Bola de Nieve: voz y piano impregnados en mi casa, por Jorge Dalton

Bola de Nieve y Roque Dalton tuvieron una grande y buena amistad, que llevó a sus hijos a mantenerlo en sus memorias permanentemente

Estoy pensando en este instante de la primavera, en Bola de nieve (Ignacio Villa Fernández), una de las “voces platinadas” más importantes de la música cubana y universal.

Tuve junto a mi familia, el privilegio de conocer a esa gran personalidad irrepetible cuando yo era niño. Viajamos en el mismo avión, le hice muchas maldades hasta el punto que un día Bola me dijo: “¡Niño, tú me has jodido tanto, que voy a tener que dedicarte un concierto!”

Alcancé a verlo muy poco antes de que se fuera de este mundo. Fue un gran amigo de mi padre Roque Dalton, que le dedicó el bellísimo poema “Truco”, que reproduzco a continuación.

Todos en casa aprendimos a querer mucho a Bola, que tocó varias veces en el piano que había en mi casa en la Calle J en el Vedado.

El eco de su voz y el piano, están impregnados para siempre en los techos y las paredes de mi hogar.

Sí, tenía la “voz platinada” que en honor a la verdad no sé qué coño significa, pero ¡a mucha honra!

Vete de mí

A Roque Dalton una de las canciones que más de gustaban de Bola de Nieve era “Vete de mí”.

Truco, un poema de Roque Dalton

Cuando fui a verlo en el ataúd

todavía no estaba suficientemente borracho

él tenía un gesto muy raro

la cara anudada como si le doliera la muerte

la boca apretada como en un gesto de coraje

o quizás fue sólo el fruto del embalsamador

en eso de cubrirle aquellos grandes dientes suyos

con que les ganaba la moral a los pianos

de tal manera que me fui a mi casa con Rogelio Paris

y me metí de un trago media botella de ron

cosa mortal para mi estado actual de training

Aída furiosa y lo peor de todo

que Nicolás y Carlos Rafael y el Comandante

me vieron aparecer después de varios meses

de retiro creador del mundo cultural

completamente borracho como antes

cuando se supone que ya debería estar

incorporado a la pelea de algún lugar de América

pero inclusive el difunto habría comprendido

que ni siquiera se trataba de otro pequeño paréntesis más

en esta ya tan larga y antiheroica espera

que mis buenos amigos me ha costado

entre otros precios

habría comprendido que se trataba de mi deseo súbito

de estar sin estar en aquella despedida

recaída pequeño-burguesa

empeorada por las ganas de no querer entristecerme

por la simbólica muerte de este negro tan simbólico

himno su música de dos

de nuestros años más intensos

iniciáticos definitivamente marcadores

más que un pacto de sangre

o más que aquel pacto de sangre

1962 1963

años personales que el difunto no conoció

pasó por ellos tocando piano allá en el fondo

mientras nosotros planeábamos decidíamos amábamos

bebíamos la espuma de nuestra alegre furia

creábamos casi con vergüenza

metíamos la pata con melancolía

y desde luego que las victorias para después

esas cosas tan serias

hasta hubo tiempo para lanzarle al difunto una especie de gardenia

(«amo a este negro viejo que enciende

sobre los pianos su fogata de música

pastor de garzas ocres

empollando como un niño demonio la ternura»)

levemente cursi como toda gardenia

sobre todo por eso de las garzas ocres

transpolación de unas cortinas rojas de terciopelo

telón de fondo de Bola cuando cantaba en el Monseigneur

total que logré mi objetivo de pillo

estuve en el velorio de Bola sin estar y sin entristecerme

supongo que habré hecho varios ridículos e inconveniencias

entre los intelectuales y los compañeros

no recuerdo nada más que unos rostros amables

pero cuando me he venido a dar cuenta

de que verdaderamente Bola se murió

ya todo es absolutamente problema del pasado

una noticia cultural carne de aniversarios

y me alegro de no haberme entristecido

en el velorio de quien solía llenarlo todo

de alegría y juventúd

(Roque Dalton / Poema de “Un libro levemente odioso”)

Publicado inicialmente en Contrapunto, aquí.

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