Cuento
Ya no hay decencia
- Juego en el laberinto de los espejos: identificación y diversidad
- Las pinturas de MatÃas Montero Lacasa
- Los nombres de la guerra
- La migración en MatÃas Montero Lacasa: contexto e imagen
- Del ajiaco de los genes a la utopÃa de la imperfección
- Literatura e Internet, diversidad del mensaje
- Doce poemas de Esteban Moore
- Dos breves reseñas de Jorge Muzam
- Radio Puente
- Nadie encendÃa las lámparas
- Ya no hay decencia
- El festÃn de los olores
- La máquina Singer de mamá
- Las sensuales capuchonas
- El último bolero que baile contigo
- Gardelianas
- Admonición al peregrino
- Oración del retorno, un poema de Esther Seligson
- LejanÃas (In Memoriam Esther Seligson)
Que no les cuenten que no duele, o que es instantáneo. A mà me consta que no.
Eso de que no duele… ¿Alguna vez se han dado un martillazo, de esos buenos, de los que les despanzurra el dedo y se les cae la uña? Ahora imagÃnenselo en la base del cráneo. Sólo que más fuerte: el golpe lo lanza a uno de boca al suelo. No se ven estrellas. Se ve una sola, enorme y muy brillante. Deslumbra tanto que ya no se vuelve a ver claro.
Y eso de que es instantáneo… Sà y no. Si el trabajo está bien hecho, todo es cuestión de un par de minutos. El problema es que sà es cierto que uno ve pasar toda su vida, y eso se hace eterno. Lo vivido transcurre como una pelÃcula en cámara enloquecidamente rápida, desde el primer recuerdo hasta el último, pero no pasan en orden: saltan de aquà para allá. Si cuando la pelÃcula termina uno sigue vivo, entonces vuelve a empezar. Yo la vi tres veces. Aunque pasa rapidÃsimo, uno capta cada detalle: en mi primer recuerdo, que es los rayos del sol filtrándose a través de mis pestañas, pude ver el color de los barrotes de mi cuna, y me llegó un olor a leche y a ropa puesta a secar, y al pasarme la lengua por el labio sentà una ampolla. Y luego pude contar cada peca en la espalda de Livia, y sentà en la lengua el sabor de cada uno de sus poros. La extrañé muchÃsimo. Sentà los ojos muy abiertos, y todo se hizo cada vez más borroso, y me corrió por el pelo una marea viscosa y espesa, que avanzó hasta gotearme entre el cuello y la barbilla. Al entrar al zaguán de casa de mi abuelo, que siempre estaba oscuro, me llegó otra vez ese olor a viejo y a húmedo pero que por alguna razón siempre era agradable.
Oà claramente la voz del jefe, “No la vayas a cagar esta vezâ€, y vi en sus anteojos de espejo un taxi rojo pasándose un alto. “¿Para qué me lo dices, si ya sabes que no la voy a cagar?â€, le contesté, un poco ofendido.
Unos tacos. Muy grasosos, pero muy ricos. Me quedaba aceite en las yemas de los dedos, el que se habÃa filtrado por el papel estraza. Pero ya no era aceite de los tacos, sino del que uso para limpiar la Uzi. Y luego pasarle un trapo con gasolina para quitar el aceite, y luego un trapo bien seco para quitar la gasolina. Y quedaba hecha una muñeca, con su interior resbalando suavecito y esperando a quedar caliente. Los tacos estaban calientes. “El Chelas†tomándose una cerveza detrás de la otra, hablando sin parar y riéndose de sus propios chistes. Ya comenzaba a ser pesado, cuando se puso muy serio, casi triste, y dijo: “La vida es igual a la muerte, sólo que al revésâ€. Y ya no me pareció tan pesado.
Y yo pensando: “No, esta vez no la voy a cagar. Ahora va a ser a propósitoâ€.
Y el maestro aplaudiendo para quitarse el gis de las manos. “Usted no es malo, pero le encanta pasarse de listo. Tiene que aprender a no pasarse de nada. Lo castigo para que aprenda. Si sigue asÃ, quién sabe qué podrÃa pasarleâ€.
Todos quisieron enderezarme. Nadie pudo. Estoy orgulloso de eso. Y eso que me pasó lo que quién sabe que podrÃa pasarme.
Me escurre saliva de la boca, y sabe a sangre. Gotea hasta el pavimento, que está muy caliente. Puedo oÃr cómo la baba hierve.
El Chelas siempre se pone extraño después de una chamba. Se rÃe, se pone serio, no para de hablar, no dice nada, de pronto asÃ, de pronto asá, a veces todo al mismo tiempo. Y se pone filósofo. Me habÃa dicho: “Te toca a tiâ€. “¿Y por qué a mÃ?â€. “Porque yo digoâ€. “Me vale madres, hazlo túâ€. “¿Y ahora te andas con remordimientos? MÃralo, no es más que un judicialâ€. SÃ, yo soy de los que se andan con remordimientos, pero efectivamente no era más que un judicial. El Chelas notó que me ablandaba: “Órale, termina y vámonos. Ya tengo hambreâ€. Yo no, pero querÃa ver a Livia por la noche. Asà que lo hice rápido. A mà no me gusta alargar esto. Además, no me pagan por hacerlo. Hay otros que sà les gusta, y les pagan muy bien. Le agarré la barbilla al judicial y recargué su cabeza contra mi pecho. No le quité ni la venda ni la mordaza. Le dije “Ni modo, todo por servir se acabaâ€, y le disparé debajo del oÃdo.
Pasan dÃas, semanas y meses. O milésimas de segundo. Ya no sé. Como hace ya un rato que dejé de respirar, ya perdà la noción del tiempo. Eso que llaman “tiempo†ya está dejando de correr. Además de borroso, todo se está oscureciendo, hasta el sol que me da en plena cara.
El jefe gasta mucho en lentes de espejo, y en ron. Los mejores rones, y siempre los jode con coca-cola, tehuacán, limón y no se cuántas chingaderas más. Pero ahora toma vodka, del bueno, tan helado que parece jarabe, y se lo toma sin mezclarlo. El Chelas le cuenta el último trabajito, y cómo me convenció diciéndome que sólo era un judicial. El jefe me echa esa mirada ladina que nunca me gustó: “¿Ah, sÃ? ¿Y te sentiste muy cabroncito?â€. Tampoco me gusta lo que está diciendo. Estamos en una guerra que él empezó. Ya ordenó quién sabe cuántos trabajitos, y ahora resulta que soy yo el que se siente muy cabrón. ¿Y eso de tomar vodka? ¿Y eso de que “hay que terminar esta guerra. Es mala para el negocio, y por una mochada con los judiciales podemos ganar mucho más?â€.
No me importó que empezara una guerra nomás para luego terminarla. Asà son las guerras. Creo que sólo para eso sirven. Lo que sà me importaba, y mucho, es qué pasarÃa con nosotros, con los que sólo cumplimos órdenes, que siempre son los que salen jodidos. Y encima, el jefe diciendo algo en voz baja, como para que pensemos si lo oÃmos bien o no: “Voy a terminar trayendo gente de fuera para que ora sà se hagan bien las cosasâ€.
El corazón es la parte más terca del cuerpo. Sigue latiendo, nomás porque sÃ, aunque ya no sirva de nada. Late como borracho, dando dos pasos, cayéndose al tercero, quedándose quieto uno o dos compases, para luego volver a latir, cada vez más lento, como si le costara trabajo dejar una vieja costumbre.
De pronto no volvà a ver al Chelas. Nadie sabÃa nada, y el que sà sabÃa no querÃa decir nada. Pero yo conozco a estos cabrones, porque soy uno de ellos, y sé cómo soltarles la lengua. Uno me dice: “OlvÃdate del Chelas. Ya sabes lo que pasó, asà que ni preguntes. Yo que tú mejor me preocupo de cosas más importantes. Como tu pellejo”. “¿Y por qué mi pellejo, pendejo?â€. “Ya sabesâ€. “No, no sé, por eso te estoy preguntandoâ€. “El jefe terminó la guerra. Se va a mochar con los judiciales. Tú estabas ahà cuando lo dijo. Pero ahora los judiciales quieren desquitar desaires. Tú los desairaste. Estás marcado”.
Estar marcado es lo mismo que estar muerto. Se puede uno esconder, pero eso nomás es alargar las cosas, porque siempre lo encuentran a uno. Y si no ellos, entonces los enemigos de ellos. Y a mà no me gusta alargar las cosas. Lo único que se puede hacer es atacar. Si el ataque es bueno, ya la libraste. Si no, te jodiste.
Yo sabÃa dos cosas: una, que el jefe le habÃa dado por tomar vodka del bueno; otra, que algo habÃa dicho de traer gente de fuera. ¿Y para qué quiere gente de fuera? Para hacer bien las cosas, pero… ¿qué cosas? Si se va a mochar con los judiciales, ¿para qué traer a otros con los que también hay que repartir el pastel? O se mocha con los judiciales, o trae más refuerzos. O es uno, o es otro. No hay de otra. Lo que pasa es que quiere confundirnos.
SÃ… pero confundirnos a todos. A nosotros y a los judiciales. ¿Y si se está mochando, y también está trayendo refuerzos? Apacigua a los judiciales, les promete lana, pero sólo les da un poco. Mientras, trae refuerzos. Tiene que ser gente muy especial. De los que tienen forma de acabar con los tiras por un buen rato. De los que entran al negocio, pero también trayendo sus propios negocios donde necesitan refuerzos. Y les gusta el vodka. Qué listo el jefe: juego doble, con su mirada ladina que nunca me gustó.
Rusos… uno no se mete con ellos.
Ya todo está muy oscuro. No veo nada, y no oigo nada. El corazón ya me dio traspiés, y no se ha vuelto a levantar. Sólo quedan aquà y allá unas chispas de vida. Ya sólo quiero juntarlas y quemarlas. Terminar con esto. No quiero volver a ver la pelÃcula. Son sólo unas cuantas chispas, pero cómo se aferran. Como una brasa que estalla antes de apagarse.
Rusos… uno no se mete con ellos. Esos sà están muy locos. Demasiado Afganistán en la cabeza. Ya se cansaron de cortar cabezas en Internet, y ahora quieren emociones más fuertes. Sólo al jefe se le ocurre. Yo con ellos mejor de lejitos. Para el caso mejor tratar con judiciales o con colombianos. Comencé a darles a entender a los tiras que querÃa hablar con ellos. SÃ, los habÃa desairado, pero ya saben de qué soy capaz, y por eso me tienen respeto. Pero una cosa es tenerme respeto, y otra que no sabÃan qué hacer conmigo. Y ahà comenzaron con sus “ven mañana…â€, “el que decide no vino hoy porque está crudo…â€, “el comandante todavÃa no sale de su junta…â€. Ahà es donde entendà que el jefe tenÃa razón: se necesita gente de fuera para hacer bien las cosas. Asà que me fui a Cancún, pregunté por aquà y por allá, me apersoné con un ruso. Me recibieron luego-luego. Les dije toda la verdad. Bueno, no toda. O sÃ, toda, nomás que al revés. Que el jefe estaba haciendo doble juego, pero les iba a echar a los judiciales a ellos. Claro que no me iban a creer asà nomás, pero ya les habÃa puesto la duda. Que averiguaran. Total, en un doble juego, las cosas se complican tanto que cada quien averigua lo que puede, y piensa y hace lo que quiere. Me acordé del Chelas: la verdad es igual a la mentira, sólo que al revés. Le averiguaron las cosas al jefe, sólo que al revés. Lo ajusticiaron por Internet. El video dura dos horas. Para cuando le cortan la cabeza, parece un acto de piedad.
No sé por qué quiero saber quién me hizo el trabajito. En un juego doble todo se complica. Véanme a mÃ, que me eché encima a tres enemigos. Los sucesores del jefe tienen razones para despacharme muy despacito, asà que ellos no fueron. Entonces fueron los tiras o los rusos. Para callarme rápido, o para decir que lo hicieron ellos para quitarle el gusto a los demás. Pensándolo bien… ya no importa.
Ya sólo me queda el último recuerdo: hace un rato, apenas una eternidad, una señora me quiso “redimirâ€. Me habló de dios, o de Dios, o como se escriba. Me dijo que todavÃa estaba a tiempo de cambiar mi camino, y lo que hubiera hecho en el pasado, hecho estaba, y que dios, o Dios, o como se escriba, me pedirÃa cuentas y harÃa conmigo sólo lo que es justo. La dejé hablar, sonriéndole muy educado, hasta que se cansó o nada más paró para respirar. Ahà aproveché para decirle: “Señora, con todo respeto, si existen tipos como los rusos, o como yo, eso quiere decir sólo dos cosas: o que su dios no existe, o que de plano es muy pendejoâ€.
* * *
—¿Y este güey de qué se rÃe? —preguntó el ejecutor.
***
Irving Roffe (Tijuana, 1954). Hizo estudios de matemáticas en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Vivió en Israel en 1976 y 1982, donde fue redactor y luego periodista en el semanario Tiempo, y posteriormente corresponsal para el periódico Uno más uno y la estación Radio UNAM, ambos de México. A su regreso al paÃs, se desempeñó como articulista y guionista de radio y televisión, y actualmente es traductor. Es autor de Vértigos y barbaries (cuentos, Ed. Claves Latinoamericanas, 1988), que recibió mención especial en la Feria del Libro de Frankfurt, y de Otro hombre en el espejo (novela, Ed. Norma, próxima publicación). Sus cuentos figuran en la antologÃa de ciencia ficción mexicana Más allá de lo imaginado (CONACULTA, 1991) y en otras publicaciones. Fue también traductor e integrante del consejo editorial de la Revista Isaac Asimov, de ciencia ficción en español.
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