El pegajoso caló chilango: ‘Ya sábanas, paquetes de hilo’

Ya chole chango chilango
qué chafa chamba te chutas
no checa andar de tacuche
y chale con la charola”.

Chilanga Banda, de Jaime López

***

Por años me ha intrigado-fascinado-inquietado el caló mexicano, especialmente el que se usa en el Distrito Federal. De acuerdo con la Real Academia Española de la Lengua – que sí, ha perdido confiabilidad pero sigue siendo lo más confiable que tenemos – la palabra “caló” se refiere al lenguaje utilizado por los gitanos españoles; sin embargo a estas alturas se usa también para describir un lenguaje popular, variante de una lengua oficial, utilizado por quienes habitan cierta región.

Así, cada región va construyendo su propio caló, reflejo de las marcas culturales de quienes viven en ella. Y de esa manera, surge el pegajoso caló chilango .

Para algunas personas que han tenido contacto con el caló chilango, su primera característica es el uso de la palabra “güey” a la menor provocación, acompañada de un cantadito característico. Pero hay algunos otros rasgos que, si eres chilango, saltan a la vista aunque te empeñes en que no.

Lo primero es que, por alguna razón, los chilangos tendemos a sustituir algunas palabras por otras de sonido o escritura similar. Por ejemplo, “milagro”, por un dejo de similitud fonética, termina convertido en “milanesa”. En la frase “ya viste”, la conjugación de “ver” se sustituye por “bisteces”, y “morir” se convierte en “moronga”. Así que usted de pronto oye la conocida frase “Qué milanesas que te dejas bisteces, ya pensábamos que ya morongas”, y aunque usted no lo crea, quien la dice está mostrando sincera preocupación por su persona, a quien de seguro hace un tiempo que no veía. (Note, además, la gracia de elegir tres palabras que comparten la referencia cárnica).

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La misma regla aplica no sólo a palabras sueltas, sino a frases completas. Así, “ya sabes, para qué te digo” termina hábilmente convertida en “ya sábanas paquetes de hilo”. La palabra “sí”, tan sencilla ella, ha ido derivando en “simón”, y algunos políglotas la han convertido en “sea monkey” (simonki). Una versión más sofisticada ha llevado el “sí” a “si montas en un camello”.

-¿Vas al cine con nosotros?

-Si montas en un camello.

Me imagino el rostro sorprendido de quien no conoce el caló al escuchar esta respuesta; los más dispuestos seguramente se apurarán a buscar al camello y montarlo, porque nada mejor que la compañía cuando uno quiere ir al cine.

Una vez le hablé por teléfono a una amiga con la que me tenía que reunir. La intención era ver si nos reuníamos en su casa o en la mía. “Pues jálate las trenzas”, me dijo. En ese entonces yo usaba el pelo corto, así que las trenzas literales no eran una posibilidad y tuve de deducir el sentido: “jalar” se utiliza como sustitución de “ir” o “venir”, así que “jalate para acá” significaría “ven tú a mi casa”. “Jalate las trenzas” sólo sería la derivación jocosa de “jálate pa’cá”.

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En media hora yo estaba llamando a su puerta.

He encontrado libros que tratan de explicar el caló chilango como si éste obedeciera una regla. La verdad es que sólo viviendo en la hermosa Ciudad de México y hablándolo a diario, uno puede entender la lógica tácita de la transformación del lenguaje para imprimirle nuestra huella cultural.

Aun siendo chilanga de origen y corazón, aunque pretendiera hacerlo no podría explicarle a usted cómo es que “millón” se convierte en “melón”; un billete de a diez se transforma en un “diente”, y uno de quinientos en un “quinqué”. La palabra “sale”, para expresar que se está de acuerdo, se convierte en “salero”, y la frase “nos vemos” termina siendo “silla” (derivado de “see you”, en inglés; es que también somos políglotas, mire usted).

Capítulo aparte merece nuestro indiscriminado uso de la “ch”. Pocas cosas han ofendido tanto a los dignos chilangos como el anuncio de la RAE sobre la desaparición de la “ch” como letra. ¡Pero si es la tortilla nuestra de cada día!

Lo que no tiene calidad es chafa, la cerveza es una chela y cualquier otra bebida es el chupe; las tareas pesadas son una chinga, las cantidades abundantes son un chingo, pero lo que es bello o bueno, es chingón. El trabajo es la chamba, las películas de dudosa manufactura son un churro, quien inhala cemento es un chemo y la policía, pues es la chota.

Y a propósito del caló chilango, hace un par de días se anunció que el nuevo Diccionario de Mexicanismos editado por la Academia Mexicana de la Lengua, ha incorporado algunas de estas palabras, como “chido”, “naco”, “güey”, “órale” y la acepción non sancta de “coger”, entre otras.

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“Chale”, dijeron algunos ante la noticia. “Qué chido”, escuché decir a alguien más.

La neta, yo sólo pensé: “Chingón”.

Publicación original: 11/25/2010

Perfil del autor

Eileen Truax nació en la hermosa Ciudad de México. Es periodista y bloguera, pero sobre todo chilanga hasta el tuétano. Aprendió a leer a los tres años y después a escribir; lleva toda la vida atrapada en ello. Durante quince años ha sido reportera de temas políticos y sociales en los dos lados del Río Bravo. Metiche sin remedio, viviendo en México fue a ver qué había del otro lado de la barda y decidió quedarse un rato en Los Ángeles. En esta ciudad trabaja para el diario La Opinión y mantiene con vida a su pequeña productora de documentales, Malaespina Producciones. Eileen es autora del blog “Migrantes”, en el diario mexicano El Universal y es amante de la música, el cine y los tacos al pastor. Por cierto, aún no encuentra en Los Ángeles unos como le gustan; se aceptan recomendaciones.

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