A 34 años de la firma de la paz en El Salvador: silencios, promesas y heridas abiertas

A la violencia política le siguió otra violencia, más difusa y menos ideológica, que encontró terreno fértil en la pobreza, la exclusión y la falta de oportunidades

San Salvador — El 16 de enero de 1992, El Salvador amaneció con un rumor distinto.

No era el tableteo de las ametralladoras ni el zumbido de los aviones y helicópteros que durante más de una década habían marcado el pulso del país. Era otra cosa: una expectativa tensa, casi incrédula, como si la nación entera contuviera el aliento. En el Castillo de Chapultepec, en la Ciudad de México, se firmaban los Acuerdos de Paz.

34 años de paz en El Salvador
Acto central en catedral metropolitana de la firma de la paz el 16 de enero de 1992. (fotografía de elsalvador.com)
34 años de la paz en El Salvador
Monumento a la Memoria y la verdad, en San Salvador fue inaugurado el seis de diciembre de 2003 en el Parque Cuscatlán / José Orlando Castro
34 de la paz en El Salvador
Olga Serrano, excombatiente de las FPL perteneciente al gremio de lisiados de ALGES / José Orlando Castro
34 de la paz en El Salvador
Juan Carlos Alvarado, vicepresidente de ALGES / José Orlando Castro
Miembros de ALGES conmemoran los 34 años de la firma de los Acuerdos de Paz en el monumento a las víctimas del conflicto armado en San Salvador / José Orlando Castro
Prohibido olvidar. Un recuerdo de la represión del ejército contra civiles durante los años ochenta. Arpas.

Doce años de conflicto armado dejaron un saldo que no entraba en ninguna estadística sin quebrarse: más de 75,000 muertos, miles de desaparecidos, comunidades enteras arrasadas, familias partidas por el exilio o el miedo. La guerra civil, que comenzó en 1980, había sido una herida prolongada, abierta por la desigualdad, la represión y la ausencia histórica de canales democráticos.

“Algunos a mí me preguntan: ¿y vos en qué año te fuiste a la guerra? Y yo les digo: la guerra llegó a mi casa, donde estábamos con mi familia. Allí me tuve que defender. Tomamos el derecho a la defensa.

«Hoy recordamos los momentos que vivimos y no es fácil lo que significa estar bajo el bombardeo, los ametrallamientos, bajo el fuego de artillería; ver que la bomba viene encima de vos y no saber para dónde correr ni dónde irá a caer; ese llanto de los niños, ver correr a la gente y ver despedazada a la población indefensa. Eso no lo podemos olvidar”, dijo Juan Carlos Alvarado, vicepresidente de la Asociación de Lisiados de Guerra de El Salvador Héroes de Noviembre del 89.

Alvarado considera que en El Salvador, después de 2019, desapareció la cultura de paz y lo que existe son mensajes de odio entre salvadoreños, de parte del gobierno hacia la oposición política, como queriendo insinuar aquella guerra. Aseveró que los lisiados de guerra lograron superar las barreras entre la exguerrilla del FMLN y los miembros de la Fuerza Armada.

“Cuando estábamos en combate jamás se nos ocurrió que después íbamos a estar de amigos y sentados en una mesa. Comprendimos que la paz es la gran tarea de todos, porque la paz no solo es el cese de las armas, sino tener trabajo y qué comer”.

La paz no llegó de golpe.

Fue una construcción lenta, bajo la mediación de las Naciones Unidas. Los acuerdos no eran una rendición ni una victoria militar: eran, sobre todo, un pacto para que cesara la muerte. Incluían la desmovilización del FMLN, la reducción y depuración de las Fuerzas Armadas, la creación de una nueva Policía Nacional Civil, la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, reformas al sistema judicial y electoral, el componente económico-social y el reconocimiento de derechos políticos largamente negados.

“Los que fuimos protagonistas de este proceso nos debemos sentir satisfechos de haber dado un aporte para las transformaciones sociales de nuestro país. Yo, como excombatiente de las Fuerzas Populares de Liberación, me siento satisfecha.

«Lastimosamente, las instituciones que se crearon están desaparecidas y eso es un retroceso abrumador. Considero que hay un bombardeo para que olvidemos lo que pasó, y pueblo que olvida está condenado a repetir su historia. Estos 34 años de la firma de los Acuerdos de Paz no los tenemos que olvidar nunca”, aseveró Olga Serrano, de ALGES.

Ese 16 de enero de 1992, en Chapultepec, México, las firmas se estampaban sobre el papel; en El Salvador, la noticia corría por la radio y la televisión.

En algunos caseríos, los campesinos se miraban sin decir mucho. Habían aprendido que la prudencia también era una forma de sobrevivir. En San Salvador, la capital, las organizaciones sociales difundieron el nuevo proceso que se aperturaba: abrazos rápidos, lágrimas que no sabían si salir del todo. La paz, para muchos, era una palabra demasiado grande para un país tan cansado.

El silencio que siguió a los acuerdos no fue vacío. Fue un silencio lleno de preguntas. ¿Cómo reconstruir la confianza en instituciones que durante años habían sido sinónimo de miedo? La guerra había terminado, pero sus efectos seguían caminando por las calles.

En los meses siguientes, los fusiles se entregaron y los campamentos guerrilleros se desarmaron. Los excombatientes regresaron a la vida civil con lo puesto y un pasado difícil de explicar. El FMLN se convirtió en partido político. La Fuerza Armada se redujo y se disolvieron las estructuras paramilitares del Ejército. El Estado prometió reformas profundas. La democracia, decían, empezaba ahora.

Pero la paz no fue una línea recta.

A la violencia política le siguió otra violencia, más difusa y menos ideológica, que encontró terreno fértil en la pobreza, la exclusión y la falta de oportunidades. Las maras o pandillas, el crimen organizado y la migración masiva se convirtieron en parte del paisaje de la posguerra. Para muchos salvadoreños, la promesa de los acuerdos quedó a medio cumplir.

Sin embargo, reducir los Acuerdos de Paz a lo que no lograron sería injusto. Por primera vez en su historia reciente, El Salvador pudo dirimir el poder sin balas. Las elecciones dejaron de ser una farsa custodiada por soldados. La prensa ganó espacios de libertad. Las organizaciones sociales comenzaron a hablar en voz alta.

El miedo no desapareció, pero ya no era una política de Estado.

Treinta y cuatro años después, los Acuerdos de Paz siguen siendo un punto de referencia incómodo. “La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, pilar fundamental de la promoción y protección de los derechos humanos, ha perdido relevancia y efectividad ante las graves denuncias por violaciones a los derechos humanos en el marco del régimen de excepción; asimismo, la Policía Nacional Civil ha perdido su carácter civil”, afirmó ALGES en un comunicado.

“El proceso democrático está en riesgo en nuestro país. Es decir, lo que se obtuvo con los Acuerdos de Paz hoy enfrenta un retroceso significativo, ya que el pueblo salvadoreño luchó por las libertades y la defensa de los derechos humanos”, aseguró Óscar Mejía, presidente de ALGES.

La paz, en El Salvador, no fue un día ni una firma. Fue —y sigue siendo— un proceso frágil, contradictorio, incompleto. Aquel 16 de enero de 1992, las armas aprendieron a callar. El desafío, desde entonces, ha sido aprender a escucharse. Pero las heridas no están cerradas: la desigualdad persiste como un eco de la guerra, y el compromiso económico y social que prometía sostener la paz quedó, para demasiados salvadoreños, archivado en el papel, lejos de la vida cotidiana.

Autor

  • José Orlando Castro es de El Salvador. Realizó sus estudios de periodismo en la Universidad de El Salvador. Antes de ingresar a la academia fue corresponsal de guerra independiente. Con la firma de los Acuerdos de Paz estudió diversos talleres de guion y dirección cinematográfica y artística, y obtuvo diplomados en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera. Sus exposiciones fotográficas se han mostrado en el Museo de Antropología MUNA con la temática Rehabilitación de mujeres y hombres en los centros penitenciarios (2016). En el campo audiovisual se han proyectado cortometrajes y documentales entre estos, Nos las vemos a palitos, Solidaridad sin fronteras, El Trifinio, Rechacemos la violencia, entre otros.

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