Entonces lanzó una ojeada al cuadrado de veintitantos metros que alguna vez reconstruyó la cursilería del “nido de amor”, que hace apenas tres o cuatro meses cantaba amelcochados boleros, que tantas veces dibujo sus figuras contra los resplandores de la luna en cuarto menguante que se inmiscuían por la ventana. Entonces miró la foto...
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