Novela
La máquina Singer de mamá
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- Los nombres de la guerra
- La migraciĂłn en MatĂas Montero Lacasa: contexto e imagen
- Del ajiaco de los genes a la utopĂa de la imperfecciĂłn
- Literatura e Internet, diversidad del mensaje
- Doce poemas de Esteban Moore
- Dos breves reseñas de Jorge Muzam
- Radio Puente
- Nadie encendĂa las lámparas
- Ya no hay decencia
- El festĂn de los olores
- La máquina Singer de mamá
- Las sensuales capuchonas
- El Ăşltimo bolero que baile contigo
- Gardelianas
- AdmoniciĂłn al peregrino
- OraciĂłn del retorno, un poema de Esther Seligson
- LejanĂas (In Memoriam Esther Seligson)
—¡Qué bonito![1]— batió, con pesar, las palmas mi madre cuando volvà a traerle para arreglar una camisa cuyos botones se balanceaban como el cadáver de un condenado en la horca.
TenĂamos entre nosotros una especie de acuerdo: por cada botĂłn que ella me arreglaba, yo le traĂa una flor.
Ella cumplĂa el pacto. Yo no.
—¿De dĂłnde podrĂa traerte ahora una flor?— le preguntĂ©.
—Ve a lo de “Guinzburg”[2] y compra— respondió.
—Pero allà venden ramos, no flores sueltas.
—¿Y quĂ© pasarĂa si un dĂa alegraras a tu madre con un ramo de flores?
Pero yo no supe alegrarla y no bajé al negocio ubicado en Beit Ha-kranot.
Ahora, cuando ya es demasiado tarde, le llevo asiduamente flores, y hasta me enojo porque ella no cumple su parte del acuerdo y no continúa cosiéndome mis botones.
A veces, una vida entera se convierte en chatarra, de un momento para otro. TambiĂ©n la vida de mi madre estuvo a punto de convertirse en chatarra, pero eso solamente ocurriĂł despuĂ©s de su muerte, cuando quisimos vender su máquina “Singer”, que siempre habĂa estado colocada en un rincĂłn del dormitorio de mis padres, en un lugar que le permitĂa a mi madre disfrutar tanto de los rayos del sol que brincaban en el balcĂłn, como de los chismes de las vecinas.
La “Singer”, cuyo nombre grabado en letras doradas se fue decolorando con el correr de los años, parecĂa un leĂłn de piedra. Estaba colocada sobre una superficie de madera que se abrĂa de par en par, debajo de la cual tenĂa una rueda grande y un pedal con grabados. Sobre la máquina siempre se apilaba ropa para arreglar, y cuando se abrĂa su puerta inferior, se deslizaban al piso un montĂłn de trozos de tela de colores, que mi madre utilizaba para remendar la ropa que arreglaba. En uno de los cajones estaba la tijera gigante, con la que una vez tratĂ© de cortarme las uñas y casi me rebano un dedo, tambiĂ©n muchĂsimos alfileres y agujas y botones y otras tijeras y bobinas de hilo.
Nadie estaba ya interesado en esta máquina, que habĂa sido todo el universo para mi madre, pero yo no tenĂa corazĂłn para arrojarla despuĂ©s de su muerte, ya que siempre me habĂa gustado observar cĂłmo ella cosĂa, presionaba el pedal de la “Singer” y la hacĂa salir al galope.
En los dĂas en que extraño a mi madre, puedo escuchar la máquina de coser que galopa como un caballo en una carrera y el runrĂşn de la manivela, y puedo ver su espalda inclinada sobre ella. AsĂ como el niño en el cuento “El caballo mecedor ganador” de D. H. Lawrence se volviĂł adicto al galope de su caballo de juguete, tambiĂ©n mi madre se habĂa vuelto adicta al galope de su “Singer”.
SĂ, mamá dominaba la “Singer” como un experto jinete. Su cuerpo se movĂa al compás de la manivela que hollaba como una locomotora sobre los rieles. Ella y la máquina formaban un solo cuerpo. Cada vez que se escuchaba el traqueteo y la aguja avanzaba ligera y acrobática sobre la tela y la pinchaba, me parecĂa como una enfermera hábil que aplica una inyecciĂłn sin que se sienta, despuĂ©s de haber desinfectado muy bien la zona.
—Mira cómo la aguja picotea. Como una gallina que busca granos— dijo mi madre, cuando se dio cuenta de que yo espiaba su trabajo.
Desde entonces, cada vez que mis pantalones se desgarraban, le pedĂa: “CĂłselos con la gallina”. Ella se reĂa y comenzaba su tarea. Al escuchar el zumbido, yo ahuecaba las palmas de mis manos alrededor de la boca y vociferaba: “Co-co-ro-có”, como TĂa-tĂa, la gallina que tenĂamos, y mamá volvĂa a reĂrse.
“¿De qué color quieres el parche?”, me preguntaba. Ella era experta en remiendos. Aún no nació una remendona como ella. Mis pantalones estaban armados de parches y ahora, después de su muerte, necesito su habilidad para emparchar mi vida nuevamente.
DespuĂ©s de cada arreglo, mamá extendĂa el pantalĂłn sobre la máquina y declaraba: “No se ve el remiendo”. Yo me reĂa para adentro. A veces las persianas estaban semi-cerradas, la luz estaba encendida tenuemente y mi madre solĂa trabajar en la oscuridad; por eso, era difĂcil encontrar la aguja en el pajar, y más aĂşn la costura. Pero al acercar el arreglo a la luz, corroboraba que era difĂcil distinguirlo. Hasta hoy, algunos años despuĂ©s de su muerte, uso unos pantalones que mi madre remendĂł y nadie notĂł nunca la costura, fuera de mis ojos y de los ojos de mi madre, que ya no ven nada más que la tierra.
Mientras cosĂa, mi madre canturreaba: TaferĂş, taferĂş li begued im kisim…[3]
Ella tambiĂ©n sabĂa coser bolsillos.
Ya en la adultez, ella me cosiĂł bolsillos internos en los pantalones, para protegerme de carteristas que pudieran atacarme durante mis viajes en el extranjero – bolsillos ocultos que siguen sirviĂ©ndome mucho despuĂ©s de su muerte. Desde su fallecimiento, no encontrĂ© ningĂşn sastre que estuviese dispuesto a coserme ese tipo de bolsillos y, sin otra alternativa, traspaso esos bolsillos de los pantalones viejos a los nuevos. Un sastre, al que acudĂ una vez, antes de la Pascua judĂa y en vĂsperas de un viaje para que me cosiese bolsillos, me explicĂł que era mucho trabajo y me preguntĂł con asombro: “¿QuĂ© sastre te cosiĂł este tipo de bolsillos? Yo no sĂ© hacerlo”.
Le respondĂ que mi madre lo habĂa hecho y Ă©l sonriĂł comprensivamente: “Bueno, ÂżcĂłmo puedo competir con tu madre?”
—Ven, te coseré bolsillos – propuso mamá cuando regresé a casa, antes de la Pascua, cantando con la garganta seca:
TaferĂş, taferĂş li begued im kisim.
MileĂş, mileĂş otam be-egozim.
 Simjá rabá, simjá rabá
Aviv higuĂa, Pesaj bá[4]
—¿Para quĂ© quieres coserme bolsillos?— me sorprendĂ.
—¿Cómo para qué? ¿No quieres acaso bolsillos como el niño de la canción?
—Pero… es solamente una canciĂłn— respondĂ.
—Necesitas bolsillos para guardar tu billetera en un lugar seguro, para que no se te caiga, ya que todo se te cae.
Después de coserlos, los extendió ante sus ojos y observó su labor con admiración: “Mira qué bolsillos hermosos te he cosido”.
Pero yo estaba malhumorado.
—¿De quĂ© sirven si no contienen nueces?— le preguntĂ©. Un niño me habĂa dicho ese dĂa, mientras jugábamos con nueces en el aula, que yo debĂa llenar mis bolsillos con nueces para que el viento no me llevara. Tan escuálido era entonces.
—No sé coser nueces— se rió mi madre.
Cuando ella murió, antes de la Pascua, recordé la canción Simjá rabá…, pero estaba terriblemente triste. Llené mis bolsillos con piedras y las deposité, una por una, sobre su tumba.
Fuera de nueces, mamá sabĂa coser de todo: vestidos, camisas, pantalones rotos, botones y, por supuesto, bolsillos. El talento para la costura y la sastrerĂa lo habĂa heredado de su madre, que habĂa trabajado para el mujtar[5] de una aldea beduina en Jordania. Mi abuela, que se habĂa exiliado allĂ durante la Primera Guerra Mundial por la hambruna que reinaba entonces en TiberĂades, disfrutaba de la protecciĂłn del mujtar y confeccionaba tĂşnicas para los beduinos y, hay quien relata, que tambiĂ©n le cosĂa a Amir Abdallah[6].
Mi madre sofisticĂł su virtuosidad en la costura con la ayuda de un curso organizado por la WIZO[7], a pesar de que todo aquel que descubrĂa su capacidad, consideraba que ella no necesitaba ningĂşn perfeccionamiento, especialmente, despuĂ©s de haber tomado un curso particular con su propia madre modista. Si lo hubiese querido, tambiĂ©n mi madre habrĂa podido ganarse la vida con la costura y escribir en su tarjeta personal: “Segunda generaciĂłn de modistas”, pero ella solamente quiso coser para sĂ misma y para su familia, no para otros. Mi abuela cosĂa con hilo y aguja; mamá lo hacĂa en su vieja máquina “Singer”.
Ella tambiĂ©n quiso enseñarme a mĂ a coser. “¿QuĂ© haces allĂ mirando todo el dĂa? Ven, te enseñarĂ© a coser” – propuso. Pero yo no querĂa aprender, sĂłlo deseaba mirar y me escabullĂa de todos sus intentos por darme clases particulares. Una vez, cuando ella trataba de enseñarme a enhebrar una aguja, me pinchĂ© un dedo y algunas gotas de sangre mancharon el botĂłn flojo de la camisa que yo estaba tratando de coser.
Cuando mamá se empecinaba, yo me volvĂa más impaciente:
—Tienes paciencia para leer libros durante horas— solĂa rezongar —¿pero no la tienes para sentarte conmigo a que te enseñe a enhebrar una aguja?
—La costura y el bordado son para las niñas— me quejé —no para varones.
—Pero no tengo hijas— manifestĂł —¡hubiera querido tanto tener una niña! Bueno, por lo menos ven a aprender a coser un botĂłn, ya que cada dos dĂas se te cae uno y yo no podrĂ© coserte botones toda la vida.
Nunca renunciĂł a sus intentos por enseñarme a coser y ya siendo adulto, siempre introducĂa hilo y aguja en mi equipaje, en caso de necesidad, ya que continuĂ© acudiendo a ella para que me cosiera algĂşn botĂłn caĂdo o arreglara un agujero en mis pantalones.
“Tienes más agujeros en los pantalones que en los dientes”, se mofaba.
A veces los botones se perdĂan y mi madre debĂa buscar alguno adecuado en su gran depĂłsito.
—¡Párate derecho! ¡AcĂ©rcate a la luz!— me retaba y apoyaba sobre la tela de mi camisa un botĂłn, que hasta en la oscuridad se veĂa diferente a los demás.
—Es exactamente del mismo color— se encaprichaba.
—Pero no es el mismo tamaño— le decĂa yo —Si me coses este botĂłn, lo arrancarĂ© y lo arrojarĂ©.
Mamá se rendĂa ante mis amenazas y buscaba otro botĂłn, aunque se impacientaba rápidamente.
—Se me irá todo el dĂa buscando este botĂłn. Por tu culpa. Por lo menos, ayĂşdame a buscar.
Los dos hurgábamos en la pila de botones que ella guardaba en uno de los cajones de la “Singer”, pero mi aporte se limitaba a esparcir la mitad de ellos sobre el piso. Se diseminaban como perlas brillantes y debĂamos juntarlos uno por uno, hasta que mi madre encontraba uno que me conformaba, pero tambiĂ©n entonces mi rostro continuaba disgustado.
—¿Por quĂ© estás enojado?— me parecĂa escuchar a mi madre —Sin la máquina no podrĂ© arreglarte el botĂłn.
—Siempre dijiste que era suficiente aguja e hilo, ¿por qué ahora necesitas la máquina?
— Mi vista ya no es lo que era, por eso, solamente puedo arreglártelo con la máquina.
—Qué suerte no haber vendido finalmente tu máquina— murmuré.
—Realmente es una suerte.
Yo no necesitaba la máquina y no tenĂa quĂ© hacer con ella. Mi hermano Meir no tenĂa lugar en su casa y propuso que llamemos a un altezajen[8] y se la vendamos junto con todo el mobiliario. BajĂ© al negocio de segunda mano – queda en el frente de nuestro edificio – y le preguntĂ© si conocĂa algĂşn altezajen. El dueño vislumbrĂł la oportunidad y preguntĂł, utilizando triquiñuelas, si podĂa ver el departamento. Su entusiasmo me causĂł rechazo: no querĂa que pusiese un pie en la casa de mi mamá, palpara con dedos codiciosos los objetos y estimara su precio como si fuese un comerciante de ganado. Le dije que todo lo que necesitaba era un changador que bajara la máquina de coser y pagara por ella lo que considerase apropiado.
Inmediatamente despuĂ©s de hacer ring-ring desde su telĂ©fono mĂłvil aparecieron dos, un changador y su ayudante, midieron la “Singer” con sus miradas, estimaron nuevamente sus medidas con las manos, la elevaron en el aire, la colocaron sobre la espalda del ayudante, la ataron – pobrecita ella – se dirigieron a la salida y comenzaron a bajar las escaleras. En cada escalĂłn la “Singer” se tambaleaba como quien trata de liberarse de sus ataduras, mientras el oficial changador la sostenĂa por detrás.
Cuando la “Singer” ya estaba abajo, amarrada en el maletero del Peugeot, llamĂł repentinamente mi hermano y me suplicĂł que anulase la operaciĂłn. HabĂa encontrado una interesada. Mi prima Shoshi, que dos dĂas antes no habĂa querido la máquina, se habĂa arrepentido y ahora la deseaba para “colocar sobre ella macetas”. La objeciĂłn de que ya estaba vendida y que los changadores ya me habĂan pagado, no le hizo cambiar de opiniĂłn.
—Yo también quiero un recuerdo— argumentó.
En ese momento, tuve que rogar al changador que aceptase anular la venta. Me miró como quien mira a un excéntrico y sólo aceptó después de comprometerme a pagarle un resarcimiento doble.
Cuando la “Singer” fue subida y colocada nuevamente en su rincón, sentà que mi madre rehusaba separarse de ella, aún después de su muerte.
—No estoy dispuesta a entregársela a Shoshi — creà escuchar su susurro.
—Pero, Âżpor quĂ©?— me sorprendĂ – ÂżQuĂ© tienes contra ella? Quiere usarla para colocar encima macetas.
- Que coloque macetas sobre su cabeza, no sobre la máquina. Es una máquina de coser, no es un macetero. Lleva la máquina al cementerio y jalasna[9], ya encontraré qué hacer con ella.
—¿Para qué la necesitas?
—¿Cómo para qué? ¿Te volviste bobito, o qué? Debo arreglarte los botones, como pediste, ¿no es as� Y debo coserte bolsillos, ¿no? Y reparar mi sudario, ¿correcto? Se rasgó en algunos sitios y el agua me cala los huesos. Hasta puedo tener reumatismo por eso. ¿Quieres que tu madre tenga reuma? Además, entran insectos, cucarachas, hormigas. ¡Tráela rápidamente acá y listo!
—Pero, ¿por qué elegiste una tela tan delgada para el sudario?
—¡Llegaron los buenos tiempos! ¿Desde cuándo te volviste un gran entendedor en telas y costura? Quizás de una vez por todas puedas hacer un favor a tu madre: trae la máquina y jag’a[10] de cháchara.
El pedido de llevarle la máquina al cementerio, no me resultó extraño. Que ella continúe utilizándola, me pareció la solución adecuada, para una máquina que ya nadie valoraba.
La ubicaré sobre su tumba, en el rincón, entre la lápida y el florero, y cada vez que mamá quiera entretenerse, podrá coser. Seguramente, ahora está terriblemente aburrida, entonces, que por lo menos pueda coser.
Más adelante, le construiré allà una cocina.
Sólo quedaba una cuestión: ¿cómo acarrear la máquina hasta el cementerio?
Regresé al negocio de segunda mano y le pedà a su dueño que volviese a llamar al changador.
—¿Qué hay esta vez?— me recibió con una sonrisa irónica.
—La máquina de coser— respondĂ.
—¿Otra vez?— se rió —¿Qué pasó? ¿Tu pariente ya no la quiere?
—No— dije —mi mamá la necesita.
—Pero tu madre está muerta hace ya medio año— me miró reticente.
—SĂ, pero…— me interrumpĂ.
Él encogiĂł sus hombros y volviĂł a hacer ring ring. Llegaron los mismos dos, el changador y su ayudante, y les dije que debĂan cargar la máquina. Preguntaron: “¿A dĂłnde?”. “Avancen”, respondĂ sin puntualizar.
Los changadores cargaron la “Singer”. Mientras lo hacĂan, interrogaron:
—¿Qué le pasó a la máquina? Esta vez no pesa casi nada.
—Es que esta vez está contenta por irse de aquĂ— contestĂ©.
Observé la máquina y noté que su barniz brillaba de felicidad, por el reencuentro con mamá.
IndiquĂ© al changador: “Gira a la derecha, avanza, conduce derecho”. Viajamos y viajamos, llegamos a la carretera de la costa, continuamos viajando. Cada tantos minutos, el changador volvĂa a preguntar “¿a dĂłnde?”.
—¡Continúa!— le respondà —No te preocupes por el dinero.
Llegamos al barrio MajanĂ© David, junto al cementerio. “Seguramente se la vendiĂł a alguna inmigrante rusa”, murmurĂł el conductor para sĂ.
Les dije que no, que debĂamos continuar. Subimos una pequeña elevaciĂłn y doblamos hacia la derecha. Entonces, el conductor observĂł: “Desde acá, solamente es posible llegar al cementerio. Dime, Âża dĂłnde quieres llegar?”
—Exactamente allĂ— contestĂ©.
El conductor se replegó en su asiento y le comentó a su compañero:
—Te dije, todavĂa la vez anterior, que este muchacho está chiflado— Y dirigiĂ©ndose a mĂ agregĂł —Dime, Âżeres normal? ÂżA dĂłnde nos llevas?
—Deben llevar la máquina al cementerio. Mi madre la necesita— expliqué.
El conductor frenĂł, abriĂł precipitadamente la puerta, corriĂł hacia el maletero y silbĂł a su compañero. Entre los dos bajaron con rapidez la máquina de coser y la depositaron junto al portĂłn del cementerio. Tanto se apresuraron a huir del lugar, de los muertos, de mĂ, de mis locuras, que me dejaron las sogas y ni siquiera me pidieron dinero por el transporte.
CalculĂ© con la vista la distancia que habĂa desde la entrada hasta la tumba de mi madre, sin saber cĂłmo arrastrarĂa la “Singer” hasta allĂ. “No son más que doscientos metros”, me consolĂ© y comencĂ© a presionar el pedal de la “Singer”.
Enseguida la manivela comenzĂł a bramar y yo fui galopando sobre el lomo de la “Singer”, que ya se habĂa vuelto liviana como una pluma.
***
TraducciĂłn: Tamara Rajczyk
***
CapĂtulo de la novela Una nota de mi mamá, Ediciones Am Oved, 2001.[1] En el original: Kaftor vaferaj (Éxodo 25: 33). Frase que se utiliza para expresar entusiasmo o asombro ante un hecho realizado de manera virtuosa. [2] FlorerĂa muy famosa de la ciudad de Haifa, ubicada en Beit Ha-kranot, centro comercial de la calle Hertzl.[3] CĂłsanme una vestimenta con bolsillos…: verso de una canciĂłn tĂpica de la festividad de Pesaj (Pascua JudĂa).[4] Letra completa de la canciĂłn: CĂłsanme una vestimenta con bolsillos, llĂ©nenlos con nueces. AlegrĂa, alegrĂa, la primavera ha llegado, ha llegado la Pascua.[5] Jefe de aldea árabe.[6] Gobernante de Jordania, abuelo del Rey Hussein, quien firmĂł el tratado de paz entre ese paĂs e Israel, junto con Itzjak Rabin, en 1994.[7] OrganizaciĂłn Internacional Sionista de Mujeres.[8] En el original, en idish: Vendedor ambulante de mercaderĂa de segunda mano.[9] En el original, en árabe: y listo.[10] En el original, en árabe: basta.
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Yaron Avitov, escritor, poeta, antĂłlogo, director de cine y guionista, investigador cultural y crĂtico literario. NaciĂł en Haifa, Israel, en 1957; vive entre Israel y AmĂ©rica Latina. PublicĂł doce libros, novelas y compilaciĂłn de cuentos, en hebreo; parte de ellos son sobre AmĂ©rica Latina. Escribe en algunos estilos literarios, entre el realismo y el surrealismo de la vanguardia. GanĂł cuatro premios literarios en Israel: premio de Primer Ministro de Literatura (2005), Premio de Fondo de JerusalĂ©n (1994), Premio Amos de la Casa de la Presidencia (1998) y Premio de Ciencias Sociales (1993).  Entre sus obras se encuentran: Observacion, 1991, Nota de mi Mama (2001), La Noche de Santiago (2001), Luces de Miami (2005) y Homeless (2008), que la crĂtica ha comparado con la obra de Kafka. El capitulo “Narkis”, que apareciĂł en Palabra Abierta, es parte de esta novela. En español, como escritor y antĂłlogo, publicĂł hasta hoy cuatro libros, entre ellos El pueblo del libro (2007), con Libresa; y Un solo Dios (2009), antologĂa; y Luces de Madrid (2009), novela que está escrita sobre AmĂ©rica Latina. Los dos Ăşltimos libros se publicaron con Paradiso Editoriales y tenĂan este año buena acogida en el idioma español. Con los dos libros, participĂł, en 2009, como invitado en seis ferias de libros: en Guadalajara (MĂ©xico); Fliporto y Porto Alegre, en Brasil; Lima (PerĂş); Bogotá (Colombia); y tambiĂ©n en la Feria de la Ciudad de Panamá (Panamá). En estos dĂas prepara otra antologĂa temática de literatura hebrea en español. Una novela nueva sobre la vida de los inmigrantes latinos en Israel se publicará en hebreo el prĂłximo año. En este mes va a presentar, con la Casa de la Cultura NĂşcleo de Loja, el documental de cine La tribu perdida de Loja, sobre la historia y la vida actual de los conversos judĂos que se convirtieron al catolicismo durante la InquisiciĂłn en España, en el siglo XV, y llegaron a Ecuador.
© 2010, Yaron Avitov. All rights reserved.




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me gustarĂa comunicarme con Yaron Avitov. Les agradecerĂ© muchĂsimo si ustedes pueden transmitirle mi interĂ©s y proporcionarle mi email.
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