En este número ocho

Dalí: El puente roto

Otra vez Palabra Abierta (www.palabrabierta.com) les hace llegar una edición más de su página, en esta ocasión el número 8, con nuevas e interesantes proposiciones que buscan enriquecer sus lecturas, en un ámbito de intención artística y literaria que refleje la diversidad e importancia de la cultura hispanoamericana, reconociendo esta vez la estrecha “relación existente entre el sueño y la creación” como una manera más de demostrar que la imaginación forma parte esencial de nuestra naturaleza humana.
A la hora de despertar, siempre que tratamos de recordar lo que hemos soñado durante la noche, a veces percibimos que hay una relación extraña de aquel que sueña —que somos nosotros mismos— con lo soñado; una relación de narración-poesía-narración que nos deja un sabor existencial muy extraño pero al mismo tiempo auténtico, de convencimiento de que hemos vivido en otra dimensión.
Esta sensación nos indica la posibilidad de que la imaginación no es algo aislado ni aprendido, sino un hecho esencial de nuestra naturaleza, que nos puede conducir, tanto en el estado diurno de vigilia como en el nocturno del sueño a la creación; y cuando se propone en nuestro quehacer cotidiano, de trabajo profesional con las palabras, surge la posibilidad de trascender en nuestra propia historia como autor y lector.
Es esta clase de consideración la que pretendemos que tengan en cuenta en esta ocasión para las lecturas de los trabajos que hoy les presentamos.

El editorial de Manuel Gayol,El sueño y la creación. De lo narrativo y poético a la trascendencia”,  trata de lo onírico y su estructura imaginativa, como una manera más de conocer la naturaleza humana, en su esencia, ahora de lo narrativo y lo poético.

En los “Poemas de Marjorie Ross” descubrimos alguna que otra metáfora en la que encontramos de pronto un estremecimiento, un sacudión,  dentro de una poesía clara y nítida de sentimiento histórico, social y humano.

Asimismo, los “Poemas románticos” de Ramiro Lagos nos trasladan a una atmósfera de sensualidad, donde el amor es una posibilidad válida de medir la calidad del ser y su proyección social; donde los temas reviven como en clásica armonía.
De otra manera, encontramos lo directo y coloquial de la sensibilidad poética en los “Poemas de Antonio Acevedo Linares”; versos en los que la sensualidad amorosa y el paladar de frutas y comidas se juntan con el sabor gustoso del saber literario.

Otros “Dos poemas de Rosío Rendón” nos dan una nueva potencialidad de lo coloquial con versos en los que se incorporan no sólo algún vocablo de un spanglish ocurrente, sino también imágenes muy nuevas, como de cultura pop, que buscan el asombro.

En “Amos”, de Davina Ferreira, el amor es una constante poética en el delirio de lo idiomáticamente sorprendente; el amor, sin ser folletín, se redime, se recompone en bellísimas imágenes que no desprecian en nada cierto sentido narrativo.

El cuento “El póquer colorado”, de José Prats Sariols, es una joya de relato simbólico de lo político, y abarcador de registros que van de lo local a lo general. Pero su universalidad es constante gracias a la real participación de los personajes.

El caldo de pollo y la sopa china”, de Carmen Alea Paz, es un relato conmovedor, es el convencimiento de que la juventud está en el corazón y en la mente; es el sentido tema de la vejez tratado de una manera digna y refrescante, con subrepticio humor.

Entre los cuentos clásicos, sin serlo aún, “Rayitos”, de José Manuel Rodríguez, es perdurable porque tiene la sustancia, siempre novedosa, de una narrativa angelina de violencia y amor, de diversidad y contraste, del ritmo trepidante del asombro.

Por su parte, los “Cuentos breves y mínimos de Juan José Arreola” indudablemente que desbordan la imaginación; le otorgan a la literatura mexicana los valores más universales y concentran el acervo cultural de un pueblo que rebasa sus fronteras.

Otro fragmento de la novela Homeless, titulado “El guarda equipaje”, de Yaron Avitov, nos seduce en un absurdo inagotable, que crea la deliciosa incertidumbre de no poder prevenir imágenes ni final. Así, fluye en su recomposición de lo ilógico y lo irracional.

En “Mi pueblo, sombra y fresco”, Roberto Álvarez Quiñones nos deja ver una descripción  detallada y sobresaliente de su ciudad natal, el Ciego de Ávila de hace más de cincuenta años: el glamour y la magia de una arquitectura hoy en ruinas.

Las “Seis reseñas de Llover sobre Mojado”, que José Antonio Velasco esta vez nos trae, valoran concisamente importantes obras de reconocidas figuras de la literatura universal: Saramago, Borges, Flaubert, Garcés, Cocteau y Bulgakov.

La crítica titulada “Saudades-Cumbres”, de Ligia Minaya, nos proporciona una ocurrente y bien pensada comparación entre las cumbres internacionales de los presidentes de países y algunas regiones muy populares de República Dominicana.

En la “Entrevista a Julio Cortázar” se abre una puerta, entre otras comparecencias, hacia el desvelamiento de un mundo otro, lleno de símbolos, tiempo desperdigado y laberintos en los que se asumen la realidad fantástica que todos llevamos dentro.

Por esas tristezas felices de la vida, Manuel Gayol propone un homenaje al amigo escritor, en su “Ramiro Duarte: escape a la eternidad. In memoriam”, que descubre la universalidad de ese creador mágico de Las Tunas, siempre entusiasmado por la vida.

Por último, “Buscadores de imágenes en la poesía colombiana”, de Milcíades Arévalo, es un panorama amplio y preciso, a modo de ensayo, en el que se muestra la diversidad y alta calidad literaria y humana en la historia de este género en Colombia.

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