El anticomunismo postsoviético en México

El anticomunismo no sólo ha sido componente esencial del pensamiento de las derechas en el mundo tras la revolución francesa, sino actor político central en los siglos XIX y XX. Ahi  destacan dos episodios: la Revolución Rusa de 1917 y, posteriormente, la Guerra Fría global, periodo cuya complejidad se mantiene en estudio. Despunta en ella como rasgo primordial la “contención del expansionismo comunista” y la tesis de que el comunismo, más que doctrina, era fachada de una “amenaza externa” geopolítica de origen soviético.

Esa forma de construir antagonismos por parte del anticomunismo no se inventó en la Guerra Fría: tuvo raíz en la vena religiosa de ciertas derechas decimonónicas anglosajonas (obsesionadas con eternas “conspiraciones” mundiales) y se consolidó en un hecho histórico: la coincidencia de la Revolución Rusa con la recta final de la Primera Guerra Mundial.

Los acuerdos entre bolcheviques y alemanes en ese marco suscitaron en el imaginario conservador la idea de que nacía un socialismo “necesariamente” imperialista, no sólo por el tono internacionalista del marxismo, sino porque imitaría el expansionismo prusiano.

La Guerra Fría acentuó ese imaginario anticomunista contra una “amenaza externa” a su máxima expresión. Más allá de la injerencia de la URSS fuera de sus fronteras, el problema radicó en que en ciertos contextos esa alerta (consumada, menos o más, por la política exterior estadunidense como por otros actores) fungió menos como crítica legítima al comunismo y más como coartada –sin mucho sustento– para deslegitimar izquierdas locales y ejercer actos antidemocráticos. Fue el caso de América Latina, donde a partir de 1954, con el derrocamiento de Árbenz en Guatemala, y hasta 1989, sobrevino una ola golpista que devino en dictaduras cruentas –Castillo A., Stroessner, Pinochet…–  “justificadas” por el anticomunismo.

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La “amenaza externa” como pretexto anticomunista fue constante en la región, dominada por dictaduras (sobre todo tras 1959), con pocas excepciones, donde sobresale el caso mexicano.

Durante la Guerra Fría en México no hubo golpe de Estado anticomunista y el anticomunismo –dada la retórica “revolucionaria” del régimen– fue excepcional: menos abierto que en el resto de la región; más social que gubernamental, aunque con episodios oficiales aún dolientes, como 1968 o la Guerra Sucia.

Empero, donde el anticomunismo mexicano no fue de excepción fue en usar la coartada de “amenaza externa” para lacerar adversarios. El antagonismo contra las izquierdas mexicanas, como en el resto de América, también incluyó la acusación de estar supeditadas a una fuerza externa para deslegitimarlas,

El fin de la URSS, supuesto epicentro de esa “amenaza”, no terminó con esa vía instrumental – no democrática– de descreditar izquierdas en América Latina. La campaña electoral del PAN en México de 2006 tuvo como eje rector la propaganda ilegal contra su adversario de izquierdas: López Obrador. El ataque se centró en acusarlo de “populista”, y también de ser beneficiario de intromisión de recursos –ideológicos, monetarios y bélicos– del entonces presidente venezolano, Hugo Chávez.

Ese discurso del PAN se agravó por estar sustentado en un conflicto diplomático iniciado por Vicente Fox contra Venezuela –quebrando la tradición conciliadora de las relaciones exteriores mexicanas– en la Cumbre de Mar del Plata, en 2005, al defender la agenda de George W. Bush sobre el ALCA.

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Valida de ese antecedente –y en consonancia antipopulista con la Doctrina Bush de 2002–  la derecha en el poder en México reprodujo en 2006 la usanza anticomunista de vincular a las izquierdas a una “amenaza externa”. Cuestión que hizo sin pruebas: la comisión legislativa que indagó la “intromisión” no halló nada, y el IFE declaró en mayo de 2008 que nunca hubo tal injerencia denunciada por el PAN.

Pero el daño electoral ya estaba hecho y fue punto de inflexión: a partir de entonces, desde las derechas latinas fue constante acusar rivales de ser “favorecidos” por Venezuela. En 2007, un año después de la campaña foxista, la fórmula se repitió en Ecuador, Perú y  Colombia. Hoy, lustros después, las derechas recurren al “fantasma Venezuela” –como antes al fantasma soviético– para construir, demagógicamente, sus disensos.

Independientemente de la situación en Venezuela, el uso panfletario de la política exterior para armar rivales en el interior tuvo parteaguas en esa campaña del PAN y la imprudente diplomacia foxista. Esta reprodujo atavismos antidemocráticos de la Guerra Fría y abandonó la tradición conciliadora mexicana. Hoy, la administración de López Obrador y las autoridades noruegas son mediadores de un diálogo entre el gobierno y oposición venezolanos. Es buena noticia que la diplomacia mexicana adopte ese gesto moderador y desplace la rijosidad del anticomunismo postsoviético, trasnochado, de la derecha panista en el poder.

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Héctor Alejandro Quintanar es académico de la universidad de Hradec Králové, República Checa. Autor del libro Las raíces del Movimiento Regeneración Nacional.

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