martes, diciembre 1, 2020
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    Historias de inmigrantes: Los Ángeles en la Era Trump

    Desde mi último regreso a Estados Unidos, las cosas en el país han cambiado, y a partir de enero pasado todo lo que para mí y otros inmigrantes pintaba en mi futuro como un estable, cambió por razones fuera de mi control.

    Todo se ha empañado, la incertidumbre se puede oler en el aire. El ambiente es poco amigable para todo aquel que se autodenomina inmigrante. Hay quienes hace tiempo que olvidaron que esa era su condición, porque habían desarrollando un arraigo tal que de donde hubieran venido no importaba. Eso pensábamos los más idealistas: que habíamos llegado a enriquecer esta tierra, a sumar a la multiculturalidad que en América se vivía, en este país fundado por inmigrantes.

    Nunca tan vulnerables

    Nos sentíamos parte del aparato económico, de lo que el porvenir y el progreso prometían para las futuras generaciones.

    ¿Y ahora?

    Nunca desde que emigré me sentí tan vulnerable. No importa que mis documentos estén en regla: el temor a ser prejuzgada o etiquetada, a la persecución sin fundamentos, me ataca por la noches, me levanta temprano en la mañana espantando el sueño.

    Comencé a incluir en mis plegarias a todos los inmigrantes que con sus cónyuges e hijos hoy están sufriendo. Y es que estoy convencida de que sólo un poder celestial podrá ayudarnos, porque una vez que se se definieron las elecciones, nuestra suerte estaba decidida, solo había que esperar a que la nueva administración Trump comenzara a definir a quienes atacarían primero.

    No considero que mi percepción sea fatalista. Es la realidad que estamos viviendo.

    Aunque nos enfoquemos en trabajar, en seguir poniendo nuestro esfuerzo diario, en cumplir nuestras obligaciones del trabajo.

    Aunque en la noches despues de haber terminado nuestra jornada, intentemos huir viendo televisión o entregarnos a las redes sociales buscando encontrar mensajes positivos o relajación a la realidad que nos persigue, no podemos escapar: los noticieros, los diarios, Facebook y Twitter están inundados de noticias y mensajes antiinmigrantes.

    Nuestro acento nos delata

    Pareciera que todos los que venimos de afuera estuviéramos estigmatizados y que incluso nuestro acento al hablar inglés, pudiera actuar en detrimento nuestro.

    Pregunto a mi alrededor, y escucho lamentándome que una de mis vecinas quien llegó con sus cinco hijos sin documentos a Estados Unidos en los años ochenta, apoya con vehemencia el que se deporte a inmigrantes.

    Dice ella: “son delincuentes”, yo abundo en informarle que no todos los que han deportado tenían un archivo criminal, que para muchos de ellos el delito que cometieron fue cruzar la frontera sin documentos, que no es un crimen sino una falta administrativa, y que hay también personas que fueron deportadas y cruzaron de nuevo puede haber sido por insistir en estar con sus familias de este lado de la frontera.

    Trato de llegar a su corazón, de recordarle que ella tampoco tenía papeles en algún momento de su vida, y que al igual que muchos inmigrantes, ella violó la leyes estadounidenses en algún momento, si es que como esos muchos, se vio forzada a comprar papeles cerca del parque MacArthur, para poder trabajar y alimentar a sus hijos. Le intento refrescar la memoria en cuanto a que la gran mayoría de los inmigrantes vinieron aquí por necesidad, no por deseo de expandir sus horizontes culturales.

    Una latina antiinmigrante

    Pero ella insiste: “los indocumentados reciben welfare”. Y yo le aclaro que, hasta donde tengo conocimiento, si no tienes una green card y un nivel de pobreza extremo -las dos cosas tienen que venir juntas para calificar para la asistencia social- si no cuentas con documentos válidos de identidad y estado migratorio legal, no te dan nada. Ella insiste: “son los hijos, reciben por los hijos”, y yo insisto, “Doña María, ellos son ciudadanos americanos”.

    Entramos entonces en terrenos aún más profundos. “Pues sí, dice ella, ahí están esos que llaman Dreamers, me dicen mis nietos que son nacidos aquí que esos reciben todo la ayuda del gobierno y ni papeles tienen, y mis nietos que son ciudadanos, no calificaron para ninguna beca, para ninguna ayuda, mis hijos han pagado toda su escuela, no es justo, por eso yo diría que dejaran trabajar a nuestro nuevo presidente, ya ganó, ya no les queda de otra que dejarlo trabajar, ya ve cuánto se sufrió con Obama, todos perdimos”.

    Pero después pregunta: “por cierto, le iba yo a preguntar, ¿no sabe usted si este señor Trump nos va a quitar beneficios a los ancianos retirados que son ciudadanos como yo?

    Desde afuera las cosas no se ven mejor: mi hermana en la Ciudad de México me pregunta constantemente cómo estoy, cómo está todo por acá, ella participó en una marcha y me mandó foto de la pancarta que redactó y escribió donde se lee: “¡No al gobierno corrupto en México! ¡No a la política xenófoba supremacista de Trump!”

    Los racistas de siempre

    Yo, entonces, por momentos, siento que la batalla está perdida, que no podremos defendernos de esas políticas cuando sus defensores están tan cerca nuestro como un vecino, como familiares cercanos que emigraron en los años setenta, y que son más racistas que muchos ciudadanos de origen caucásico, y que conocen desde dentro nuestras debilidades, esas que ellos mismos experimentaron y vivieron y por la suerte de haber estado ya aquí, dentro del país cuando la pasada reforma migratoria de 1986 se llevó a cabo, pudieron vencer.

    Y es entonces cuando yo miro hacia atrás, hacia la historia de este país, donde los trabajadores asiáticos que construyeron los trenes también fueron perseguidos, y antes los irlandeses, y los judíos europeos en los cuarenta, y veo a sus descendientes que se quedaron, y pongo mi esperanza en que la gente revise su historia personal.

    En que recuerden que todos descienden de inmigrantes, En que nuestro presidente haga memoria o investigue por qué su propia familia emigró de Alemania y vino aquí, y entienda así, que no venimos por gusto. Que la necesidad nos trae, nos arranca, nos arrebata de nuestros lugares de origen.

    Que una vez que llegamos, esas raíces se hunden hondo en la nueva tierra, tan profundo que en tratar de transplantarnos de regreso nos puede ir nuestro futuro y nuestra vida, y la de los niños americanos que se irán con los que emigramos, donde sus destinos estarán a la deriva, donde serán enviados a lo desconocido, a lo inseguro, a donde ellos no pertenecen, nunca lo han hecho, y donde él tuvo la fortuna de no haber regresado.

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    Saraí Ferrer Cervantes
    “Librera”, estudiante, Mexicana orgullosa de sus raíces indígenas en la indómita San Salvador Atenco, de padre "bracero" Firme creyente en la pluralidad, el consenso y la tolerancia, idealista por naturaleza, transplantada a los Estados Unidos con todo y raíces desde la ciudad de México. Tomó la encomienda de usar habilidades aprendidas allí para servir a la comunidad hispana en el Inland Empire como activista de inmigrantes. Desde 2000 relacionó grupos como Estamos Unidos y Hermandad Mexicana con la gente inmigrante en busca de una voz y con los medios de comunicacion en beneficio de las causas de Licencias para todos (2001), Paro Económico Latino (2002), Lucha contra las redadas (2004) y finalmente las históricas Marchas de Los Angeles (2006).

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