltar, entrecortados, en ese mismo cuarto donde Mamá amaneció con la boca llena de cucarachas.

Eran días de mierda. Mi padre ligaba una borrachera con otra y botaba a Mamá de la casa, “me quedo con los niños, puta”, bramaba, “y al que se meta le arranco los cojones, ¿oyeron?”, gritaba a los vecinos, y no nos atrevíamos a escapar de nuestra casucha en aquel solar, aunque podíamos verla desde la ventanita alta de nuestro cuarto, llorosa, removida por los temblores del miedo, parada en la puerta del cuarto de Hortensia, la vecina que nos cuidó desde chiquitos para que ella trabajara, convencidos de que ni siquiera imaginaba lo que pasaba por las noches bajo esas paredes, en aquellos días de mierda: mi padre que entra desnudo al cuarto y se lleva a rastras a la pobre Álida, que tiembla como Mamá y como Mamá llora y se deja llevar y sigue llorando cuando él le susurra, aunque yo pueda oírlo, “abre las patas, putica, vamos a gozar con Papi”. Sus gritos entrecortados. “me tapa la boca”, me contaba Álida, “casi me ahoga”.

Por eso un día vino: “Házmelo tú, mi herma”, dijo, “mis amigas dicen que es lindo con alguien que lo quiera a uno”. Y ella sabía que yo la adoraba.

Álida tenía diez años; “es para las niñas”, dije, infantil, temeroso, confundido, esa madrugada; “¿y qué carajo soy yo, David?”, soltó, bajito pero fuerte, “no te hagas el inocente, que ya tienes doce años”. “Ven”, ordenó. Y fui. Y desde entonces las noches eran una fiesta. Menos aquellas en que mi padre repetía la escena: la bronca con Mamá, “¡vete pa’ la mierda, puta vieja¡”, su entrada abrupta en el cuarto, los quejidos de Álida.

Hasta esa noche.

—Papá está borracho en el pasillo del segundo piso —me dijo, ya temblando—. Ahorita seguro viene.

Le había dado una golpiza a Mamá y luego “voy a coger aire, perra”, lo sentimos gritarle. Y el portazo. Y los pasos callados de Mamá hacia el cuarto, que nos miró al pasar y sonrió con la boca partida, sangrando por un costado, y un ojo ennegrecido. Oímos su cuerpo caer sobre el viejo camastro. Entonces salimos.

Borracho estaba mi padre cuando subimos la escalera. Hedía a orine. A ron malo. A sudor, “ese mismo sudor pegajoso que me deja cuando termina de hacer lo suyo. Intento quitármelo bañándome con bastante jabón y agua, pero se pega, mi herma, me hace vomitar”, me contaría luego mi hermana.

Dormido estaba. La novela brasileña mantenía a todos los vecinos dentro de los cuartos del solar, embobados en los amores frustrados de la esclava Isaura, hoy sé que intentando escapar en aquellos novelones de toda la mierda que siempre nos ha cercado en esta isla, hartos ya de soñar con vivir en la Cuba próspera y perfecta que sólo salía en los noticieros.

Se babeaba dormido el muy cabrón de mi padre, bien lo recuerdo. Y a hurtadillas lo empujamos. Abrió los ojos cuando sintió el empuje. “Davicito”, balbuceó, “¿dónde está la puta de tu hermana”, porque Álida se escondió detrás de mí cuando lo vio entreabrir los ojos.

No dije una palabra. Sin ponernos de acuerdo, sabíamos Álida y yo que debíamos hacer rodar su cuerpo por debajo del barandal, roto en algunos sitios, o colarlo por los cuadrados de metal. Que cayera en el medio del patio, allá abajo, en la primera planta del solar. Y sólo esa  vez bendecimos al degenerado ladrón que, quién sabe cuántos años atrás, había robado la madera preciosa del barandal de lo que había sido, en los tiempos de la colonia, la mansión de algún ricacho, de modo que, de lo que fuera una hermosa baranda interior de madera preciosa torneada y sujeta por un esqueleto de cuadrados grandes de metal, también torneados, sólo quedaba eso: el esqueleto de metal, pero ya herrumbroso, endeble, incluso partido en muchas partes, que impedía a los vecinos de esa planta recostarse allí para observar lo que pasaba abajo.

Todavía hoy no sé de dónde saqué la fuerza, aquella fuerza, que lo hizo llegar hasta el barandal roto del balcón, para quedar trabado en uno de los pocos cuadrados de metal todavía fuertes. Tampoco sé qué me hizo avanzar hacia él, caminando sobre mis nalgas por el pasillo, y empujarlo con los pies, hasta ver que sus ojos se abrían “¡oye, qué cojones te pasa¡”, le oí decir, sin poder manejar su cuerpo, o resistir mi empuje, atontado todavía por el ron, hasta que Álida perdió el miedo y vino, también sobre sus nalgas, como una cangreja asustada, a empujarlo con una fuerza que todavía recuerdo en verdad inusitada. Como no se movía mucho, le dio una patada en la cara, y recuerdo que al verlo intentar tapársela con una mano, volvimos a patearlo y entonces sí cayó. Se deslizó su cuerpo pesado, como una serpiente de agua, resbalosa, ágil, y lo perdimos de vista.

Cuando nos asomamos por el hueco del barandal y miramos hacia abajo, un charco de sangre comenzaba a crecer alrededor de su cabeza explotada.

Los vecinos seguían anestesiados ante la tele por el mundo cruel de los amores imposibles de la esclava blanca Isaura, cuando bajamos las escaleras, y entramos a la casa, donde Mamá dormía, dueña ya de una tranquilidad demasiado inocente quizás por ese charco de sangre que se empozaba bajo su cara, brotando de su boca. Pero entonces, desde la salita de nuestra casa, sólo pudimos ver su cuerpo encogido sobre las sábanas, de espalda a nosotros. “Déjala dormir, pobrecita”, me dijo mi hermana, regresamos a nuestro cuarto y pasamos el pestillo.

—Hoy me lo vas a hacer por dónde a él le gustaba hacérmelo —dijo entonces Álida, se quitó las ropas y se puso de espaldas, agarrada al borde de la cama, con la grupa levantada hacia mí—. Le gustaba darme por el culo. Hazlo tú. Contigo seguro voy a gozar como él quería que yo gozara.

Luego de una intensa cabalgata sobre las nalgas hermosas, redondas y duras de mi hermana, justo cuando ella susurraba “sí, sí, es rico, mi herma”, y yo me vaciaba en ella, poseído por esa cosquilla que me erizaba hasta el cerebro, afuera, en el patio del solar, empezaron a escucharse los primeros gritos.

Fragmento de una noveleta,
Las raíces del odio, ya terminada,
que trata de los movimientos neonazis en Europa,
a partir de la experiencia personal del choque
de dos hermanos con esa realidad.

***

amir-valleAmir Valle (Cuba) Escritor, ensayista, crítico literario y periodista. Ha obtenido importantes premios literarios en la isla y en países como Colombia, República Dominicana, Alemania y España en los géneros de ensayo, cuento y novela. Ha publicado más de una veintena de títulos de cuento, novela, ensayo y testimonio. Saltó al reconocimiento internacional por el éxito en España de su serie de novela negra “El descenso a los infiernos”, sobre la vida actual en Centro Habana, integrada por Las puertas de la noche (España, 2001; Puerto Rico, 2002 y Alemania, 2005), Si Cristo te desnuda (Cuba, 2001; España, 2002 y Alemania, 2006), Entre el miedo y las sombras (España, 2003 y Alemania, 2007), Santuario de sombras (España, 2006 y Alemania, 2008) y Largas noches con Flavia (España, 2008). Su libro Jineteras obtuvo el Premio Internacional Rodolfo Walsh 2007, a la mejor obra de no ficción publicada en lengua española durante el 2006. Santuario de sombras se alzó con el premio NOVELPOL de los lectores españoles a la mejor novela negra publicada en el 2006 en España y en el 2008 obtuvo el Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona, de España, con su obra Largas noches con Flavia. Su obra narrativa ha sido elogiada por escritores como Augusto Roa Bastos, Manuel Vázquez Montalbán y Mario Vargas Llosa.

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Un comentario to “Uno”

  1. Flomac

    Como docente conozco la tragedia que arastran muchos de nuestros niños,que en gran parte se identifica con el contenido del fragmennto de Raíces del Odio.Cuántas niñas y niños violados por papás,parastros o hermanos, bajo los efectos del alcohol y las drogas.Esta es una de las formas seguras de construir sicópatas y delincuentes.¡Cuánto mejor hubiera sido que estos niños no hubieran nacido o que la “pastilla del día después” hubiera impedido el inicio de sus miserables existencias.

    #52

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