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En domingo: después de la matanza número 199, en Texas

Ya son un ritual repetido como misa de muerte en Estados Unidos, en cualquier instante

Pasaban los ciclistas y sus sonrisas se veían debajo de sus cascos. Una mujer estiró su mano para tocar la mía. Un hombre, del brazo con su compañera, me dijo «qué Dios la bendiga». Los chicos pasaban cantando, haciendo equilibrio en sus patinetas y a lo lejos los cuerpos de los surfistas, desaparecían por un segundo para volver con sus acrobacias a desafiar las olas.

En Casa Douglas había un concierto. Ese amante del jazz malhumorado, que fumaba en pipa y ponía a Coltrane a todo volumen, dejó su legado. Ahora su hija lo continúa y los mini conciertos en la casa del mar son una leyenda en la costa. Hermeto Pascoal tocó allí en 1992. Lo fuimos a saludar y cuando le dijimos que éramos argentinos, volvió al escenario e interpretó una versión inolvidable de «Nostalgias».

Los números de la muerte

Ayer era domingo en Half Moon Bay,  esta ciudad de mar, a menos de treinta minutos de San Francisco, donde dos meses atrás en los campos donde trabajan los migrantes, pasó otro matanza. Sobre ese ayer, paseábamos felices.

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Hoy es lunes, ocho días del mes cinco de este año 2023. Van 199 matanzas, «mass shootings», les dicen en inglés… Salvo Michael Moore desde su podcast nadie parece darle demasiada reflexión. Sucede, como algo cultural. La gente deja comentarios en Youtube, donde se difunde la tragedia: «mientras haya armas, habrá muertos, es algo inevitable». Usan el término «casualities»para referirse a la víctimas. Un término bélico que describe a las muertes que pasan en combate.

En mi paseo, ayer me encontré de frente con una señora de pelo corto y lentes. Llevaba puesta una remera rosa con una inscripción en letras blancas: «Ganaremos la batalla al odio», decía. Nos saludamos con una sonrisa complice y cada una siguió su camino. La vida está repleta de buenas intenciones, de gente que realmente todos los días aporta con gestos solidarios, alientos para que la existencia siga siendo posible.

La irrupción de lo siniestro, una amenaza constante

Iba observando el paisaje humano y escuchando, la voz de Emma Suarez  leyendo «La Buena Suerte», el libro de Rosa Montero.
Rosa que es una amante ferviente de la vida y una estudiosa de la anatomía del alma humana, trata de encontrar en la neurociencia, ese lugar donde habita la maldad en los seres humanos. ¿Qué elemento permite que se solidifique de manera férrea, ese instante donde alguien que fue un bebé y después un niño, se convierte en un monstruo capaz de acabar en segundos con la vida de muchos y después, casi siempre, terminar con la propia? Es un ritual siniestro, programado y repetido en riguroso orden como una misa de muerte que acontece en Estados Unidos al menos una vez al mes. 

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«Los lienzos están diseñados para marcar territorio». Foto: Adriana Briff

La bandera de Ucrania flameaba en el cielo junto a la bandera de la comunidad LGBT y el escudo de la familia Douglas, dueños de la casa de conciertos de jazz. Los lienzos están diseñados para marcar territorio, definir identidades. En esta geografía, el pueblo ucraniano conmueve. Todos quieren ayudar a las víctimas de la invasión de Putin. Pocos cuestionan a la OTAN y sus invasiones que dejan miles de muertos, desplazados y seres condenados a la miseria después que sus macabros tratados designan los destinos de los pueblos. Como si la historia no existiera o fuera todo un aglomerado de acontecimientos superpuestos en acciones inconexas, seguimos caminando por «un paraíso en el infierno» como bien los describió Rebecca Solnit en el libro que lleva ese nombre.

Los mensajes que leemos en el cielo

A espaldas del mar, en ese domingo de sol, entre un cúmulo de rocas, ví una mujer pequeña. La expresión de su cara era neutra, sus ojos oscuros no se fijaban en la mirada de los que pasaban a su lado. Subía y bajaba las palmas de su mano, sobre su cara. Gestos que fueron para mi un lenguaje encriptado rodeando su soledad de extranjería. Llevaba el pelo cubierto con una turbante tejido de color beige. Se me ocurrió pensar que estaba evocando a la muerte pero quizás eso lo estaba haciendo yo con mi pensamiento. Pasé y ella quedó enmarcada allí, en el punto del anonimato.

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Los pájaros dibujaron una oración en el cielo. «¿Adónde van los muertos, los baleados, los asesinados?.. me pregunté. Tiene que haber un mensaje, una respuesta. Quizás algún día tengamos el valor de escucharla. Quizás ese día empecemos a romper esta esclavitud de muerte, este vacío de humanidad.

Este artículo fue apoyado en su totalidad, o en parte, por fondos proporcionados por el Estado de California y administrados por la Biblioteca del Estado de California.

Perfil del autor

Adriana es educadora en el Distrito de San Carlos, California.Tiene una licenciatura en Comunicación Social de la Facultad de Ciencias Políticas, de la Universidad Nacional de Rosario. Madre de Dante, un joven autista de 23 años, Adriana disfruta en escribir crónicas diarias, que ella ha titulado "Fotos con palabras". Sus textos pueden verse en Facebook. También ha publicado en las revistas Urbanave y en Brando, del Diario Nación y Página 12 Rosario.

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