La migrante que les sostuvo la mirada
De pequeña aprendí a entrelazar palabras, primero en la imaginación y luego en papel. Descubrí cómo hilar historias de mi pueblo mágico, mis ancestros y los movimientos más alocados del lado derecho de mi cerebro. Y así, con el hipotálamo exaltado y mis dedos rápidos, le doy sentido al mundo. De vez en cuando, esas letras salen de mis labios con pasión y, a veces, con un acento marcado; y, si tengo suerte, hacen que lluevan sueños e inspiración. Si la vida me sonríe, provoco una tormenta, como en Colorado.
Un poco nerviosa y con las manos temblorosas de tanto café subí al escenario de la Cumbre de Periodismo Local, de la Asociación de Prensa de Colorado. Yo, una foránea, sería la oradora principal de su evento anual, en el que casi nadie se veía como yo. ¿Qué les podría decir yo que les sacudiera el corazón, la pluma y la curiosidad?
Cerré los ojos, respiré profundo y dejé que fuera esa niña pueblerina de ojos grandes e ideas enmarañadas la que se apoderara del podio. Así, cruda, risueña y ahora curtida, fui contando mi historia, una que se diluye entre millones.
Hay algo intimidante en eso de desnudar recuerdos al aire libre; es como dejar que otros recorran tu infancia con los suyos. Contar tu historia migrante en territorio blanco es como alzar una bandera y rezar por la paz, y confieso que sí, que da miedo.
Mientras mis palabras impregnaban la ceremonia, en la pantalla había flashazos de mi desierto, mis fronteras, mis reportajes, mi gente y mi vida entre dos patrias. Así todo cobraba vida en imaginaciones ajenas que, sin darse cuenta, se habían alimentado de narrativas chatarras. Lo vi en sus rostros en los que por momentos se desaparecían sonrisas y en otros se les llenaban los ojos de agua. Nunca habían vivido la migración así, tan contradictoriamente bella y cruel.
En ese espacio en el que los periodistas latinos no llenaban ni una palma de la mano, recorrimos la aridez de la incomodidad que provoca el privilegio. Forzamos a los otros a vernos. Nos arrancamos el velo de la invisibilidad y nos vestimos de orgullo. Estos somos y aquí estamos: Te (me) veo, te (me) honro, te (me) reconozco.
Y empezaron a llover conciencias. Esos que jamás habían escuchado del duelo migrante lo reconocieron en voz alta: tiene nombre y apellido, como el mío. Y los que no querían ponerle rostro a la resiliencia femenina, no tuvieron más que arrodillarse ante la fuerza imparable que nos da despojarnos del miedo de tener nada y así romperlo todo. Así: morena, con labios rojos y aretes étnicos, también se ve el éxito.
Por primera vez en mucho tiempo, yo no fui la que se incomodó. Tampoco juzgué a los otros por moverse en las sillas como un mecanismo de defensa a eso que nos molesta saber, porque ya no lo podremos dejar de ver.
Fui esa periodista migrante que sin desafío ni culpa, sin apuntar dedos o encoger hombros, les sostuvo la mirada.



