Noveleta

Morir en Buenos Aires

 

Desaparecidos

1 [Eli Galia, presente]

Cuando lo empujaron al vestuario en el aeropuerto de Buenos Aires lo esperaba un policía de mirada dura, vacía de pena, esperanza, conmiseración. Le ordenó desvestirse con gestos inequívocos. Vinieron luego dos más de civil; jamás había sentido tanto miedo.

Ni cuando se encontró cara a cara con el grupo de soldados egipcios, ellos y él tragándose en la oscuridad, cuando él huía a su retaguardia y ellos a la propia. No, porque eran iguales él y los enemigos y  no tuvo tanto miedo. ¿De qué tener miedo si somos iguales? Ellos huían a su retaguardia y él a la propia. ¿Quién dispara primero? ¿Quién vuelve condecorado a casa y quién en una bolsa de arpillera? Ninguno. Nadie. ¿Para qué? Nisht ahin unisht aher. Ma’asalama. Lehitraot. Se miraron mutuamente e hicieron como que no se veían y siguieron caminando, cada cual a su destino, huyendo él, huyendo ellos.

El policía que ahora le revisaba la ropa, los zapatos, el ano, lo miraba como el intruso que era, el que se atrevía a presentarse de barba y jeans, cuando ni barba ni jeans se permitían. Eli se puso tan blanco y el mentón le tembló de tal manera que los otros tres se dieron cuenta. Su terror fue motivo de un breve relámpago de regocijo entre ellos, y él se retorció como un junco y la piel del estómago se puso como piedra.

Ahora, cuando por primera vez en su vida lo humillaron adicionalmente porque era judío y le levantaron los genitales con los bastones, le arrojaron a la cara la ropa y su pasaporte israelí ya empapado, se dio cuenta de que sus mejores ideas de amor y convivencia pacífica eran transparentes, porque era incapaz de ocultar su desprecio. Entonces, Eli Galia, mejor olvida esta aventura de muchachito enamorado, locamente enamorado, más típica de un compadrito de tango de los de aquí que de él, mejor da media vuelta, vuelve al avión y quédate allí hasta que te lleve de vuelta a casa, (¿qué casa?).

Pero salió del aeropuerto y se encontró con el Indio Rabinovich, que había estado con él en el grupo de pacifistas nobles y sueños pueriles y estúpidos, pero que un día dijo que su labor era regresar a su país natal y librar allí su lucha. Extraño el Indio, casi irreconocible, ya sin barba ni poncho ni pelo largo ni vincha del color de la Internacional, sino de traje y corbata, serio, con abrazo teatral y lento al encender el cigarrillo, porque ya era un vividor, un empresario. Vamos a mi casa, le dijo.

En la casa del Indio Rabinovich esperaba su dulce Elisheva, aún bajita y pecosa. Se vieron después de años y él no supo qué decirle. Ella le sirvió un vaso de agua fría y se cruzó de brazos. El atravesó la alfombra blanca y se sentó en el sillón de cuero color castaña. Querés que ponga un disco, preguntó ella y pronto las voces musicales salían de las paredes, y la luz estaba escondida, el suelo emanaba calor y el Indio estaba emocionado de verlo, pero Eli se cansó y dijo que quería ubicar enseguida a Dalia y llevársela, encontrarla, convencerla, conceder todo, entregar todo, prometer y jurar y llorar desconsoladamente y pegarle, pegarle hasta que accediese ella a venirse con él y se fuesen a Londres por ejemplo, Londres aunque no estaría mal Madrid ni Roma pero tampoco quedaría Nueva York demasiado lejos, lo más importante era que no fuese ni un país de Medio Oriente ni de Latinoamérica, porque el incidente con la policía lo puso en aviso de que eso de la dictadura y la guerra sucia, las torturas no habían finalizado todavía, aunque los periodistas que habían cubierto el Mundial de fútbol lo hubiesen descubierto al mundo en la Argentina ni siquiera se daban por enterados, y la mamá del Indio Rabinovich allí presente se encogió de hombros cuando él le preguntó qué era aquello de los desaparecidos y susurró que si se los llevaron, por algo era. Monstruosa injusticia que lo sublevó aún más contra todo su entorno hipócrita y egoísta, y lo llevó a decirse a gritos que manos a la obra, basta de perder el tiempo y adónde está Dalia, así terminamos esta mierda. Pero el Indio no sabía adonde estaba Dalia, y Elisheva no dijo mucho, pero de todos modos cayó la noche, las calles se poblaron porque era Buenos Aires, el Indio con cara de culo le dijo a Elisheva vayan ustedes por una pizza.

Cuando bajaban la escalera y el Indio no los veía, Elisheva le dio un furioso beso en la boca, y por un momento mantuvo su cara cerca de la de él, y al sentir su respiración y percibir su aroma, Eli la aferró muy fuerte de la mano y eso seguro que al Indio no le importaba, los dos salieron ya contentos a la calle y pensando en la traición de Elisheva se acordó de Carlos.

 

2 [Eli Galia, 10 años atrás]

La guitarreada se había realizado finalmente en uno de los cuartos a lo largo del sendero que estallaba de jazmines y limoneros y el llanto de la luna lamentado por los perros. Cuando terminó ya era de madrugada, el verano embriagaba y en esos años del principio del mundo nunca hacía frío, Dalia, mi Dalia jovencita y apasionada, se quedó en la habitación que compartíamos en el desierto Carlos y yo, sellando un pacto triangular y mentiroso que no tardaría mucho tiempo en hacerse pedazos.

Es que Eli, me dijo ella después, la traición no existe en los hechos, en la acción concreta; la traición está solamente en la idea de la traición, en el propósito, en verse traicionando con la imaginación, idealmente, y no en sentirse en falta, sino abriendo realmente una nueva pantalla de posibilidades en donde tú, Eli, no estás más y manteniendo alejada – en donde va a estar por siempre jamás – la pantalla con tu propia figura que ya no se superpone a las otras que estoy tratando de erigir, de elegir, luego, de traicionar.

 

3 [Sargento Julio Anibal Busetto]

Unos minutos después estacionamos el auto… en el instante que nos bajamos una pareja salía de la casa tomada de la mano. Carlos nos señaló entonces que era él, ese era. Yo estaba sentado en el asiento trasero y no le vi la cara al tipo. A veinte metros de nosotros el hombre se detuvo un instante porque hablaba con la mujer todavía joven, bajita y pecosa. Todos nos pusimos tiesos y él se dio cuenta, se asustó y comenzó a correr solo, en dirección a Cangallo. Es él, sin duda. Guillermo tomó el Itaca que estaba en el piso del automóvil y él y Carlos empezaron a correr tras el tipo. Carlos se cubrió la cara con una gorra de lana. Yo corría también, pero un poco más atrás. Salí con el revólver en la mano.  En la calle escuché que Carlos le gritaba al hombre que huía y trataba de decirle algo, pero no le entendí ni una palabra. El dio vuelta la cabeza con la boca muy abierta, torcida, y la mirada de miedo y siguió corriendo. Carlos fue el primero en disparar. El otro tropezó pero alcanzó a dar la vuelta por la esquina de Cangallo hacia Callao. Carlos y Guillermo lo agarraron entre los dos. No entendí lo que hablaban y entonces escuché más tiros. Llegué al lugar unos segundos más tarde sin respiración. Le eché dos tiros a los pies del sujeto que ya se retorcía pero Carlos me gritó que no fuese cobarde. Entonces lo di vuelta y le disparé dos veces más en la nuca. Ya no se movió. Empezamos a volver al auto en donde nos esperaba “Porca” con el motor encendido. Tratamos de ir marcha atrás para salir por Corrientes. Un auto que justo en aquel momento se metió a la calle nos cerró el paso. Carlos se bajó con el fusil para que el chofer se moviera mientras “Porca” conducía por la vereda. Oí que Carlos vociferaba y que la voz se le rompía. Para ese entonces alguien dijo “asesinos” y nos empezaron a mirar. Otros autos se metían por la bocacalle. Al final Carlos volvió al Falcon, estaba como loco y nos fuimos. En el camino dije que no estaba seguro de que matamos a la persona indicada y que por qué no lo habíamos llevado vivo como nos habían dicho y que qué mierda le pasaba a Carlos, y Guillermo dijo que Carlos lo había puesto nervioso, que corrían demasiado rápido como para poder apuntar, y que al final llegué yo y tuve que rematarlo en lugar de tirarle a los pies que era lo que Carlos tenía que haber hecho en el primer lugar. Yo pienso que este rusito Carlos está cagado.

4 [Yo]

Carlos San Martín miró el cuerpo inerte de Eli Galia que yacía en el suelo. Los muchachos le apremiaban para que se metiera en el Falcon, cada vez eran más las personas que miraban curiosas y preocupadas; aunque no se animaban a acercarse porque divisaban la culata de la ametralladora de Carlos y el cuerpo en el suelo y la cara de Carlos, la cara impasible de siempre de pronto reventó en una mueca violenta, abrió la boca desmesuradamente sin emitir sonido, abrió torcida esa boca pequeña de labios finos y dientes filosos que Dalia había pintado alguna vez para él en un lienzo que luego le regaló como amuleto para asegurar que él la esperara en la Argentina, abrió la boca y no dijo nada hasta cuando los muchachos se lo llevaron arrastrándolo hasta el coche como si se tratara de algo malo, no, como si se tratara del asalto de un banco no, o de hacerle daño a alguien no, eso no, y luego huir, huir, y a Carlos lo recostaron no, en la parte trasera del auto y comenzó a dar cabezazos para atrás, no, no.

Se calmó después pero a la noche se quedó en el cuartel porque no quería que Dalia lo viese alterado, y siguió dando cabezazos contra la pared y cada vez que cerraba los ojos se daba cuenta de que la cara le había cambiado, el cuerpo era más chico y de proporciones raras, su nariz crecía, él era otro y sabía quién, abría los ojos, se tomaba otro whisky y veía una tenue luz verdosa en el cielorraso y detrás de la luz las sombras de partículas de hielo y de costillas rotas y el humo de la arena del desierto.

***

Supo Carlos, Eli, que se había muerto en el momento de dormirse. Se alejó de su cuerpo. Sintió que lo tocaban y luego que lo cubrían de tierra húmeda, y la humedad pasaba a través de los pantalones y diluía su vientre.

A lo lejos vio una luz resplandeciente: el brillo de oro de un alacrán.

Morir en Buenos Aires es un capítulo de una noveleta inédita.

Gabriel

Nació en Buenos Aires, Argentina, vivió en Israel y reside en Los Angeles, California desde 1989. Es periodista, columnista, poeta, novelista y cuentista. Cubrió varias guerras como corresponsal de estaciones de radio y periódicos de España, Argentina y Estados Unidos. Fundador y editor en jefe de la Editorial Alfil, en Tel Aviv (1980-1989). Dirigió el semanario Tiempo, Tel Aviv (1981-1984). Fundador y editor de la revista literaria y cultural Alef, Tel Aviv (1984-1988). Publicó en Tel Aviv la novela Soldados de papel (1983); antologado en la colección de poetas y escritores hispanos Ciclo, y en la antología nacional de escritores extranjeros Ravkol (1988). Por su colección de cuentos Hermanos entre nosotros ganó la mención especial del Premio Literario Arturo Capdevila. En Los Angeles fue antologado en Cuatro poetas de Los Angeles1 (998). En diciembre de 1998 aparecieron dos exponentes de su obra en prosa en la gigantesca antología El Gran Libro de América Judía. En 2008 publicó la colección de cuentos Teatro de títeres y el poemario El ciclo del amor. Tiene en preparación dos noveletas y un tercer tomo de poesía. Trabaja desde 1999 en La Opinión, donde publica también una columna semanal.

© 2009, Gabriel Lerner. All rights reserved.

Navegación del número«Los que comen de pieCatorce poemas de Margarita Belandria»

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3 Responses to Morir en Buenos Aires

  1. Lorenzo Reina on 02/11/2009 at 23:44

    Muy interesante esta novela. El primer capítulo agarra al
    lector y lo mantiene en vilo.
    Argentina y su guerra sucia. Es realmente alucinante lo
    que sucedió en ese país durante el autodenominado Proceso
    de Reorganización Nacional.

  2. Sarai Ferrer on 03/11/2009 at 23:27

    Estremecedor! Descriptivo a todo lo que dá. La cruda verdad de lo que muchos argentinos vivieron.

  3. Gabriel Lerner on 14/12/2009 at 01:48

    Gracias. Pasó más de un mes y vuelvo al texto como lector. No me gusta, pero no me ha gustado nada de lo que publiqué. Dan ganas de más relecturas, de volver a barajar los órdenes. Ni siquiera el consuelo del papel, de que no se puede corregir más. Quizás por eso muchos escritores publican: para no poder corregir más. El internet es diferente. No solamente es efímero el brillo en la computadora, sino también los contenidos que siempre cambian. El internet nos cercena la posibilidad de no poder corregir, nos traiciona.

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