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Las mujeres templo de mi pueblo

Mujeres rezando en la iglesia. Foto: FreePik

El rosario se desliza entre sus dedos con la facilidad que da el haberlo rezado tantas veces. Ni siquiera voltea a ver las cuentas cuando sus manos lo agitan. Diez Ave María y un Padre Nuestro, cinco veces seguidas, y al terminar los misterios empiezan las letanías. Se las sabe de memoria… y yo también.

Ella ve al frente con la mirada perdida y fija los ojos en San Martín de Porres. Hace muchos años que dejó de ir a la “iglesia grande” y se refugió en la otra que está arriba de un cerro, muy cerquita del cementerio. Con la mano derecha cuenta y con la izquierda se sujeta a la banca ya gastada por el paso de tantos feligreses a través de los años.

Sé que hay instantes en que el duelo le pesa y se recarga; disimulo, pero no puedo dejar de admirarla: no tiene canas ni surcos marcados en el rostro, tiene las manos regordetas y arrugadas, y la espalda que antes era recta como una tabla se ha ido curvando con el peso de los años. Transmite fuerza, incluso en medio de la tristeza. Nos parecemos tanto, pienso.

En cada banca de esa iglesia pequeñita de mi pueblo, hay una mujer como mi mamá. Se miran y se reconocen. Son mujeres templo. Ellas custodian su fe y la nuestra, la reviven con sus cantos, en sus plegarias y en las intenciones dominicales. Hay viudas, muchas; y otras que no lo son en carne, pero sí en espíritu. Se acompañan. Notan ausencias y vacíos, pero no rompen silencios. Están, sin forzar su presencia.

A algunas tenía más de una década sin verlas. Ahora les cuesta hincarse y estirar el brazo a la hora de la limosna. Hay señoras que parece que no se han movido desde que me fui, con el mismo velo y ese olor tan característico de talco Maja. Las recuerdo con cariño e imagino los muchos sacrificios que les habrá costado su devoción.

Me devolvieron la mirada con bondad. Se les notan las risas y las penas en los ojos y en los labios. Quizá reconocen a esa niña que fue monaguilla y que alguna vez quiso ser monja y ahora a duras penas se para en una iglesia.

Me acompañaron, sin juzgar, al triduo de mi abuela y a otro funeral, de otra mujer que quizá me quiso más. En esas tres misas sentí que me convertía en una de ellas. Nos sentamos juntas. Saboreé las costumbres de mi pueblo que me recuerdan quién fui y de dónde vengo. Plantar mis pies en esa tierra que me vio nacer me cura todo. Es como reconectarte con un cordón umbilical que no sabías cuánto extrañabas; es como cobijarte en posición fetal por un instante, para que después te vuelvan a expulsar las contracciones de la realidad. Y nacer -parir- es jodido. Mi madre es el vientre y mi pueblo, mi gente, las mujeres templo… mi cuna.

Hoy vuelvo a cruzar la frontera hacia mi otra casa. Me monto en otro avión y las dejo atrás. Mi pueblo se siente pequeño en medio de esta gran manzana llena de rascacielos; pienso en lo afortunada que soy de ser de allá, en la grandeza de las pequeñas cosas, de lo bonito de las tradiciones, de ser de un lugar donde las familias se conocen por generaciones, donde nos reconocemos, nos celebramos y nos enterramos.

Admito que tengo suerte, porque, así como ellas nos acompañan hoy, en silencio, nos iremos velando de una en una, o a los nuestros, sabiendo que nadie cruzará la puerta a la eternidad sola o en el olvido. Y eso me reconforta muchísimo.

Autor

  • Néstor M. Fantini , M.A., Ph.D. (ABD), es un periodista, educador y activista de derechos humanos argentino-estadounidense que es coeditor de la revista online HispanicLA.com y profesor adjunto de sociología, en Rio Hondo College, Whittier, California. Fantini se graduó de Woodsworth College y de la Universidad de Toronto.    ////.

    Nestor M. Fantini, M.A., Ph.D. (ABD), is an Argentine-American journalist, educator, and human rights activist who is co-editor of the online magazine HispanicLA.com, and adjunct professor of sociology at Rio Hondo College, Whittier, California. Fantini graduated from Woodsworth College and the University of Toronto.

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