viernes, noviembre 27, 2020
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    México: Entre el viene-viene y el valet parking (fotos)

    – Viene, viene, viene, viene mi güero, allí va, allí va, tuérzale, tuérzale – Un hombre entre 20 y 30 años me da indicaciones para estacionarme, después de buscar durante veinte minutos un cajón disponible a los alrededores del Parque México, en la zona de La Condesa, en el DF.

    – ¿Así estoy bien? – le pregunto después de aceptar estacionarme en un espacio que estaba ocupado por unos baldes de plástico que pertenecían a quien me orientaba.

    – Aquí se lo cuidamos, jefe.  ¿Quiere una lavada? – se acerca haciendo movimientos en el aire con una sucia franela.

    – No mi amigo, gracias.  ¿Cuánto me vas a cobrar por el lugar? – me adelanto para no ser sorprendido a la vuelta.

    – Veinte baros, maestro, – me responde con rapidez.

    Aprovecho la ocasión para desahogar mis inquietudes después de darle treinta pesos y hacerle un ademán con la mano de que así estaba bien, que aceptara el total a cambio de unas preguntas.

    ¿Como le hacen?

    – Oye y ¿cómo se manejan ustedes aquí?  ¿Tienen un grupo, un jefe o cómo le hacen para apartar los lugares?

    – Pues tenemos un líder aquí en el parque que se hace responsable de todos y se arregla con los vecinos y la policía, – me dice en voz baja mientras mueve la cabeza a todas direcciones inspeccionando si alguien nos está viendo a lo lejos.

    – Pero los vecinos qué onda, ¿aceptan que ustedes estén aquí?

    – No todos, güero, pero la mayoría jalan y les cuidamos la calle y los lugares.  Los que la hacen de tos son los nuevos, pero luego luego aflojan.

    – ¿Y la policía?

    – Igual.  ¿La “tira” también recibe su “mochada”?

    – ¿Y no les dan problemas?

    – De vez en cuando sacan “periodicazo” y dicen mamadas de nosotros, pero luego luego le bajan de huevos.  El otro día un cabrón se hizo pasar por uno de nosotros y se lo llevó la “tira”.  Allí la regaron los azules por pendejos pero ya la cosa está calmada.

    – ¿Entonces es difícil ser uno de ustedes?

    – Está cabrón güero, está cabrón.

    Los franeleros o viene-viene

    No sé en que momento aparecieron los famosos “franeleros” o “viene-viene” en el paisaje urbano de las ciudades mexicanas, pero en la Ciudad de México se hace más evidente y complejo por las proporciones de la infraestructura y el parque vehicular.

    Encontrar estacionamiento en La Condesa es una especie de misión imposible tanto para quienes residen, como para los que trabajan o visitan la zona.

    Por las características urbanas del lugar, cuesta trabajo contar con estacionamientos públicos y los pocos disponibles a los largo de las vialidades han sido invadidos por un grupo de hombres que se dedican a ocupar los espacios con botes o bidones, para luego hacer negocio con ellos.
    Se supone que esos espacios son públicos y de libre circulación en su mayoría, salvo en los casos que son arrendados a particulares bajo normas estrictas.

    Pero a los “viene-viene” no les importa si son zonas permitidas o no para el estacionamiento, si son esquinas, banquetas o camellones.  Cada metro cuadrado a la vista y disponible es un lugar para estacionar un coche, sin importar que se rompan reglamentos, bloquee la circulación o terminen siendo un peligro para peatones o conductores.

    Y lo peor de todo, es que no son los “viene-viene” los únicos que pelean por esos espacios.

    Los valet parking

    Están también los valet parking, que proliferan en la misma proporción que los restaurantes existentes en la zona y que en el caso de La Condesa abundan.
    Lo lamentable del caso es que los valet parking se amparan en empresas que actúan en el supuesto de un marco legal, recibiendo un pago de los establecimientos que los contratan y haciendo las contribuciones correspondientes a las autoridades para contar con una licencia.

    ¿Pero qué sucede en este caso?  Que los valet parking terminan también peleando por esos espacios, que en la mayoría de los casos no son los adecuados para estacionar un coche.

    – Buenas tardes señorita, ¿viene al restaurante?, – le pregunta un señor de cabello canoso que viste uniforme oscuro y chaleco amarillo fluorescente a mi amiga, que ha dejado su coche en el valet del restaurante al que decidimos ir a comer.

    – Sí señor, – le contesta mientras le entrega las llaves.

    La cuestiona mientras revisa si el coche tiene algún desperfecto en alguna parte de la carrocería.
    – Algún objeto de valor?

    – Mi estéreo que está en la guantera.  Nada más. ¿Cuánto es?

    – Cuarenta pesos señorita, pero me los da ya que salga.

    Ingresamos al restaurante mientras el señor de cabello canoso conduce a gran velocidad el coche de mi amiga a un lugar que desconocemos.

    A los 45 minutos de estar en la mesa, el señor de cabello canoso se acerca a nosotros y lo recibimos con cara de alarma.

    Le dieron a su coche

    – Disculpe señorita, pero hubo un choque aquí en la esquina y le dieron a su coche.

    – Nos dice con cara agachada el señor de cabello canoso.
    – Hijo de tu pinche madre. – Contesta mi amiga al mismo tiempo que sale corriendo del restaurante y pregunta desesperada hacia donde se encuentra su coche, mientras le hago señas de que la alcanzo en cuanto pague la cuenta.

    Cuando llego al crucero señalado, veo un coche golpeado de la parte frontal con un ocupante inmóvil en el interior.  A unos metros otro coche sobre el camellón chocado contra un árbol.  Y a unos cuantos pasos, en una esquina donde está prohibido estacionarse, el coche de mi amiga, mal acomodado, con dos leves golpes en el costado.

    Era obvio que el coche estaba en un lugar prohibido en esa esquina y mi amiga estalló contra el valet.  Desistió de demandarlos por cuestiones de logística con los seguros y para darle celeridad al trámite.

    Al final el seguro del coche responsable respondió por todos los golpeados.

    Los “franeleros” y acomodadores de los valet parking parecen ser los nuevos dueños de las calles de la ciudad, mientras las autoridades se hacen de la vista gorda y los conductores nos sumamos a la irresponsabilidad por permitirles tomar las calles a diestra y siniestra.

    Avatar
    Ricardo Trapero
    Arquitecto por vocación y destino, escritor por convicción. Desde muy joven emprendí el viaje por la libertad. En mi camino he visto, percibido y palpado tanto, que un día decidí plasmarlo de la mejor forma que entendía. Las letras que han sido mis entrañables compañeras, cada día me acercan un poco más a la libertad, la cual aún no he encontrado pero que ya siento cerca. Creatura hombre, mexicano y sibarita en entrenamiento.

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