Los puntos finales
"Tengo la mecha corta de su carácter y su ánimo festivo, tengo su sangre y su herencia, algunas de sus facciones y modos, y confieso que conservo sus recetas. Pero nada lo valió todo; nada fue, en la turbulencia, suficiente..."
Los puntos suspensivos me gustan, quizá demasiado. Es como si pudiera ponerle un “ahorita”, un “espérame tantito” o un toque de suspenso a la vida. Es dejar una idea colgando y tener chance de sopesar si la salvamos o la sentenciamos a muerte. Ahora que lo pienso, tal vez es que me cuesta mucho pensar en lo definitivo, en lo que se acaba, en el temido punto final.
Mi abuela murió hoy. No hay final más definitivo que ese. Su partida me sacudió como ese portazo seco en un libro que había dejado abierto, empolvándose con los recuerdos. Pienso en las muchas páginas de mi vida que escribimos juntas y me aferro a aquella en la que se arrancó el cariño. Todas las que le siguieron se fueron en blanco, como si el calendario quisiera recordarnos esos funerales en vida que nos hicimos en silencio.
No hay nada más jodido que morirse en vida, que haber llevado un luto forzado con dedos señalando en gritos y solidaridades en silencio, solo para repetirse cuando se entregan unas cenizas en la misa, cuando ya se enfrió el cuerpo. Pero la verdad es que ya estaba frío todo. Es complicado re-sentir lo resentido. Es intentar desangrar una herida en la que ya nada pasa, porque la cicatriz ya se curtió con el tiempo.
Me doy cuenta de que, de todo el amor que un día nos tuvimos, no me queda más que la nostalgia. Cruda, sí. Incómoda, también. Hay duelos que no se viven dos veces. Esto es lo más real y es lo que nos debemos. Fue un capítulo complicado y doloroso, profundo, eterno… pero fue. Hoy ella es libre y yo también, porque nunca nos soltamos en vida, pero nos enredamos hasta sofocarnos.
De ella tengo muchos recuerdos que han rondado la cabeza esta mañana desde que recibí la llamada. Ella también me crio. Hay mucho de ella en mí. Tengo la mecha corta de su carácter y su ánimo festivo, tengo su sangre y su herencia, algunas de sus facciones y modos, y confieso que conservo sus recetas. Pero nada lo valió todo; nada fue, en la turbulencia, suficiente.
Quizá por eso, cuando sé que ahora en realidad ya no está, siento la urgencia de escribir lo que siento, como lo hacía antes, cuando sus hombros me impulsaban y sus manos me curaban; cuando me quería, cuando éramos cómplices y aún nada nos dividía.
Pero esas flores ya se las llevé yo a un panteón imaginario hace 15 años, cuando en la lápida estaba mi nombre, cuando fui protagonista de un funeral adelantado. Había amor, sí, pero el amor también asfixia y duele; al cariño lo sofocan los silencios, que no fueron pocos, y los muchos otros secretos.
Así que ahora ya somos libres ambas. Quizá allá, en la otra vida, volvamos a empezar en la misma página que aquellos terceros nos forzaron a arrancar.



