Editorial

El misterio daimónico de la imaginación

Imaginacion

***

El sortilegio de la imaginación desempeña una importancia crucial en el ser humano. En específico, en la perspectiva estética —las artes y las letras, naturalmente— la imaginación es el mundo en el que nace y se desarrolla toda la creación artística, que va desde el signo gráfico (la literatura) hasta los signos, símbolos y procesos plásticos que abarcan una infinidad de aspectos y funciones que alteran y transforman la circunstancia concreta.

Imaginar es ir mucho más allá de la simple realización de una tarea o de un propósito mediante la pura lógica racionalista; si se quiere ver de otra manera: es como soñar despierto (aunque soñar dormido es también el camino para encontrarse con los seres feéricos); es decir, pensar y sentir algo que esté determinado por “cómo lo hago”; o mejor, “cómo lo creo”.

Independientemente de que la imaginación actúa en todos los procesos de la existencia, quiero recalcar que la literatura y el arte son lo dos aspectos más creativos con que contamos. Pintar, esculpir, hacer mímica, música, cine, teatro, entre tantos, dependen de la imaginación artística que se tenga; en otras palabras, de la forma que se le dé a un tema en un cuadro, de la forma en que el escultor trabaja la piedra o el material que emplee, de cómo el mímico concibe los gestos en la imitación de alguna realización, de cómo el músico y el cantante interpretan una pieza instrumental o cantada, de la manera en cómo representamos a un personaje en el cine o en el teatro; de cómo concebimos la trama de una novela o un cuento, o describimos un poema o de cómo entrelazamos la estructura de un ensayo y hasta el estilo de cómo hacemos una crítica literaria.

En efecto, lo literario no es el hecho de escribir cualquier cosa, sino el hecho de cómo escribimos lo que nos afecta en nuestra intimidad o alrededor y que queremos alterar, descubriendo esa otra realidad oculta e invisible que está yacente detrás del mundo corpóreo, con el propósito no sólo de la belleza, sino además de darle expresión de existencia a la vida secreta de los dáimones, duendes, ángeles, o elfos, etc. (cualquiera sean, según la cultura con que se mire el Alma del Mundo) en el Reino de la Imaginación.

Estos dáimones de la Imaginación son los que complementan el talento en el escritor y el artista. Personificaciones que incitan al hecho de qué crear y de cómo crear, un contenido y un estilo que se materializan en la obra. Dictan o te hacen soñar, o más sencillamente dicho, te hacen imaginar y darle vida propia a un hecho que viene ocurriendo en el ámbito misterioso de lo feérico, que es uno de los mundos imaginales latentes detrás de una realidad concreta. Por eso se hace interesante saber que muchos escritores han confesado que no pueden explicar con argumentos lógicos cuáles son los mecanismos mentales que los llevan a crear y re-crear una obra.

De aquí que, a la manera de cómo imaginamos literaria y artísticamente, y según sea la belleza, la armonía, profundidad e intensidad de una obra en cuestión, así se podría admirar y tener en cuenta el talento de su creador. El escritor, en este caso, cada vez que se sienta ante la hoja en blanco, en busca de su comunicación daimónica, es como si fuera a dar inicio a la aventura de su imaginación, lo mismo para el artista ante el lienzo o la piedra. Porque con cada intención de crear se presenta la disyuntiva de cómo hacerlo, qué forma tendrá lo que quiero expresar. Y es ésta, en realidad, la oculta problemática de la creación literaria, que asumimos también para la artística.

Este autoasombro —que es manera inexplicable para uno mismo de cómo crear— resulta siempre una iniciativa muy particular; algo que lleva indiscutiblemente el sello de lo individual. Este “cómo” por ser un misterio que siempre trasciende al racionalismo, viene a ser lo que podríamos llamar “el misterio daimónico de la imaginación”, muy dado incluso en el folclore de nuestras regiones, y no aún bien reconocido, a no ser por los chamanes, brujos, antropólogos y otros expertos investigadores.

Palabra Abierta pretende contribuir así al develamiento frecuente de ese otro mundo imaginal, invisible y no ausente, que se encuentra en la dimensión ficcional de los escritores y artistas, dándole realce a cómo crean los autores.

Por esta razón y en consonancia con nuestro primer número —cuando hablábamos de que nos proponíamos una fiesta del lenguaje y de la creación literaria y artística, y también mencionábamos la audacia de los escritores, y aun más, nos referíamos a la diversidad de la cultura hispanoamericana— ahora queremos hacer patente de nuevo esa intención, pero tocando el punto de cómo se presenta esta tan agraciada diversidad con la cual contamos. Recalcar que nuestra historia y presupuestos culturales son mixtos no sólo en su contenido, sino en su forma; que hay toda una riqueza estética de nuestros países que se entrelaza por la imaginación, la magia y el misterio que subyace en cada una de sus formas.

De este modo, en esta nueva ocasión, estamos seguros de que ustedes, queridos lectores, sentirán el regocijo y el regodeo por la manera en que ellos, con sus dáimones, les dejarán atisbar en ese mundo imaginario y no menos real que encierran determinadas situaciones sensibles. Y justamente, estos nuevos autores —al igual que los del primer número— lo hacen obviamente con la originalidad y el estilo particular a que aspira toda buena obra artística y literaria.

Bibliografía: Patrick Harpur: El fuego secreto de los filósofos (Una historia de la imginación) [traducción Fernando Almansa Salomó], Girona, España, Ediciones Atalanta, S.L. 2006.

© 2009, Manuel Gayol Mecías. All rights reserved.

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