martes, julio 14, 2020
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    Feliz cumpleaños, Paul McCartney

    Y si te dijera que no deberías caerme bien no solo por ser un “Sir inglés” sino también (y sobre todo) por haber aceptado con ese gesto a todo el imperialismo británico y sus guerras, a su majestad la reina y toda la idiotez de missis Thatcher…

    Y si te dijera que no tendrías por qué haber llegado a mis oídos ni a mi vida puesto que no eras de mi generación. Menos porque cuando empecé a escucharte mi país estaba en guerra con el tuyo y… And if I said, como cantaste vos alguna vez…

    Pero no; nada de eso me importó porque de hecho ya te escuchaba con Los Beatles mucho antes de Malvinas; desde los cinco años en aquellos discos de vinilo que se olvidó (o que acaso me dejó) mi padre cuando se fue de casa para siempre. La fritura de la púa sobre el liso borde de aquel plato era el principio de la felicidad para mí.

    Empezaste enloqueciéndome con “Can´t buy me love”. Y yo te hacía los coros cuando iba al jardín de infantes, tocando con una guitarrita de plástico sin cuerdas a imagen y semejanza de Lennon. Luego vino tu “From me, to you” y, en el último grado de la primaria, pasé por la belleza inoxidable de tu “Yesterday” y me di cuenta que eras más que Mozart cuando escuché “Eleanor Rigby”. No podía creer que esa sinfonía del futuro y el pasado entrara en dos minutos de canción. Tampoco entendí (y a esto lo descubrí hace poco) que además pudiera caber en tres estrofas una novela de Dickens, todo ese fabuloso tratado sobre la soledad:

    “Ah, mirá a toda esa gente solitaria/ Eleanor Rigby recoge el arroz de la iglesia en donde tuvo lugar una boda/ Ella vive soñando/ esperando tras la ventana con una expresión/ que guarda en un jarrón junto a la puerta/ ¿Para quién es?/ / Toda esa gente solitaria/ ¿De dónde viene?/ Toda esa gente solitaria/ ¿A dónde pertenece?/ / El padre Mc Kenzie escribe las palabras de un sermón que nadie va a escuchar/ Nadie se acerca/ mírenlo trabajando, remendando sus medias de noche cuando no hay nadie/ ¿De qué se preocupa?/ / Toda esa gente solitaria/ ¿De dónde viene?/ Toda esa gente solitaria/ ¿A dónde pertenece?/ / Eleanor Rigby murió en la iglesia y fue enterrada junto con su nombre/ Nadie asistió/ El padre Mc Kenzie sacude la tierra de sus manos mientras se aleja de su tumba/ Nadie fue bendecido/ / Toda esa gente solitaria/ ¿De dónde viene?/ Toda esa gente solitaria/ ¿A dónde pertenece?/”.

    Malvinas había terminado y había dejado sus secuelas en nosotros. Las radios, poco a poco, volvieron a pasar música en inglés y yo empezaba el secundario cuando escuché dos canciones tuyas de solista que me volvieron loco: “Pipes of peace” (lo tomé como un deseo de que no hubiera más penas ni olvido) y “No more lonely nights” (lo tomé como un anhelo tuyo para que se cumpliera en mi corazón). Y en el televisor en blanco y negro de invierno, en la cocina de noches glaciales y desoladas con mi madre en el pueblo, apareció tu videoclip. Vos subías la terraza con un café diciendo “No puedo esperar otro día hasta llamarte”. Y eso hubiera querido decirle yo a todas las chicas que me gustaban por entonces, a la profe de Castellano y a la de danza moderna (la miraba desde la ventana del gimnasio) y a la de Club de Ciencias y a la tía de un amigo y acaso también a mi propia alma. Y me dije lo hermoso que sería si lo hiciera desde una azotea londinense o de Liverpool con un café, como lo hacías vos en esa canción.

    Aquella melodía me acompañó una buena parte de mi adolescencia junto a la guitarra de Guilmour, a quien entonces no conocía; y con Pedro te escuchábamos en el pasacassette de su Ami 8, en el garaje pobre de su abuela con chapas que se llovían: “Red Rose Speedway”, “Back to the egg”, “Band on the run”, “Wings at the speed of sound” fueron cintas que gastamos con mi amigo hasta altas horas de la noche antes de salir un sábado. Y a la noche volvíamos cantando “After the ball/ millions miles”.

    Terminé el secundario con la locura del Álbum Blanco, testamento musical que no dejo de escuchar con la devoción de quien iba a misa en tiempos del cristianismo perseguido. “Helter Skelter”; y su espiralado tobogán en picada que me devolvió el vértigo de existir; la paz de “Martha my dear” que jamás pensé, sería una canción dedicada a una perra y “Blackbird”. Yo había empezado a estudiar inglés y me tomé esas estrofas como un fabuloso presagio, como tu “good luck” antes de irme a Córdoba para ver el universo con mis propios ojos.

    “Pájaro negro que cantás en la noche muerta/ agarrá estas dos alas rotas y aprendé a volar/ Toda tu vida estuviste esperando este momento/ así que volá en la luz de una noche oscura y negra/ Pájaro negro que cantás en la noche muerta/ agarrá este par de ojos ciegos y aprendé a mirar/ Toda tu vida estuviste esperando este momento para ser libre/ así que volá, pájaro negro, volá”.

    En Córdoba conocí a mucha gente del rock. Y si hubiese tenido algún talento musical no tengo dudas me hubiera dedicado a eso. Hice algunas letras (horribles, por cierto) asistí al ensayo de varios grupos y con mi amigo Gastón nos pasábamos caminando kilómetros por la Docta hablando de una canción tuya o de un tema de Pink Floyd, de las guitarras de Crimson o del modo de cantar de Greg Lake. Pero al final, la literatura le terminó ganando a todo. Al rock, a la pintura, al básquet, a la depresión y a la soledad.

    Mucha gente del rock me dijo muchas veces “cómo podés seguir escuchando las baladas cursis de ese maricón”. Pero yo te defendí a muerte. En esos momentos, ni siquiera me importó acordarme que eras un “Sir inglés”. Acaso porque una vez dijiste, cuando te condecoró la reina “a otros le dan medallas por ir a la guerra. A nosotros nos la dan por divertir a la gente. Nos la merecemos más ¿no?”. Quizás a eso lo dijo Lennon, ahora que lo pienso bien, pero era y sigue siendo la mejor presentación de la música que hicieron durante 50 años, lo único que realmente cambió algo en el mundo. Más que las revoluciones y las guerras. Tus discos, los discos de Los Beatles, tus canciones que hoy giran por los discos del planeta (y acaso seguirán girando cuando volvamos “de vuelta al huevo”) son y serán más importantes que todos los energúmenos de la política; esos que dan medallas pero no cuelgan esperanzas ni guirnaldas de luz en el pecho de la gente.

    Así que feliz cumpleaños, querido Paul. Y gracias por haberle ganado la guerra a mis prejuicios con tus canciones; gracias porque tu amor en inglés le ganó a mi estupidez en castellano; gracias por acompañarme cada día de mi infancia y de mi adolescencia con tus discos; por sacarme del silencio y enseñarme que también yo podía escribir alguna vez sobre la noche, la soledad y la muerte. Toda la vida estuve esperando este momento para decírtelo y ahora va como un abrazo a la distancia. Como un pájaro negro que vuela desde mi pueblo y se posa en las terrazas de Liverpool.

    Ivan Wielikosielec
    Ivan Wielikosielec
    Escritor y periodista argentino (Córdoba, 1971). Ha publicado libros de relatos y poesía (“Los ojos de Sharon Tate”, “Príncipe Vlad”, “Crónicas del Sudeste”) y desde hace diez años reside en Villa María, Córdoba, donde colabora para diversos medios gráficos e instituciones culturales.

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