La curvatura de Arminda: un cuento de Néstor Fantini

Aunque optar por un aborto es un derecho fundamental de toda mujer, de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, 23,000 mujeres mueren cada año debido a abortos en países que los prohíben o limitan.

Cuadro de Paul Gauguin. FOTO: Wikimedia Commons

La noche anterior Arminda había doblado la ropa con la misma dedicación y delicadeza de siempre.  Las camisas y las faldas todavía tenían el calor de la secadora y las sábanas tenían la fragancia de almendras.  El mismo aroma que le quedaba en la mano cuando se frotaba el vientre y exploraba las ondulaciones que daban prueba de ese pedacito de vida que irrefutablemente había sido concebido en el pecado.

El padre Andrés, el que andaba siempre con esa sotana vieja y sucia, había dictaminado claramente.  “Los que hacen esas suciedades fuera del santísimo matrimonio, mi´jita, están atentando contra sacramentos de la Iglesia y, ¡atención!, contra el mismo Señor”.  En el Paraíso, no había lugar para estos sacrílegos.  Así que arrodillada, hasta que le brotó sangre, había rezado los 37,000 padrenuestros y 450 avemarías con que la habían sentenciado y se había ido para siempre de la Iglesia Santa Teresita llorando desesperada.

Pero no era solamente el padre Andrés el que le había anunciado una eternidad de tortura, excremento y fuego en lo más profundo de las entrañas luciferianas, sino que La Señora también parecía haber descubierto el secreto. Al principio sólo era una sospecha conectada con esos delatores cachetes rosados y los kilitos de más, como le había dicho, pero después que la sorprendió vomitando en el cuartito del fondo de la casa, la sometió a un delicado pero intenso interrogatorio.  Al final le había ordenado que el jueves estuviese lista para que las dos fueran al Dr. Romero para que, por las dudas, la revisara.

Con el Juan fue peor.  Cuando le dijo que le tenía que hablar sobre lo que habían hecho en el Parque Sarmiento, esa noche de diciembre de tanto calor cuando en medio de caricias y besos pegajosos finalmente lo dejó que le metiera la mano en la bombacha y que la explorara con esos dedos jugosos que por primera vez en la vida la hicieron, entre quejidos de perra, lagrimear de alegría; cuando le dijo, el Juan se puso como loco.  La miró con esos ojos de rabia que a veces tenía, le dio una bofetada que le partió el labio y le dijo que nunca más lo buscara.  El muy desgraciado hasta le pidió que le devolviera la cadena de plata de Potosí con la virgencita que le había regalado cuando se pusieron de novios… y se fue para siempre.

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Después de doblar la ropa había ido a terminar de limpiar el cuarto del niño Ramiro que siempre estaba como si hubiese sido arrasado por un huracán.  Qué cosa con ese chico que dejaba todo tirado por todos lados y por más que le decía y le decía, no iba a aprender nunca.  La Señora pensaba que Ramirito era un ángel, pero no sabía de sus travesuras ni de esas revistas coloridas con las chicas haciendo porquerías que las escondía detrás de la caja de ropa de invierno que tenía en el fondo del armario.  Tampoco nunca le había dicho a La Señora cómo esa mañana, cuando pensaba que se había ido a la facultad, lo encontró en la cama tocándose… Sí, tocándose… No quería ni pensar en la palabra.  Le dio tanta vergüenza que lo evitó durante semanas y nunca más lo pudo mirar a la cara.

Fue en el cuarto en donde, después de abrir las cortinas blancas de tul labrado con ángeles y mirarse en ese espejo inmenso, empezó el primer golpecito en esa panza circular en la que en un océano de obscuridad flotaba un pedazo de verbo inconcluso.  Fue tentativo, el golpe.  Débil, el golpe.  No era tanto como para causar daño, como que para saber si se atrevía.  Después lo volvió a hacer, pero un poco más fuerte.  Y esta vez, sí, esta vez sintió que adentro hubo movimiento.  ¡Una reacción, Dios mío!  Después hubo más movimiento y el silencio de eternidad.

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“No te olvides que mañana a las 10 tenemos esa cita con el doctor”, le había susurrado como al pasar la señora.  Pero ella sabía que esa actitud despreocupada escondía algo de amenaza.  Si se confirmaba que en sus entrañas había un pecado, la señora no tendría muchas alternativas.  Después de todo, era la vicepresidenta del comité de Doctrina de la Iglesia Santa Teresita y, dada su investidura y su liderazgo moral en la comunidad, cómo podría explicar que en su misma casa alojaba a una perdida.

Cansada de escuchar un bolero en el ipod rosado que le había regalado el Juan para Navidad, un bolero que hablaba de la traición de una mujer, había apagado la luz a eso de las 2 de la mañana.  Pero fue inútil.  No podía dormir y, después de dar vueltas y vueltas, volvió a prender el velador y se concentró en la estampita de San Francisco que estaba pegada en la pared y estudió el aura de oro y la sonrisa acogedora de ese santo tan piadoso que la había ayudado tantas veces.  Después pasó a la rajadura de la pared en la que hace como tres meses había matado una araña y, sin saber por qué, pensó en la mami que debía estar tirada en ese catre tan chiquito en esa casa de adobe en Peñascos Perdidos, en medio del desierto catamarqueño, tal vez con la boca abierta y roncando junto a ese hombre malo que cuando tenía doce años se hacía el que la consolaba y aprovechaba para manosearla toda.

Pero ni el santo de Asís, ni las imágenes del rancho querido en Peñascos, ni esa repugnante mano con olor a kerosene le podía borrar esa voz repetitiva que le recordaba que “a las 10 tenemos esa cita…”.  Exactamente dentro de seis horas.  Seis horas en las que se acabarían los sueños de juntar lo suficiente para hacer ese curso de asistente administrativa en el Instituto de Carreras Técnicas que le cambiaría la vida para siempre. Seis horas para el comienzo del debacle.  Y se imaginaba a la señora, ¡ay, Dios mío!, santiguándose y poniendo el grito en el cielo; y al padre Andrés mirándola con esos ojos condenatorios que le asegurarían el infierno para la eternidad; y las chicas en la plaza de domingos evitando hablarle; y desolada, casi descompuesta, armando la valija de cuero viejo para ese viaje de regreso en donde iría solamente acompañada de una ventana desteñida y esa sensación de derrota que ya la empezaba a invadir.

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Estaba amaneciendo y se sentía febril, la garganta seca, la respiración agitada.  Ya se escuchaban a lo lejos algunos movimientos distintamente matinales.  Una sirena de fábrica le estableció claramente que eran las cinco y un perro ladró sin muchas ganas.  Eran las cinco y comenzó a acariciarse la barriga. Dio varias vueltas por su redondez grotesca y casi sin intención apretó con un dedo debajo del ombligo, y apretó más fuerte, y apretó con la mano, y comenzaron a rodarle las lágrimas cuando apretó con el puño, y empezó a golpear y a gritar y a rodar en el suelo con la frente transpirada y delirante mientras un hilo de sangre caliente se deslizaba por el muslo tenso y un gallo saludaba las tajadas amarillas en el horizonte.

Este cuento de Néstor Fantini fue originalmente publicado en el libro De mi Abuela, Soldados y Arminda: cuentos de amor y de guerra, 2013. https://www.amazon.com/Mi-Abuela-Soldados-Arminda-Cuentos/dp/1300076615.

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