Y como único medio de atajar las fuerzas malignas alborotadas a mansalva por el vecino norteño de Caretas y no ver a la felicidad en plenitud descuartizada, ofrendábamos en altares a los más tiernos inocentes cuya sangre derramaban piaches y babalaos sobre el inmenso cuerpo sediento del redentor sacrificado.
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