El acto apócrifo de Uriel Shnabrinsky, un cuento de Maythé Ruffino (+audio)

El acto apócrifo de uriel shnabrinsky, un cuento de maythé ruffino (+audio)

Suicides have already betrayed the body.
Still-born, they don’t always die,
but dazzled, they can’t forget a drug so sweet
that even children would look on and smile.
To thrust all that life under your tongue!—
that, all by itself, becomes a passion.
Death’s a sad bone; bruised, you’d say,
and yet she waits for me, year after year,
to so delicately undo an old wound,
to empty my breath from its bad prison.
Anne Sexton

 

“3:33 pm miércoles, 29 de octubre, detestable diario, llegué de puebla a casa:

Huí de tu departamento, de tu cuerpo que me detenía sólo con una líquida mirada. Huí con el anillo de plata ahogado como un cíclope ciego en mi puño. El que te arrebaté, el que te quitaste en señal de cobardía justo después de triturar mi escritura con los dientes. Porque el pacto, como la poesía, no lo llevamos en oscuros amuletos. Huí con el anillo bordeado de mis ranas que ahora encierra un canto petrificado y me perdí por las calles de tu vieja ciudad… Huía, no me encontraba. Quería dejar de guardar silencio, claudicar a la vanidad, claudicar al otro. Me asediaba la urgencia de verme en el espejo del otro, aunque tuviera siempre que volver a no soportar la ceguera de mi adentro. Enseguida llegó el impulso incontrolable de salir de mí, de mi ahogo, para no asfixiarme, para que el dolor no me consumiera, para que no empezaran a aparecer en mi cuerpo nuevas marcas visibles como hiedra. Tenía que salir de mí, a toda costa, lo más pronto posible. Ese desgarramiento insoportable, tan temido, hacía inminente la presencia de las cortaditas con navaja sobre las piernas, de las ampollas perfectamente redondas y llenas de esa agüita, como si fueran lágrimas internas buscando estallar el horror guarnecido en mi cuerpo de niña, y que urgida por sacarlo, las hago emerger una y otra vez, del fuego de los cigarrillos apagados en el dorso de las muñecas de mis manos. Tenía que verme allá afuera, existir desde los otros, porque desde mí misma estaba, una vez más, exterminada. Después de ti, breve, duro y frío, después de nuestro espacio, de nuestra tierra que ahora sí, para nosotros es tierra en los zapatos. Sí, para nosotros es piedra entre los dientes. Y molemos, arrancamos, aplastamos esa tierra que con nada se mezcla. Pero en ella yacemos y somos ella, y por eso, dichosos, la llamamos nuestra… crecida de tus manos inmensas, temblorosas, mansas, de todo mi cuerpo. Me exiliaba de ella. Empujada por nuestro fracaso. No me encontraba. Traté de reconstruir el camino. Vagué sin rumbo, esperaba recuperar la palabra, el pretexto. Repetí los ritos de siempre. Huí de todo. Unos van por un sendero recto, otros caminan en círculo. Añoran el regreso a la casa paterna y esperan a la amiga de otros tiempos. Mi camino, en cambio, no es ni recto, ni curvo, llevo conmigo el infortunio. Voy hacia nunca, hacia ninguna parte, como un tren sobre el abismo. Buscando ese tren abordé el autobús hacia el ninguna parte, con el tic de una niña que espera llegar a la tierra del nunca jamás. Ahí, buscaría mi palabra para que desdijera lo dicho, para que pronunciara mi nombre, el tuyo, que nombrara todo de otro modo, así tú y yo, todo… Cambié unas monedas por las violentas imágenes del diario que marcarían ese día. Compré un viaje de autobús sólo de ida esperando que evocara palabras que pudieran nombrar las cosas. Ahí se fueron el resto de mis monedas, como judas, traicionaba la cruel fidelidad al dolor y al estúpido sacrificio, aunque nuestra alma no la convertimos en objeto que se compra o se vende. Pero yo insistí. Y sin saber lo que me esperaba, pero esperándolo todo, la sorpresa que arrebatara el aliento en un gemido más hondo y menos mío, vendí mi palabra por aquello que la rebasó, un viaje a la realidad de nuestra ciudad descendida.

 

1:33 am jueves, 30 de octubre, detestable diario, sigo en esta casa muerta:

En el autobús empezó a sucederse todo con perfecta claridad. Una niña enjuta e inmensamente débil, con los ojos particularmente cristalinos, como de agua mansa, sonreía a su mano que no hallaba su cabeza. Tenía una cabeza redonda e infinitamente limpia de la que chorreaba agua fresca por los ojos, silenciosa. Yo, con particular asombro discernía y grababa con sombras de fuego cada detalle de su cabecita. Pero esa niña, con su mano al aire como palomita herida revoloteando las delicadas alas de sus dedos, desesperada, buscaba su cabeza para poder depositar sobre ella un viejo y roído sombrerito gris. Un sombrero que no hallaba cabeza para darle presencia. Huía el sombrerito de esa lombricienta niña vestida de un verde derruido. Su padre conducía el autobús y guardaba bajo el asiento un oxidado machete que apuntaba hacia la puerta delantera. Súbitamente me percaté de que este autobús parecía no ser el mismo que yo había abordado, sino otro, que ahora daba vueltas en una ruta indescifrable hacia la noche. Nos alejábamos de la zona oriente de la ciudad. La gente que ahora subía parecía conocer el verdadero destino del autobús. Subían sonrientes o callados por ese hocico lateral y hediondo del desvencijado autobús a ser testigos del mismo acontecimiento. Algo en su mirada empobrecida de asombro los delataba, como si el destino se hubiera atorado en el gemido herido de esa fiera suspendida en el tiempo, ese ladrido rasgante y pútrido al que tú, ¿te acuerdas?, le temes tanto. Los pasajeros hacían la mueca cotidiana de depositar unas monedas en la mano sucia del conductor, tomaban sus asientos de siempre, siempre los mismos, con los mismos ademanes, el mismo rictus. Subían y bajaban con la misma ropa, la misma edad suspendida en un gesto, en una arruga, oliendo igual. Descendían siempre en el mismo sitio, a la misma hora, sabiéndolo todo. Sabían lo del machete, lo de la niña, lo de la madre, lo del sombrero. El machete vigilaba cada paso sin guardar prudencia alguna. La madre de la niña, la esposa del conductor del autobús, cargaba a un bebé con la panza inflada de hambre, mientras se carcajeaba al ver que su otra hija, no hallaba por ningún lado su cabeza. Presentía que toda la familia había perdido la cabeza por culpa de aquel machete que guardaba las manchas de sangre de un recién ocurrido decapitamiento.

 

Los olores del mercado detuvieron mi sonrisa y recordé el olor del vómito en medio del tufo a pescado podrido y los trozos de carne sobre el lomo sudoroso y ensangrentado de los cargadores de la muerte. La gente de afuera se alimenta día a día de muerte para disimular su vida, esto ya lo sabemos, pero el espectáculo cotidiano en el mercado hidalgo aún, para mí, no perdía su asombro. En fin, cuando desperté del olor a carne podrida ya era demasiado tarde para recordar cualquier cosa, demasiado tarde para emocionarme por ver una tenue sombra de mi gesto en el espejo. Demasiado tarde para bajarme en la parada correcta. La helada del día había afiebrado mi cuerpo. Sólo podía guardar silencio, ser prudente.

 

3:33 am viernes, 31 de octubre, detestable diario, escribo en esta casa que se pudre:

He caído en lo más espeso de la noche, la fiebre no cede y hoy ha llovido vigorosamente sobre esta otra ciudad más de espanto, por ella, enfermos, indigentes, errantes ni siquiera la recordamos, esta ciudad con raíces en los pantanos, las serpientes que se han devorado los cenzontles y supuran plumas de hermosos colores entre sus escamas exhibiendo su crimen mientras reptan por las ruinas, es esta mi ciudad donde un sueño se repite en círculos. Voy montada siempre sobre el mismo autobús, sonriendo a la niña y temiendo al machete, sin poder bajar. El conductor y la madre sólo se carcajean, y enmudecidas por la risa, las niñas y la madre están encajadas en una mueca que busca cómo acomodar el sombrero sobre la cabeza decapitada de la niña. Abruptamente, trastocando el espacio, cuando la noche lo penetra todo, escucho ese grito seco, mordaz y esos llantos. Entonces, esa madre es hija cuando llora, indefensa, sometida, desesperada en el charco de sangre, sostiene el sombrerito enloquecida, buscando colocarlo en la cabeza sin cuerpo de la niña. Las montañas se doblan ante tamaña pena y el gigantesco río queda inerte. Pero fuertes cerrojos tiene la condena. Mientras el machete ensangrentado vigila implacable, como supongo, deben vigilar los machetes que sellan los círculos de todos los viajes que no terminan nunca.

 

11:33 pm sábado, 1 de noviembre, detestable diario, sigo en mi vieja casa de la roma:

Hoy, la fiebre sigue castigándome. Me debilita. También hoy, varias veces, vi el cuerpecito de la niña correr por el pasillo que da a mi habitación, estaba desesperada por encontrar su cabecita. Hoy, es el día de los muertitos, de los santos inocentes. La decapitada del sombrerito gris, junto con miles de otras niñitas, repite los ritos de su muerte. Mañana es el día de los muertos mayores. Comenzarán a caminar los muertos entre los muertos. Recogerán sus panes del horno caliente de este infierno y todos bailaremos con o sin tequila en medio de una confusión de ensueño… todo para que se confundan los reinos y el olvido no se salga con la suya. Recobraremos la memoria desde el horno de los tiempos y convidaremos a nuestros muertos del pan sin tiempo y sin nombre.

Sin embargo, antes de mañana, sigo extraviada, espero pronto tener cabeza para devolverte el corazón. Te extraño. Y esta pesadilla que no me deja. Se repite. Se repite. Se repite. Mi cabeza sigue encajada en el suelo metálico de un autobús vigilado por un machete con sangre oxidada en su filo. Mi madre llora con un sombrero gris en la mano sosteniendo mi cuerpo decapitado. Nos levantamos como para la misa de madrugada, caminábamos por la ciudad incierta, para encontrar una a la otra, muerta, inanimada, bajo el sol o la niebla… más cerrada, mas la esperanza a lo lejos canta cierta… La sentencia… y las lágrimas brotan de repente, ya de todo separada, como arrancan la vida al corazón, dolorosamente, como si hacia atrás la derribaran brutalmente, pero marcha… vacila… aislada… guarda silencio y hace conjeturas.

Me perfilo sobre las sábanas tan delgadas, frías como navajas, con esa triada, la madre, la hija, yo. Finalmente he perdido la cabeza y mi corazón rueda por el filo del espanto, la calma, que no oye mi palabra, retumba entonces de lo negro de rincones rembrandtianos, algo se ovilla de pronto y se esconde allí a mano, pero no me estremezco, ni me asusto siquiera… la soledad en sus redes me hizo prisionera, el gato negro el alma me mira, como ojos centenarios y en el espejo mi doble es tal vez mi contrario. Voy a dormir dulcemente, buenas noches, noche. Mientras tanto tú me escribes un poema, y no sé si irónico o sarcástico me nombras tu diosa, la desconocida. A ésta que te creyó, a la que pelea incómodos asientos de espectador para hurgar y sentir la vida de los otros, porque la suya no vale la pena. Busca esos asientos prohibidos de los camiones que viajan a la noche, como si en ello se le fuera la vida. Quizás pronto abandone el carácter comparativo y esta frase, mi vida breve, se convierta en una sorpresiva pero cierta metáfora. ¿Tendrás entonces la sangre para interpretarla?…”

***************

Recibí la llamada telefónica pasadas las seis y media. La Gabi insistía en que era algo muy urgente. No había remedio, le dije entonces que me la pasara. –¡Bueno! Atendí el teléfono en tono áspero. –¿Es usted Uriel, Uriel Essna-brinss-qui?  Pronunció con dificultad temblorosa. No reconocí la voz de la mujer para nada. –Sí, ¿Quién habla? Inquirí desconcertado y con un tono doblegado por un mal presentimiento que me agitó al oír esa voz tan queda, tambaleante. –Usted no me conoce. Soy amiga de Isska…Cuando pronunció su nombre toda la sombra helada que me había seguido durante estos años de silencio comprensivo, de amigo bonachón, ocultando mis sentimientos, me cayó encima. Casi no escuchaba los detalles, tomaba nota de los datos como un autómata experto en mi oficio. Me temblaba la mano incontrolable, como si una fuerza oscura y dolorosa tuviera el maligno propósito de destruir mi estructura interna violentamente, hacerme colapsar. Recalcaba los números una y otra vez asegurándome de darles claridad, sentía que, en ese acto afirmativo, en esa legibilidad, se sostenía la esperanza de ratificar mis pequeñas certidumbres, lo que yo era, lo que había significado para Isska, para mí mismo. Todo lo que me daba sentido se ratificaba con su juicio severo de poeta intransigente, de la fiera adolescente maldita -como se autonombraba- que se negaba a crecer, a negociar nada. Yo nunca me atreví a visitarla en su casa de la Roma y ahora sí, necesitaba todas las referencias legibles. No podía pensar y no quería perderme, siempre guardar las coordenadas, ubicado, preciso, pasos calculados en la ciudad. Sentí un desvanecimiento profundo, como si la tierra hubiese abierto por fin mi pequeño abismo y fuera anunciando mi larga caída. Le avisé a mi jefe que tenía una emergencia. Que me cubriera otro si quería o que le hiciera como fuera. Le dije exasperado que la página de la portada y el editorial ya estaban armados. La amistad agria y ambigua que teníamos mostró sus señales. Debió haberme visto muy descompuesto, vi mi expresión de horror en sus anteojos sucios. Me dijo que me tomara el resto del día. Intempestivo hice un alto en el baño. El apeste de las letrinas me conectó con lo podrido de la existencia masiva. Estaba nauseabundo. Sentí que el tiempo me hería como una lanza encajada en mis pupilas aterradas, toda mi vida se consumía, se condensaba en ese instante. Era un hoyo negro donde los recuerdos imperiosos e indetenibles se abalanzaban contra mi pecho, contra mis venas, quería recordarlo todo, olvidarlo todo. Varias historias paralelas, inconexas, absurdamente conectadas por la tragedia me agobiaban. Pensé en avisarle a Jacobo, pero de inmediato recapacité, si él no sabía, entonces este vacío, esta negrura de Isska me correspondía sólo a mí. El azar o ella así lo habían decidido. No reconocía mi propia cara contorsionada frente al carcomido espejo, estaba ofuscado, tembloroso, no entendía nada, todo era un montón de sensaciones perturbadoras y un profundo desgarramiento interno que no podía focalizar, expandido, brutal. Eché desesperado, sediento como una voluta de fuego, abundantes chorros de agua sobre mi cara, inútil, la sangre se había ido a otra parte, mi rostro, consumido, estaba vaciado de sangre, era una máscara de cenizas, veía sobre la superficie opaca y oxidada del espejo el color que tendría al morir. Mis labios se habían puesto grises, con un dejo azuloso, y mis ojos rojos, vidriosos, quebradizos. Tenía un sabor amargo y repugnante en la boca, saqué mi lengua y la vi pálida, seca, blancuzca, temblando en la caverna de mi boca, había enmudecido, quería gritar, gemir, pero nada me salía, había olvidado llorar y no sabía cómo hablar ante el desprendimiento. Me mojé el pelo y la nuca. Necesitaba tranquilizarme, no podría conducir en ese estado. Caminaba en el baño de un lado a otro como si todo fuera una escena de Hitchcock repitiéndose, indetenible. Temía salir del baño, como si el sentido de mi vida de pronto estuviera contenido en el apeste de esas letrinas inmundas, en medio del olor a mierda y orines. El silencio del baño y el ronroneo del aire acondicionado me embotaron los oídos. Sólo escuchaba la música siniestra de Rózsa y me sentía como bajo un embrujo. Recordé de golpe ese diálogo como algo casi transparente, lo vi representarse en el espejo de atrás, frente a los lavabos. Esas palabras que se cruzan Constance y Anthony. –Yo pienso que el daño más grande a la raza humana lo han hecho los poetas. Y él le respondía incrédulo, conmensurado. –¡Oh! Los poetas son chicos torpes, la mayoría, pero no particularmente malditos. Y encajados en mi recuerdo sólo veía sus ojos de poeta, húmedos, dos pozos de agua en el desborde, incontenibles.

La encontré envuelta en una frazada que improvisaba pudor sobre su cuerpo desnudo, anegada en el charquito de agua putrefacto que quedaba en la bañera. Sus ojos abiertos, dulces, quebradizos. Apestaba de tal forma que no me atreví a acercarme, tuvimos que esperar a los forenses embozados para que la recogieran. Ya habían pasado muchos días, quizás cinco o seis, sin que nadie se hubiera percatado de su ausencia. Nadie sospechaba que le hubiese pasado algo. Solía desaparecer de la vida, así, sin decir nada. Sólo que esta vez el silencio era definitivo. Todo sumido en el deterioro. La causa de su muerte presupone un suicidio, porque en su cuerpo, sus muñecas estaban laceradas. Otros niegan el suicido. Sostienen la hipótesis de que había sido el frío feroz de ese invierno que nos había golpeado tan prematuro y alguna fiebre lo que la mató. El agua de la tina la había inflado. Los gatos y los gusanos habían hecho lo suyo. En tal estado se encontraba. Cuando la recogieron, se desprendió de la cabeza y cayó rodando por el suelo un sombrerito gris agusanado y roído con un listón negro de terciopelo alrededor de la copa. –La vamos a cremar. Tiraremos sus cenizas al mar, frente a Oaxaca, dijo Elizabeth, con esa voz minúscula, casi imperceptible por el llanto.  Era la vieja amiga solterona, que la visitaba de vez en cuando, la que descubrió su cuerpo. Me extendió la mano y sin pronunciar palabra me dio un bolso negro, de tela, pesado. Descompuesto, estiré la mano. El asco y un hondo pesar me ahuyentaban el respiro, las palabras, las lágrimas. Estaba como embrujado por una fuerza que rebasaba todo en mí. Abrí el bolso. Había un cuaderno, unos libros de poesía, Gloria Gervitz, Edmond Jabès, Ajmátova, el recorte de un periódico de Puebla, un osito de peluche sucio, muy usado por su abrazo nocturno y con la cabeza casi desprendida, una cartera, un celular. Entre los poemas del cuadernillo mohoso, y estas páginas garabateadas de las últimas entradas de su diario que arriba transcribo, hallé el número de mi trabajo y mi nombre. Estaban al pie del poema que me había escrito, el otro cuervo, al leerlo entendí ciertas cosas. Era como si esas palabras hubieran operado un mecanismo complejo que me liberaba. Entonces comencé a llorar como un imbécil. Sentí una desesperación inmensa y rabioso hurgué en el bolso, una ansiedad incontenible me llevaba a buscar claves, atar cabos, tratar de entender, quería saber, saber, saber más de ella, de lo que yo había sido en ella, de nosotros. Quizás su muerte me revelaba más de mí mismo que de ella. Como suele ocurrir con los muertos, el silencio definitivo de su cuerpo, la rigidez última de su cuerpo, del frío irrevocable, dice siempre más del testigo del que se desprende que de su propia historia. Saber, como si eso pudiera cambiar algo, trastocar la realidad, regresar el tiempo. Como si saber esta vez fuese inevitable y me impulsara a atreverme de una perra vez a algo. Pero ¿a qué? A escribir esto, a guardar sus últimas líneas, conservarlas intactas, reproducirlas, releerlas, para que ante mis ojos y los de otros mi sangre regresara, la suya. Un atrevimiento estúpido quizás, como todo lo movido por una pasión ciega, aniquilante, ahogada en la cobardía. Un acto apócrifo que nunca sustituirá el beso, el abrazo, la vida que pudimos. Saqué entonces el recorte del diario que ella había guardado justo en el librillo de Ajmátova y leí: Padre decapita a su hija de cinco años. En mi rutina en el diario estaba acostumbrado a editar todo tipo de imágenes y noticias, estaba desensibilizado. Pero el cuerpecito decapitado, el sombrerito gris en la cabecita desprendida en el charco de sangre junto al machete, y esos ojos negros perdidos en la muerte, me doblegaron. Estaba abierto, cortado por todas partes, sólo pensaba en Isska, en que sus ojos tenían ese fulgor inocente a pesar del deterioro, y en su sombrero, su sombrero agusanado y gris. Seguí leyendo: Un chofer del colectivo de la ruta Oriente decapitó a su hija de cinco años y descuartizó a machetazos a su esposa y recién nacida porque hacían ruido en el autobús y no lo dejaban oír su ‘rola del Gato volador’, según declararon testigos en primicia a este diario. La investigación se encuentra a cargo de las autoridades del estado de Puebla. Aún se desconoce si el presunto homicida estaba bajo la influencia de estupefacientes o padece alguna enfermedad mental…

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Maythé Ruffino
Poeta, escritora mexicana. Profesora universitaria de California State University. Egresada de la Universidad de California de Los Ángeles donde cursó las Licenciaturas de Ciencias Políticas, Estudios Latinoamericanos y Literatura Hispanoamericana. Recibió su maestría de California State University, Los Ángeles y actualmente cursa el doctorado en la Universidad de California de Santa Bárbara. Ha impartido talleres literarios, dado conferencias y participado en la vida cultural, literaria y poética en México, España, Canadá, Argentina y EEUU. Ha publicado en varias revistas y diarios en las ciudades de México, Managua, Los Ángeles, Miami, San Francisco, Washington, Madrid, Montreal y Argentina. Antologada por el Fondo de Cultura Económica en Anuario de poesía mexicana 2004 (como Maythé Rueda) como una de las mejores poetas mexicanas. De su creación los poemarios: Trenas de Bruma, Discrepancias, Singladuras de arena, Rasgando oscuridad, Poemas transitorios, Alas de Pájaro, De sal y ceniza, Dislorcaciones y Closed blinds. Miembro del concejo editorial de las revistas Monóculo, La Hoja y La Luciérnaga. Ganadora del premio de poesía de la Casa de Cultura de Long Beach, California 1999 y Premio de poesía Cal State LA 2006. Fue cronista y crítica literaria del diario La Opinión de Los Ángeles, además de dirigir talleres de literatura.