De Panchimalco al mundo: El Salvador estrena su primer patrimonio cultural inmaterial reconocido por UNESCO

Un fotoreportaje de José Orlando Castro

San Salvador.- Por primera vez en su historia, El Salvador inscribe su nombre en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y La Cultura (UNESCO).

Lo hace a través de una tradición que huele a flor silvestre, a palma fresca y a fe heredada de generación en generación: la Cofradía de las Flores y las Palmas de Panchimalco, reconocida el 10 de diciembre de 2025 durante la 18.ª reunión del Comité Intergubernamental celebrada en Nueva Delhi, India.

Un escenario lejano que, desde ahora, custodia también un fragmento del alma salvadoreña.

El anuncio marca un hito cultural para el país. No se trata solo de un reconocimiento internacional, sino de la confirmación de que las raíces espirituales, artísticas y comunitarias que sostienen este ritual siguen vivas, resistiendo al tiempo, a la modernidad y al olvido.

Un ritual que brota cada año

En Panchimalco, donde las montañas parecen custodiar la memoria colectiva, cada año se repite una escena cargada de simbolismo.

Jóvenes ensayan danza preparándose para el inicio del mes de las lluvias / José Orlando Castro
Antropóloga Marta Recinos investigadora sobre las cofradías de Panchimalco / José Orlando Castro
Rituales de las cofradías de Panchimalco, en la fiesta de las flores y las palmas / José Orlando Castro
Autoridades del gobierno reciben estudio, de derecha a izquierda Eduardo Godoy Gobernador de San Salvador, Mario Vásquez alcalde de San Salvador Sur y Francisco Martínez Pascual el «teta» de las cofradías de Panchimalco. / José Orlando Castro
Danza en honor a las cofradías / José Orlando Castro
Danza en honor a las cofradías
Cofradías de Panchimalco / Cortesía de Marco Cativo

Mujeres, jóvenes y personas mayores que no mueren con su tradición, elaboran palmas adornadas con flores silvestres para la tradicional procesión de la Virgen de la Inmaculada Concepción y la Virgen del Rosario.

Es un trabajo paciente y minucioso, casi íntimo, donde cada hoja y cada color guardan un sentido profundo de devoción y pertenencia.

En mayo, las calles se llenan de danzas, música, rezos y estampas indígenas que se entrelazan con el aroma del maíz, la chicha, el arroz, y el cacao preparados para la ocasión. Es una celebración multigeneracional donde la tradición no se representa: se vive. Cada gesto es una afirmación de continuidad y resistencia cultural

Cada 3 de mayo, en El Salvador, la cruz vuelve a florecer. Inspirada en la fe católica, la celebración del Día de la Cruz llena patios, altares, con diversidad de frutas; sin embargo, bajo su forma cristiana late una memoria más antigua.

Para los pueblos indígenas cuscatlecos, la cruz no fue originalmente de madera cualquiera, sino de jiote, un árbol sagrado que simboliza renovación, fertilidad, vida, cosecha y protección frente a las fuerzas negativas.

El jiote, resistente y siempre dispuesto a renovarse durante la época lluviosa, estuvo vinculado al Dios prehispánico Xipe Tótec, el “Dios desollado”, deidad de la nueva vegetación, la regeneración y la naturaleza. En esa lógica ancestral, la cruz no negaba la cosmovisión indígena, sino que la encubría: una estrategia de supervivencia espiritual frente a la imposición colonial.

“Entonces nuestros ancestros adoraban el árbol de jiote hecho cruz para apaciguar a los frailes españoles”, explica Werner Hernández, médico psiquiatra y hablante de náhuat.

Así, la cruz se convirtió en un símbolo doble: cristiano en la forma, indígena en el fondo, un punto de encuentro entre dos mundos que aprendieron a coexistir.

Como muchas cofradías y rituales tradicionales, la celebración del Día de la Cruz es un acto de sincretismo vivo. No es solo una fecha del calendario religioso, sino una expresión de resistencia cultural, donde la fe, la naturaleza y la memoria ancestral se entrelazan. Cada cruz adornada con frutas y flores sigue diciendo, en silencio, que la identidad no se impone ni se borra: se transforma y permanece.

Un estudio de la antropóloga e investigadora Marta Recinos, de la Universidad de El Salvador titulado “Expresiones Culturales de la Cofradía de las Flores y Las Palmas. Distrito de Panchimalco”, impulsado por el Ministerio de Gobernación y Desarrollo Territorial en coordinación con el Ministerio de Cultura, documenta la profundidad histórica y simbólica de la cofradía. 

La investigación subraya la necesidad de rescatar la memoria histórica de estas expresiones y socializar los hallazgos como una herramienta de salvaguarda. Recinos sostiene que los adultos mayores son los principales guardianes de esta tradición y que requieren respaldo institucional para garantizar la continuidad.

“Este año puede ser una prueba para presidencia y los ministerios asumen realmente el compromiso de salvaguarda, promoción y patrocinio de la cofradía”, afirmó la investigadora.

La UNESCO, al anunciar su inscripción, destacó que “la procesión atrae a visitantes de todo el mundo y se acompaña de danzas tradicionales, música y oraciones”, subrayando que se trata de una tradición viva, recreada año tras año por la propia comunidad.

Raíces históricas y sentido comunitario

Para el investigador Martínez Domínguez, durante la época colonial las cofradías formaron parte del proceso de cristianización y aculturación impulsado por la Iglesia. Sin embargo, también cumplieron una función clave: permitir que las sociedades indígenas recuperaran su unidad y el sentido de comunidad fracturado tras la conquista, integrando elementos de la fe cristiana con prácticas culturales propias.

El Salvador ya había declarado esta manifestación como patrimonio cultural inmaterial en 2023, reconociendo su origen prehispánico y colonial, así como su valor para las comunidades indígenas y campesinas que la han protegido durante siglos. Con la inscripción en la lista de la UNESCO, el país se suma a más de 150 naciones con expresiones culturales reconocidas como patrimonio vivo de la humanidad.

“Es un galardón que nos llena de orgullo como salvadoreños, porque demuestra que producimos contenido cultural de alto valor histórico y social”, expresó Eduardo Godoy, gobernador de San Salvador.

Por su parte, el alcalde Mario Roberto Vásquez destacó la importancia de proteger los pilares de la tradición, entre ellos la figura del teta, máxima autoridad de la cofradía y vínculo vivo con las raíces indígenas y la fe comunitaria.

“Su participación nos genera un compromiso compartido entre municipalidad, Ministerio de Gobernación y Ministerio de Cultura”, señaló.

La Cofradía de las Flores y las Palmas de Panchimalco es mucho más que una festividad religiosa: es un espacio donde convergen memoria, identidad y resistencia cultural. 

Su vigencia demuestra la capacidad de las tradiciones para adaptarse y renovarse sin perder su esencia. Con el reconocimiento de la UNESCO, este ritual deja de ser solo herencia local para convertirse en patrimonio de la humanidad. Un legado vivo que sigue floreciendo en manos de su gente. Un símbolo de unidad y pertenencia para El Salvador y el mundo, reitera la conclusión de la tésis de Marta Recinos.

Autor

  • José Orlando Castro es de El Salvador. Realizó sus estudios de periodismo en la Universidad de El Salvador. Antes de ingresar a la academia fue corresponsal de guerra independiente. Con la firma de los Acuerdos de Paz estudió diversos talleres de guion y dirección cinematográfica y artística, y obtuvo diplomados en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera. Sus exposiciones fotográficas se han mostrado en el Museo de Antropología MUNA con la temática Rehabilitación de mujeres y hombres en los centros penitenciarios (2016). En el campo audiovisual se han proyectado cortometrajes y documentales entre estos, Nos las vemos a palitos, Solidaridad sin fronteras, El Trifinio, Rechacemos la violencia, entre otros.

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