Ciudadanos de segunda clase
La jueza Sonia Sotomayor, de la Corte Suprema de Estados Unidos, bien explicó que la reciente resolución del Tribunal que permite continuar con los operativos y detenciones migratorias basadas en la raza, idioma o ubicación, podría convertirnos a muchos -incluso estadounidenses de nacimiento- en ciudadanos de segunda clase
Por muchos años justifiqué mi acento y traté de camuflarlo. Soy norteña, hablo golpeado y cada vez que voy a mi tierra mi esposo bromea que me sale la tonadita de pueblerina. En inglés es aún peor. Se me traba la lengua con el “th” y aunque intento suavizar la pronunciación, nunca sonaré como nativa. Así que después de casi 20 años en Estados Unidos, no me ha quedado más que hacer las paces con ese tono marcado que nos da la vida a los que aprendimos otro idioma ya de grandes.
Creo que alguna vez me avergoncé de mi inglés “mocho”, porque durante la SB1070 tuve que aprender a pronunciar términos legales que me parecían tan antinaturales en el idioma o la humanidad. Después lo vi como mi super poder y hasta creé el eslogan de “con acento y con talento”. Bromeé con el orgullo hispano que representa para todas las latinas la colombiana Sofía Vergara, quien aprendió a facturar en un idioma que a veces pareciera un trabalenguas.
Pero hoy, ese mismo orgullo de hablar dos idiomas podría convertirme a mí y a otros millones de personas en ciudadanos de segunda clase. La jueza Sonia Sotomayor, de la Corte Suprema de Estados Unidos, bien explicó en un disenso que la más reciente resolución del Tribunal que permite continuar con los operativos y detenciones migratorias basadas en la raza, idioma o ubicación, podría convertirnos a muchos -incluso estadounidenses de nacimiento- en ciudadanos de segunda clase.
No son pocos los estadounidenses que han sido detenidos brevemente por un “error administrativo” que en realidad es una forma elegante -e incorrecta- de disfrazar el perfil racial. Hablar español no es un delito, pero ahora sí una causa legal probable para cuestionar un estado migratorio. El acento podría delatar no tanto al interlocutor, sino los valores de una patria que primero juzga y después averigua.
Vivimos en un país en el que se señala y condena la diversidad. Con este fallo, el gobierno puede detener a cualquiera que se vea latino, que sea moreno, que hable español, que viva en una zona poco privilegiada, que trabaje con las manos y se le note la pobreza… porque eso es todo lo que nos molesta: el migrante pobre, independientemente de su acta de nacimiento y pasaporte.
Pero seguir hablando en mi lengua, con mi acento, con los modismos que vengo cargando y el spanglish que he adoptado es mi acto de resistencia. Escribirte en este idioma es también una desafiante muestra de amor. Cruzar fronteras a pie y en letras es mi afrenta a un sistema que intenta borrarnos de una tierra que fue primero nuestra y que sigue siendo – con mis dos pasaportes- mía.
Ser quien soy, de dónde vengo, con los dialectos de mis ancestros y los diccionarios de mis patrias entrelazados, quizá me pone un blanco en la espalda; pero tengo la frente en alto, con los nopales y los saguaros que florecen en donde nadie apostaría hacerlo. Podrán intentar cortar las flores, pero jamás lograrán arrancar nuestras raíces. Nuestro acento es memoria. Nuestra lengua, resistencia.



