martes, diciembre 1, 2020
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    Levantamiento popular y un grito desesperado

    Siguen las protestas en Mineápolis, Los Ángeles, Nueva York, Washington, DC, Salt Lake City, sin que se pueda contener la angustia y la furia de quienes protestan el simbolismo de una rodilla blanca en la garganta de un afroamericano agonizante.

    Un simbolismo que, más allá del oficial de policía Derek Chauvin asesinando a George Floyd por un billete falso y un paquete de cigarrillos, se alimenta en más de 300 años de opresión de una comunidad que fue violentamente arrancada de Gambia, Senegal, Mali, Angola y esclavizada por los abuelos de los abuelos de esta nación.

    Una historia de racismo

    No cabe duda que se dieron pasos adelante en ese interminable camino de la historia que busca expandir derechos civiles. Hubo una Guerra Civil con más de medio millón de muertos inmortalizados en batallas como Gettysburg y Antietam y un Movimiento de Derechos Civiles con su huella desobediente estampada en lugares como Selma y Birmingham. Pero el racismo y la discriminación continúan asfixiando a la comunidad afroamericana estadounidense.

    Un racismo institucional que limita oportunidades en la escuela, en el mercado laboral, en la política, y que genera desigualdades retroactivas que resultan en una alta deserción escolar, desempleo, segregación residencial, una población carcelaria desproporcionada y la indignidad de los insultos directos y solapados a la que son sometidos diariamente jóvenes y adultos, hombres y mujeres, simplemente por el color de su piel.

    ¿Un orden natural o decisiones políticas?

    Sin embargo, todavía hay racistas y conservadores que insisten en un discurso de odio en el que argumentan que las diferencias se derivan de un orden natural. Se niegan a aceptar que ese orden natural no es tan natural, sino que es producto de decisiones tomadas a lo largo de la historia por hombres de carne y hueso con poder económico y político y no por una entidad divina.

    Fueron hombres de carne y hueso, después de todo, quienes crearon leyes que institucionalizaron la esclavitud en un sistema agrario en el que el trabajo manual gratis era un factor fundamental en la ecuación de rentabilidad económica. Y fueron también hombres de carne y hueso quienes en los albores de la Revolución Industrial estadounidense eliminaron la esclavitud a mediados del siglo XIX para ampliar las posibilidades del nuevo modelo económico que surgía. Y son hombres de carne y hueso, con su poder económico, con su poder político, con control de una ideología hegemónica, quienes hoy mantienen un status quo inaceptable.

    Entender la desesperación

    Por eso se puede entender el nervio emocional en la garganta y en el grito de ese joven desesperado en Mineápolis, en Nueva York, en los Ángeles. Se puede entender cuando marchan, cuando gritan, cuando levantan sus rústicos carteles de cartón, cuando enarbolan sus banderas; se puede entender, aunque no se justifique, cuando se desbordan.

    Lo que no se puede entender es el silencio, la apatía, la condena robotizada de sectores de la ciudadanía que están empachados de una unidimensionalidad estupidificante que no les permite ningún tipo de análisis crítico y que, por supuesto, tampoco les permite entender la complejidad social, económica, política e histórica detrás de esa rabia contenida que de pronto estalla en las manifestaciones.

    Trump y los anarquistas

    Nuestro presidente y muchos de otros líderes, incluyendo progresistas, después de lamentarse por la muerte de Floyd, pasaron a repetir la vieja línea tomada prestada del manual del macartismo de que en realidad los excesos en las manifestaciones estaban organizados por elementos foráneos, “grupos de izquierda”, “antiFada” y “anarquistas” que habían infiltrado y corroído la pureza de los auténticos manifestantes.

    Tras deslegitimizar a los movimientos sociales en un “doublespeak” orwelliano, el siguiente paso de Donald Trump fue enviar un mensaje claro sobre la omnipotencia del Estado con el ofrecimiento de mandar a unidades del ejército, más específicamente a la policía militar, para ayudar a contener a los manifestantes.

    Algunos gobernadores y alcaldes, desbordados por los acontecimientos o tal vez para evitar la intervención federal, impusieron toques de queda, declararon el estado de emergencia y ordenaron a que la Guardia Nacional intervenga. O sea que dejaron de lado la opción política, en busca de una solución policial.

    Consecuencias

    Cuando el humo se disuelva en Mineápolis, cuando los soldados de la Guardia Nacional vuelvan a sus cuarteles, ¿cuál será la consecuencia de este levantamiento popular? ¿Surgirá la voluntad política para atender las demandas más apremiantes de la comunidad afroamericana y de las minorías en general? ¿Será que nada cambia? O como dice la letra de lo que alguna vez cantaba Mercedes Sosa: “…lo que cambió ayer / tendrá que cambiar mañana…”

    Martín Ocampo
    Martín Ocampo
    Escritor y periodista de Paysandú, Uruguay, quien actualmente reside en Nueva York, EE.UU., en donde ha trabajado en diversos medios. Su corazón es charrúa y su pluma es latina.

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