Los colores de las flores de Cruz Alta

Los colores de las flores de cruz alta

¿Qué pides, niño, desde tan lejos?
Yerma, Federico García Lorca

Álvaro Navarrete, decimonoveno hijo del orgulloso alcalde de Cruz Alta, se casó con María Isabel Altuna cuando la niña de ojos almíbar tenía tan sólo catorce años. En sus votos, como era costumbre en la región, prometieron tener doce hijos. “Y en una de esas tengo hasta treinta”, dijo Álvaro. Las festividades y ofrendas se extendieron durante diez días y diez noches. Las botellas de bordeaux y los licores de oporto mantuvieron en un ensueño a todo el poblado.

Los primeros años, la pareja vivió un idilio del que se hablaba más allá del Río del Diablo y que, de acuerdo a expertos en floricultura, ayudó a incrementar el color de las flores y, consecuentemente, multiplicó la producción de miel que se transformó en la principal fuente económica de casi todos los residentes de Cruz Alta. Álvaro fue investido con el título honorífico de Gran Protector de la Vida y la gente reconocía a la pareja con tanto respeto y veneración que su casa de piedra en la Cañada de los Perdidos siempre dormía rodeada de velas benditas y amanecía con flores de todos los colores imaginables.

Pero cuando Álvaro cumplió su tercer aniversario de casado sin haber producido descendencia, comenzaron a circular rumores. Inicialmente eran simples preguntas inofensivas que, con el paso del tiempo, pasaron de la interrogación curiosa a la insinuación burlona. Después llegaron las miradas y, más tarde, los cuchicheos. Al principio, Álvaro y María Isabel ignoraron los comentarios, pero cuando comenzaron a transformarse en actos impertinentes, se dieron cuenta de la gravedad de la situación.

El joven buscó consejo con su padre quien le advirtió de las desvastadoras repercusiones que tendría para el honor de los Navarretes si algo no ocurría. “Si no tienes hijo, no puedes probar que eres hombre”, le dijo. También fue a ver a Fulgencio Arcoiris, su jefe en las duras batallas de la guerra, y escuchó las palabras del sabio general. Habló durante días con sus hermanos, habló con amigos. Todos acordaban en que si la pareja no podia producir un primogénito, su suerte estaba echada.

Álvaro Navarrete y María Isabel Altuna, desesperados, redoblaron esfuerzos. Usaron ungüentos hechos de bosta de toro recogida a medianoche, sacrificaron ciento veinte canarios amarillos y ciento veinte anaranjados para intentar robarles el espíritu del canto, se hicieron miembros de una secta zoroastrista, imitaron tres mil posiciones extraídas de un tomo inédito de Kamasutra y, siguiendo el consejo de su suegra, Álvaro llegó a hacerse la circuncisión sin anestesia y con un cuchillo de oro. Cuando todos los remedios, todo el dolor y todas las oraciones fueron inútiles, finalmente la pareja, al borde de la histeria, decidió recurrir a doña Hermenegilda Guzmán, la partera del pueblo que, entre otras cosas, era reconocida como la mejor bruja de la región..

La bruja Hermenegilda los vio llegar a la choza de mimbre, en las márgenes del pueblo, y antes que cruzaran el umbral le dijo a Álvaro que el olor a podrido de su alma se podia sentir a media legua. “No hay cura pa’ tu mal, muchacho”, sentenció la bruja y se fue a otro cuarto desde donde, por varios días, se escucharon sus gritos y su llanto.

Al cumplirse el cuarto aniversario, el alcalde Navarrete, semienloquecido por la verguenza, emitió su última ordenanza decretando que su familia no tenía lazo sanguíneo, legal o espiritual con Álvaro Navarrete ni con María Isabel Altuna y, cargando algunas pocas posesiones en un carro destartalado, y seguido por una mujer vestida de negro de pies a cabeza y dieciocho hijos enmascarados para esconder su identidad, había desaparecido de Cruz Alta en medio de una noche en que los perros ladraban enfurecidos y llovía una sustancia negra.

Fue más o menos en esos días tristes que las burlas y las miradas esquivas comenzaron a pesar más que nunca. Ir al almacén de don Iván Checoff era una tortura para María Isabel que debía caminar dos cuadras por una vereda inundada de ojos. Ir hasta el río atraía a docenas de curiosos que ya ni se preocupaban en demostrar su repudio. “Ahí va el desierto”, decían. Abandonados por la familia, perseguidos por sus vecinos, Álvaro y María Isabel se fueron replegando hacia los rincones más oscuros de su casa de piedra de donde apenas salían al atardecer, una que otra vez, después de cerciorarse que las calles de Cruz Alta estaban vacías.

Fue en ese tiempo, también, que el pueblo comenzó a experimentar cambios cromáticos. Todos comenzaron a darse cuenta que los colores de Cruz Alta habían empezado a atenuarse y que las flores morían por toda la región. Las abejas, evidentemente, emigraron hacia colinas más coloridas y la producción de miel se encaminó a la bancarrota con los consiguientes estragos económicos.

En el quinto aniversario del casamiento, Álvaro y María Isabel estaban tan aislados que en el pueblo nadie hablaba de ellos y la mayoría hasta se había olvidado que existían. Muchos de los habitantes, preocupados con la miseria que había arribado, se la pasaban discutiendo la manera de volver a colorear la aldea. Siguiendo los consejos de la bruja Hermenegilda, hasta se habían repintado las flores y los árboles y las pocas nubes que pasaban por el lugar. Pero todo era inútil, la pintura se derretía y caía en chorros multicolores manchando la tierra yerma.

En diciembre de aquel año, las últimas cuatro familias abandonaron el pueblo. Una semana más tarde, Álvaro y María Isabel supieron que el silencio de Cruz Alta era un silencio de vacío. Después de confirmar que solamente la brisa y los perros creaban sonidos, se atrevieron a salir por las calles. Al principio tímidos, y después con más confianza, recorrieron la Cañada de los Perdidos.

Al día siguiente pasaron las colinas del sur y estaban tan entusiasmados que ni siquiera se dieron cuenta que llegaron hasta el Río del Diablo. María Isabel reía como no lo había hecho en tantos años, Alvaro gritaba y escuchaba su eco mágico en las sierras. Estaban tan felices, tan tranquilos, que ninguno se dio cuenta cuando las ramas grises comenzaron a llenarse de marrones y verdes y cuando las flores marchitadas por la tierra y el polvo se irguieron en amarillos y rojos y violetas. Tampoco notaron que el cielo se había cubierto de formaciones de abejas zumbantes que retornaban a germinar las colinas de un pueblo vacío.

Néstor Fantini, profesor argentino que reside en California, fundó la-luciernaga.com.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí