Relato
Dos cuentos de Eileen Truax
- El misterio daimónico de la imaginación
- Guillermo Bert: Barcode Series
- Bar Codes / Branding America
- Guillermo Bert y su Código de Barras
- Los pedazos del corazón
- La Bodeguita del Medio, hija de La Confronta
- Regresar al Paraíso
- El otro sueño de Sísifo
- El lector potencial y el lector virtual
- Interpretación sobre ‘La mujer en Martí. En su pensamiento, obra y vida’, de Onilda A. Jiménez
- El trago (de Oro Verde)
- Uno
- La oscuridad de la nada
- La montaña, de Enrique Anderson Imbert
- Dos cuentos de Eileen Truax
- Algunos poemas indeseables y más… de Maythé Ruffino
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Ausencia
“Es tan corto el amor
y es tan largo el olvido”
Neruda
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Toda la casa olía a él. Aún se escuchaban sus pasos alejándose y ella ya lo extrañaba como loca. Para no empezar a sentirse sola se fue a la recámara, a envolverse un poquito entre las sábanas de su cama tan alta, donde a veces ella se acostaba con él, tímida primero, con franco descaro después, retorciéndose de felicidad todavía anoche.
Era curioso ver cómo la casa cambiaba cuando él no estaba. Las paredes se veían más altas, los espacios más angostos. Cambiaban también los colores: se volvían opacos, deslavados, como de película de los setentas. Cambiaba la textura del piso, que se sentía más duro, y cambiaba el ambiente general: un eco extraño hacía que sus pasos resonaran más. Con cautela, calculando cada movimiento, caminó más despacito; nada, las pisadas retumbaban como si fuera un gigante.
Se sentó junto a la ventana, justo donde un rayito de sol le alcanzaba a dar en la frente; entrecerró los ojos, se estiró un poquito. De pronto, un sobresalto: el motor de un auto, muy parecido al de él. No, no era. Se recargó sobre el brazo del sofá, con franca resignación.
Qué sed. Con todo el desánimo del mundo decidió ir a la cocina por agua. Tomó con tanta desesperación que le escurría por el mentón, le mojaba el pecho, salpicaba el piso. Qué placer tan simple, beber agua. Pero qué ausencia tan larga, la de él, que le borraba cualquier placer.
Con mirada indiferente volteó hacia el reloj de pared. Ella no sabe leer el reloj, obvio; de nada le serviría. Dicen que un año de vida de un perro equivale a siete años de un humano. Pero entonces, los siete siglos que ella siente que han pasado desde que él se fue, ¿serán apenas instantes para él? Se le agita el corazón tan sólo de pensarlo.
La angustia la lleva a sentarse frente a la puerta: las patas traseras flexionadas, las delanteras derechitas; el mentón en alto, las orejas alertas, la plaquita con su nombre oscilando bajo el cuello. No mueve la cola, pero a veces se sacude un poco por la tensión de la espera, con la mirada puesta en el cerrojo de la puerta; esperando, esperando a que vuelva. Porque cuando él no está, los días se vuelven eternos.
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Sueños perdidos
Qué sensación esa, la de estar entre la vigilia y el sueño. Cuando estás tan cansado que quisieras dormir tres días seguidos, pero te la estás pasando tan bien que en verdad quisieras no dormir. Entonces empieza la lucha contra el reloj que avanza sin ritmo, te recorta el tiempo y al mismo tiempo te jode más. Y jodido de veras, si el tren que te espera sale a las seis.
La única noche que estuvimos juntos apagué la luz y me apuré a meterme en la cama. Debí haber sido más caballeroso, pensé: la tipa apenas se había desnudado; ella aún estaba de pie y yo le di un rozón por detrás, le toqué un poquito los muslos, y acto seguido me clavé en las sábanas. Al grano, pues, parecía decirle; pero no. La verdad es que me urgía apagar la luz y meterle mano, pero también quería ganar el lado izquierdo de la cama; porque en casa, con mi mujer, yo duermo del lado derecho.
Cuando era joven lo mío era la transgresión: patearle las bolas al sistema, levantar el puño al aire, usar el conocimiento para recuperar el poder –a saber, recuperarlo de quién y para dárselo a quién carajo. También soñaba con viajar, con conocer, con tirarme a un montón de chicas, con escribir un libro bien bueno y tal vez hacer algo de música alguna vez. Con nunca dejarme atrapar por el sistema, y nunca ser como ellos; no darles gusto, no entrar en la horma, no checar tarjeta en un reloj.
Así que aquí estaba, en plena vigilia. Porque igual supongo que dormir con otra algo de rebeldía lleva en sí.
Qué buenas tetas tenía la tipa. Aunque lo mío siempre ha sido más el culo: unas buenas nalgas redondas son mi perdición. Pero desde que le vi las tetas quise tocárselas, así que una vez en la cama me di vuelo; a obscuras como estábamos no tengo idea de cómo se veían, pero se sentían aún mejor. De pronto, entre que me subía en ella como que no quiere la cosa, y entre que escuchaba sus gemidos ahogados, me di cuenta de que me estaba ganando el sueño.
Es tan raro empezar a soñar cuando en realidad no estás dormido. Las palabras se te quedan en la mente como un eco; se mezclan como fantasmas con imágenes de ayer. De pronto me soñé volviendo a mis parajes de niño, a mis batallas de joven, a mis varios primeros amores; y mientras ella lengüeteaba en mi pubis, yo ya andaba en otro lado. Me soñé recorriendo mis caminos pendientes, brincando de ciudad en ciudad, de país en país, cruzando fronteras; cantando canciones conocidas y bailando con chicas adolescentes de faldas cortas y piernas firmes y rostros candorosos y mirada suave.
Soñé que lo que he logrado, lo que me hace ser admirable, respetado, realizado, dejaba de ser lo que al mismo tiempo me ata y me está secando el corazón. Que los hijos, el empleo seguro, la posición, la casita de mis sueños, la palmadita de mi jefe en la espalda, el auto y el fin de semana, no eran lo que la vida en realidad me deparaba. Soñé que mi pelo aún era negro, que mi voz aún sonaba fuerte, que mi sonrisa no era gratuita y mi tolerancia era menor. Soñé que decía “sí” con menos frecuencia, que decía “por qué” con más convicción, y que dormía del lado de la cama que me viniera en gana.
Sentí la boca seca; tenía que tomar un tren. Me vestí como pude, sin prender la luz y dándole la espalda. Quise escaparme, llevarme el último pedazo de sueño conmigo; evitar su figura desnuda recortada por la luz de una lamparita infame, siendo testigo de mis sueños perdidos. Con sus tetas gloriosas y sus nalgas comunes y su airecillo pedante de libertad, hurgando, punzando, rascando en mis sueños; la muy idiota.
Mis pasos resonaron en la escalera dos horas después de que me fui.
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Eileen Truax nació en la hermosa Ciudad de México. Es periodista y bloguera, pero sobre todo chilanga hasta el tuétano. Aprendió a leer a los tres años y después a escribir; lleva toda la vida atrapada en ello. Ha sido reportera de temas políticos y sociales en los dos lados del Río Bravo. Metiche sin remedio, viviendo en México fue a ver qué había del otro lado de la barda y decidió quedarse un rato en Los Ángeles. En esta ciudad es reportera del diario La Opinión y sortea la crisis para mantener con vida a su pequeña productora de documentales, Malaespina Producciones. Es colaboradora del blog “Migrantes”, en el diario mexicano El Universal, y forma parte de un grupo de periodistas en 11 países que publican el blog Mundo Abierto. Eileen es amante de las letras y de los tacos al pastor. Por cierto, aún no encuentra en Los Ángeles unos como le gustan; se aceptan recomendaciones.
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