Estampa
Las sensuales capuchonas
- Juego en el laberinto de los espejos: identificación y diversidad
- Las pinturas de Matías Montero Lacasa
- Los nombres de la guerra
- La migración en Matías Montero Lacasa: contexto e imagen
- Del ajiaco de los genes a la utopía de la imperfección
- Literatura e Internet, diversidad del mensaje
- Doce poemas de Esteban Moore
- Dos breves reseñas de Jorge Muzam
- Radio Puente
- Nadie encendía las lámparas
- Ya no hay decencia
- El festín de los olores
- La máquina Singer de mamá
- Las sensuales capuchonas
- El último bolero que baile contigo
- Gardelianas
- Admonición al peregrino
- Oración del retorno, un poema de Esther Seligson
- Lejanías (In Memoriam Esther Seligson)
—Ay, pero qué cara más linda tiene este trigueño… mírame, mi cielo, ¿no me conoces?
—No tengo idea de quién eres, pero me parece que estás buenísssima—, le responde Alberto mientras le aprieta suavemente un brazo a su enigmática interlocutora encapuchada, de la que sale una vocecita fingida de pepilla loca, tan chillona que resulta casi ininteligible.
No es ésta una escena inusual. Ocurre por doquier durante las 45 noches que dura una de las más sensacionales temporadas de fiestas callejeras que pueda imaginarse, desde que cuatro siglos atrás llegaron a la adultez las divertidas “carnestolendas” —celebraciones religiosas que terminaban en fiestas populares— en La Habana adolescente de 1585: el Carnaval de las Flores de Ciego de Ávila (en el centro de la isla de Cuba), que empieza en mayo y termina en abril.
Como expresión del entusiasmo popular que va de la mano con la pujanza económica avileña, en esta segunda edición carnavalesca de 1956 toda la ciudad se viste de fiesta. Hasta el gato participa en la confección y colocación de los adornos. Los vecinos en cada cuadra eligen un tema como leitmotiv para los adornos en ese barrio. Se recauda dinero y compran pintura, papel, madera, cartón, cordeles, etc., y contratan carpinteros, pintores y electricistas que construyen quioscos, cantinas, tarimas para las orquestas, grandes murales, y adornos más sofisticados.
Se transforma así la fisonomía de la urbe. Los barrios quedan engalanados con una gama multicolor de motivos alegóricos: “México Lindo”, “Los Taínos”, “Rincón Criollo”, “Pelencho El Jacarandoso”, “Siboney”, “Los Dragones” (en el barrio chino), “Andalucía”, Las Mil y una Noches”, “Islas Canarias”, “La Verbena”, “La Pachanga”, “Mi Bohío”, “Los Gauchos”, “El Caney”, “Jardín Cubano”, etc., etc.
Los sábados desfilan las comparsas, sin duda entre las mejores del país. Las coreografías de las de mayor colorido, “Kubelenká” y “Los Fruteros” —con muy bella música—, a cargo del arquitecto Lorenzo Medrano, nada tienen que envidiarle a las de Rodney, el coreógrafo del famoso cabaret Tropicana, cuyo propietario, Martín Fox, es un avileño.
La de “Los Arroceros” y “Los Esclavos de Batanga” también gustan mucho. En la segunda los infelices esclavos reciben latigazos para que trabajen, pero al llegar al Ayuntamiento —donde se hallan la tribuna y el jurado— se rebelan, hacen correr al mayoral y comienzan a danzar frenéticamente con un ritmo híbrido de rumba y conga. En la de “Pelencho” llevan en un cochecito enorme a un “bebé” (hombre disfrazado) tomando malta o cerveza en vez de leche. Al llegar a la tribuna el infante sale corriendo y la mamá (otro hombre disfrazado) detrás a toda velocidad, con saltos y piruetas rítmicas formidables incluidos, mientras los demás bailan alegremente.
Las carrozas desfilan los domingos, algunas enviadas desde La Habana con Sonia Perla Gil y Marta Véliz “La Meneíto”, las monumentales modelos de las cervezas Polar y Cristal, o parejas de baile famosas como Ana Gloria y Rolando, y Anisia y Rolando. Pero el resto de las carrozas son locales y representan a tiendas, firmas comerciales, fábricas, bancos, asociaciones de profesionales, clubes sociales, siempre presididas por las dos reinas del carnaval, una caucásica y otra mulata, que van lanzando serpentinas a un público impactado por la extraordinaria hermosura de sus majestades: Niria y Elda.
Cada noche hay bailes en varios barrios a la vez, con las mejores orquestas de
la nación. Agrupaciones musicales de la talla de la Banda Gigante de Beny Moré, La Sonora Matancera, las orquestas Aragón, Riverside, Conjunto Casino, Sensación, Chepín-Choven, América, Enrique Jorrín y otras, incluyendo la orquesta Intermezzo, orgullo avileño.
Pero sin duda el plato fuerte lo constituyen sus sensuales capuchonas. Como en la Verona de Romeo y Julieta con sus mascaradas, aquí las calles son invadidas por estas mujeres decididas a divertirse. Algunas se pasan de la raya y colocan a sus maridos relucientes cuernos. Señoritas “pierden la cabeza” y nueve meses después nutren la prolífera generación de los “Bebés del Carnaval”.
Las capuchas son parecidas a las del Ku-Kux-Klan, pero de color negro. Cómo reconocer a alguien con un gorro picudo encima y el rostro y el cuerpo cubiertos por un batilongo largo que sólo deja ver la punta de los zapatos, aunque ajustados en la región glútea para que se aprecie la calidad del “producto”, porque en este clan peculiar se enrolan féminas casi exclusivamente.
Todas cubren sus manos con guantes negros y cosen la tela que le cubre el rostro al resto de la capucha, o le ponen un zipper, para que nadie pueda levantarla y ver quién es.
De contrabando se cuelan homosexuales “tapiñaos” o heteroxesuales para divertirse a riesgo de recibir una paliza, —con capuchas y hablando como titiriteros haciendo de niñas. Luego de bailar un rato su pareja viril descubre el engaño: “Ah, Mariconazo, te voy a desbaratar hijo de…”, y ¡zas!, la trompada que lanza al travesti —legítimo o falso— por el suelo, que al tropezar con las mesas derriba botellas de cerveza y ron, vasos llenos y platos con arroz congrí y ropa vieja, chicharrones, tostones, tamales, en medio del corre-corre de la gente.
La ignota agresora sexual de Alberto arde en deseos de mover el esqueleto a los acordes contagiosos de “El Bodeguero” que, en el barrio de “Pelencho…”, interpreta la Orquesta Aragón. Toca la flauta el mismísimo Richard Egües, autor del sabroso cha-cha-cha que se pasea por el mundo en la voz de Nat King Cole.
Para que no le den gato por liebre, el estudiante universitario avileño le exige a su admiradora que se descubra las manos y ella lo complace. No conforme, detiene su vista supermánica de rayos X en la prominente retaguardia de la chica y queda supercomplacido: ¡Ñooo!, ¡tremenda hembraaa!
Por un desliz vocal de ella mientras bailan, Alberto cree estar convencido de que es Bertica, una muy bien torneada alumna de la academia de corte y costura de su tía, de unos 23 ó 24 años.
“Frío, frío, yo me llamo Alicia y nunca he cosido ni un botón, yo estoy terminando Farmacia en la Universidad de La Habana, y al igual que tú vine unos días a disfrutar del carnaval , le dice la joven.
Han bailado medio repertorio de “los aragones”, vaciado copas y degustado cerdo asado, yuca con mojo y “matajíbaro” (fufú de plátanos con chicharrones). Convencido de que es la chica divorciada de Augusto, el catcher de su equipo de beisbol cuando jugaban en el colegio, Alberto le propone irse a un lugar más “tranquilo”.
Y se enrumban hacia donde por inercia apuntan los pasos nocturnos cuando hierven en tiempos de carnaval: La Turbina. El misterioso lago (su origen está tejido con leyendas fantasmagóricas), con la desinhibición etílica y la oscuridad anónima es el sitio ideal para solazarse por todo lo alto, hasta el final.
¿Por fin, es Bertica, o Alicia?
(Esta estampa, “Las sensuales capuchonas”, pertenece a un libro en preparación).
Roberto Álvarez Quiñones (Cuba). Periodista, economista y licenciado en Historia. Cuenta con 40 años de experiencia como columnista, primero en Cuba en el periódico Granma (1968-1995), en el que era columnista económico y cronista histórico. Simultáneamente trabajaba en la TV Cubana como comentarista económico en la Revista de la Mañana. Autor de seis libros, publicados en La Habana y en Caracas, que son ensayos e investigaciones económicas e históricas, y crónicas. Ha obtenido 11 premios nacionales de periodismo y ha integrado jurados en concursos literarios y periodísticos. Vino para Estados Unidos en 1995. Desde junio de 1996 trabajó en el diario La Opinión, de Los Ángeles, hasta agosto de 2008. Allí fue editor y columnista de las secciones de Latinoamérica, El Mundo, El País, Negocios y Tu Casa (bienes raíces). Fundó y tuvo a su cargo las columnas “Macroeconomía”, “El arte de comerciar”, “Ventana al Sur” y “Ecos del mercado”. Es analista económico de Telemundo (TV), y escribe para medios de EE.UU. y España. Fue profesor de periodismo en la Universidad de La Habana y en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí; y de historia de las doctrinas económicas en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI). Ha impartido cursos y conferencias en universidades e instituciones de varios países de Europa, y en México, Venezuela y Nicaragua. Reside en California, Estados Unidos.
© 2010, Roberto Alvarez-Quinones. All rights reserved.


Gracisa Robertico por estas tienas memorias y las no tan tiernas tambien….
Me acuerdo que los carnavales en Ciego eran tremendos muy buenos con las comparsas y las carrozas con tantas mujeres bellas. y la alegria los bailes con orquestas famosas todas las noches y los adornos en cada cuadra. Es verdad que las mujeres con los capuchones negros era lo mejos del carnaval. Me gusta este escrito porque uno recuerda los tiempos felices en nuestra Cuba querida.
Rey
No soy de Ciego de Avila, sino de Sancti Spritus, Tengo 71 anos y cuando era joven iba a los carnavales de las flores en los anos 50 a casa de una tia mia y doy fe de todo lo que dice este articulo que tanto me hace recordar aquello tiempos de oro de mi Cuba. Esos eran los mejores carnavales que yo vi en toda mi vida. Las capuchonas era lo mejor de lo mejoir
Buena esta cronica sobre los carnavales en Ciego de Avila que me recuerda los buenos tiempos de mi Cuba libre y soberana. Algun dia (parace que pronto) tendremos carnavales de verdad en la isla querida que tanto ha sufrido y sufre y celebraremos jubilosos con ese caracter tan alegre y feliz que nos caracteriza en fiestas populares con la de las Capuchonas de esta cronica que saludo como cubana.
Ahora vi este articulo de los caranavales en Ciego de Avila de la epoca en que Cuba todavia era Cuba y se ve la alegria de verdad que tenian los cubanos en los caranavales que eran carnavales de verdad no como luego que llego la dictadura fidelista que acabo con los carnavales sanos y se convietieron en molotes de gente tomando cerveza barata, que ni es cerveza y diciendo malas palabras y picando traseros de las mujeres con navajas y cuchillos como hace ahora los que dice la dictadura son los hombres nuevos formados por la revolucion.