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El muerto que camina, un cuento de José Manuel Rodríguez Walteros

Ojalá que el ayer fuera insondable como esa mujer que despacio, como elefante de nubes, se aleja de mi vida, pero Valkiría no es tan solo el ayer, ni es mi amigo el paulistano que murió en propia mano.

Para qué demonios buscar la libertad si uno es un esclavo atado con grilletes y cadenas a tantas cosas.

Antes la vida plena era voltear la carne en el asador que se quema, que le das la vuelta, que me pasas una nueva cerveza, y no me importaba la mirada reprobatoria de Valkiría, mi compañera, que me gritaba en silencio eres un muerto que camina.

Procuré siempre evitar una confrontación  escondiéndome tras la tristeza de saberme lejos de tantas calles y personas que ya no estarán nunca.

Somos los extranjeros unos sobrevivientes de la guerra y del hambre y generalmente venimos de un lugar que se derrumba como un castillo de naipes.

Provenientes de todos los lugares tenemos en común la mirada atrás por encima del hombro, la soledad, la tibia culpa de estar lejos y vivos, y no jodidos y muertos como los familiares que se quedaron por la falta de unos papeles o por un patriotismo que no se vende, que no acepta dormitar bajo otra bandera, casos se han dado, ─así se me replete la panza de telarañas, primero muerto que extranjero─, dicen los patriotas allá abajo en los países subdesarrollados y caóticos.

Mi amigo venía de un barrio de mala muerte llamado Tatuapé, en la zona este de Sao Paulo en el Brasil. ─Zona de violencia─, decía mi amigo frente a un fuego que nos calentaba en la Bold Mountain en las vacaciones de un invierno californiano.

Estábamos rodeados de enormes árboles muertos e incinerados. Caía la nieve a lo lejos sobre las montañas de los osos, y abajo nuestro una pareja de gringos recorría las estrellas con un telescopio típico, “compra de navidad señor, señora, cuarenta y nueve dólares con noventa y nueve centavos, y sea dueño de Marte, de Venus, sea dueño del universo por cincuenta dólares más impuestos”. El par de gringos estaba embelesado con el lejano e infinito horizonte, manto de estrellas, omeyocan, como le llamaban los antiguos. Yo estaba recién involucrado amorosamente con Marly, la esposa de mi amigo, el que se reventó la cabeza de un balazo, y aún tenía entre mis dedos la esencia de su piel y de sus cabellos sedosos y rubios. Cada dos por tres la rememoraba, con los ojos entrecerrados en la ducha, sobre mí, brillando como un cristal roto en lo alto de la montaña donde nieva, con los árboles muertos, en el omeyocan. Marly estaba atada a mi corazón de hombre tirado al abismo que acecha a todos los extranjeros. Mi amigo ni en cuenta de todo lo que pasaba a su alrededor, solo hablaba de fútbol, -futebol decía él-, entremezclando portugués, español, inglés y algo de griego. ─Las puteadas nada más en griego, igual que el patrón en el restaurante he aprendido a maldecir en su idioma─, me dijo mi amigo el de Tatuapé, el del portunhol.

Hoy me acuerdo de esa noche por dos razones, una porque mi amigo se disparó en el rostro y yo lo culpo de mi soledad, de mi amargura, de mi imperturbable voluntad de continuar vivo en un lugar donde no nos quieren a los extranjeros, y la segunda porque sentado en este sillón con los ojos de mi mente he vuelto a la Bold Mountain, al susurro de Marly diciéndome: ─hola gato, gatinho, meu amor─. Deslizante me hablaba así la Marly amándome en el fuego a tan solo dos pasos del dormitar de Valkiría y del sosiego de mi amigo Zé Roberto, que así se llamaba sobre la tierra que hoy lo cubre.

Zé Roberto, despacio, se dejó ir esa noche en la nostalgia, ─saudade de mi terra─, decía, me hablaba de las meninas, del sabor jamás vuelto a probar de una rica caipirinha, y me decía un sin fin de frases que para mí eran tarjetas postales paulistanas, pero para él eran un olor, un eco, un aroma, la voz de su madre asomada a la ventana gritando Zé Roberto, y el sudor después de una eterna tarde de perseguir el balón en la cancha del barrio.

Cada uno en su propio laberinto, compartimos el cielo que desde ese día le pertenece al par de gringos del telescopio, yo los escuché, él le regaló a ella una estrella fugaz y ella a su vez le regaló a él la figura imponente del planeta rojo.

Zé Roberto vivía en el apartamento de al lado con sus dos niños y con su esposa Marly. Ella era del sureste, me explicó él, de Curitiba, ─zona de mujeres blancas y hermosas─, me dijo, me la presentó hace mucho tiempo, y yo la saludé, qué ganas de besar esa mano, ese codo, esa fantasía que muchos años atrás había despertado la Sonia Braga en mí.

Alguien me tiene que explicar a dónde diantre van los sueños incumplidos, los muertos que nadie llora, los rezos que no regresan fructificados en peces y en pan.

El todo es que Marly me sonrío, caderas, muslos, labios tentadores, y en su esencia, a lo lejos, vislumbré el Cristo redentor en el sillón, el mar de fuego, y también me llené con la sonrisa bonachona de Zé Roberto abriéndome su corazón después de unos chorros de licor.

Valkiría estaba en nuestro departamento tejiendo y destejiendo los sueños como hacían antaño las mujeres del mundo.

Valkiría venia del sur del continente y tenía las piernas y la espalda surcada de cicatrices de la guerra sucia. Nadie ignora la costumbre colombiana de adentrarse hasta el fondo en los infiernos ajenos. Estamos marcados por la muerte que nos llama y nos posee y nos regresa y nos vuelve a llamar. Valkiría era rosarina y había pasado por el infierno de la represión. Ostentaba discreta la medalla de ser una mujer que sabe de la perversión que nos habita en el submundo, iba a escribir en el inconsciente, pero no, la inconsciencia es un estado que se nos es vedado a los extranjeros.

La noche que conocí a Marly estábamos recién mudados al apartamento. Veníamos de una crisis económica apenas subsidiada por la diligencia femenina y muda de Valkiría para conseguir dinero donde yo no vi más que motivos para desear mi muerte entre los tormentos más atroces. Dos por tres estrellaba botellas contra la pared, me rasgaba las venas, me rompía la frente contra la pared desde la oscuridad del sillón. Allí permanecía sentado horas y horas con la mente en blanco. A veces venía madre desdibujada a decirme ya he muerto, ─hace siete años rodé por la escalera y me morí─, decía, o venía mi hermano o la vecina, o a veces todos en conjunto venían a visitarme. ─Como a todos, la guerra nos mató─, me decían en voz baja y se quedaban allí paraditos contemplándome. Valkiría en la noche venía al sillón, se desnudaba sobre mí y yo allí, piel de los Andes, omeyocan, me dejaba abrazar, y ella, desde el lugar donde cae la nieve, me repetía el nombre, ─Tatuapé, -decía, es un barrio bravo de Sao Paulo─, y yo no le hacía caso a nadie, bajo la luna que tenía dueño me empeñaba en invocar la sensualidad brasilera de mi nueva vecina.

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Me gustó mucho su nombre, Marly, ese debe ser el nombre de la estrella fugaz que nunca he visto, que he mentido que sí he visto en más de una ocasión, pero no, a mí nunca me ha pasado nada espectacular.

Valkiría se sentaba a mi lado. Todas las preguntas del mundo me las hacía en silencio. ─ ¿Quién te rompió por dentro colombiano?─, preguntaba ella, la más rota, la más despreciada, la más desaparecida de los libros de la vida, y yo no le decía nada, en el sillón, frente a la pared desnuda, y con mis manos engarrotadas y frías, me quedaba callado.

La misma lluvia que siempre me acompañó, desde que contemplé el primer cielo de Bogotá, anegaba las calles de Los Ángeles cuando la Valkiría se me apareció para siempre, porque la gente llega y ya nunca se va, se queda en el rencor o en el olvido, en la nostalgia inútil de lo que pudo ser, en fin, en el balance que uno es, que lo representa, que le da peso y honra en el universo de los vivos.

Debo ser justo con Valkiría, ella era desenfadada, no era simplemente un espejo que reflejaba mi rabia. Valkiría era muchas personas a la vez y era ella misma, tiesa, dura de carnes, flaca hasta el cansancio y al mismo tiempo cálida, pero con esa calidez de las mujeres fatalistas, como que fue hecha para dar calor como una madre y yo, excusa recurrente y colombiana, fuera un pequeño niño que sueña regresar a la placidez del vientre de donde nunca debimos haber salido.

Valkiría sabía de mis ojos que prendían fuego en las ciudades, de mi resentimiento contra los susurros que reparten estrellas, para él Venus, para ella la Luna, desde un telescopio que hubiera podido ser mío sin esta pobreza, sin este descontar las monedas para dar un paso sin que se afecte el otro. Cuarenta y nueve dólares y noventa y nueve centavos y sería el dueño del universo, el elegido para ser el mejor hombre de la tierra, el dios que se bajó del mármol y caminó a sus anchas entre hormigas, excrementos, sudores, resoplares, y una que otra axila asesina.

Valkiría a veces se hartaba de mí. En la noche no es usual ese parpadeo gris, ese rastrillar el cuchillo mirándote a los ojos, pero lo más terrible era su desnudar sin alma, ese gesto que yo descubrí algunas veces en la mesa, recostada en sus codos, abierta para mí, en cuatro sobre el desierto de la cama, mientras yo miraba la pared, mientras yo le daba fuego a los lejanísimos edificios del centro.

Antes de conocerla tenía un plan: me iba a suicidar el día de mi cumpleaños número veintiuno. Nada ritual, nada estrambótico, un simple pelagatos que se abre las venas y se revienta la cabeza contra el planeta hostil, ese iba a ser yo. Mis razones eran varias y ociosas, aunque en el fondo qué mejor razón para morir tenía que ser un muerto en vida como yo. Nací, crecí, me formé entre los muertos que caminan.

Una vez más mis decisiones de gelatina no se cumplieron y siempre por culpa de un par de piernas que se abrieron como columnas monumentales para darme la vida.

Estoy ligado al vientre, tengo un cordón que me ata a la vagina universal de la primera madre que es todas las madres, que es todas las mujeres de la tierra.

Iba yo como un cuervo mojado por la avenida un par de días antes de mi muerte. Derecho a la parada del autobús fui a dar fuera de control, -¿dónde estoy?-, las preguntas habituales de un condenado a muerte me las hice todas, así que en ese instante estaba decidiendo si el bisturí o un puño de pastillas sería mejor para cumplir mi último deseo, cuando de pronto allí, junto a la imagen fotográfica del enorme cartel, estaba ella. Impredecible y oportuno el viento en su cabello, la rosa roja, las cuatro en punto de la tarde y sus zapatos negros, falda roja, blusa negra, y yo me paré a su lado esperando por un autobús que nunca iba a pasar.

─ ¿Adónde vas?─, me preguntó ya sabiendo la respuesta.

─A ninguna parte, -debí decirle- rumbo a mi cuerpo podrido y comido por los buitres─, pero no dije nada, muy colombiano me imaginé un agasajo caído del cielo, quizá si tengo suerte una entrega rápida y sin compromisos en donde sea, qué tal atrás del bote de basura, aquí en la silla, en el coche, en un hotel de lujo si tuviera cuarenta y nueve dólares con noventa y nueve centavos, pero mejor entonces con ese dinero me compró un telescopio y me adueño del infinito.

─Voy para el Stonewood Mall de la Lakewood Ave─, mentí sin convicción.

La convicción en la mentira ya no es necesaria cuando uno la hace forma de vida.

─No te creo─, me dijo, profunda me desnudó hasta el alma y me hizo suyo.

Hablaba el español así como lo hablan los argentinos, cantadito y con subidas y bajadas de tono.

─ ¿Argentina?─, pregunté atolondradamente y me reí, encantador de serpientes, y a modo de explicación aún más absurda le dije que yo era colombiano.

─A quién le importa de dónde venimos, -me dijo- somos muchos con ganas de gritar nuestra historia y nadie la quiere escuchar, solo nos queda hacer una llamada telefónica a la tierra del olvido y gritar nuestra soledad a todos los nuestros que se quedaron lejos─, me dijo, lentamente me dejó descifrar sus palabras, que eran las mismas que yo me repetía a cada instante.

─Eres parte del río que me forma, -le dije- agua entre mi agua, arena entre mi arena─, y Valkiría, que así se llama, dejó que yo hablara sin interrumpirme.

─Muerto que camina─, me dijo, me tomó entre sus manos y me acompañó por los caminos del Gólgota hasta mi primer lecho.

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Era maravilloso oler su piel, aspirar sus efluvios de volcán, de tierra mojada, madrugada remota.

Fui recién nacido, y no es poesía, en su cuerpo. Lejos sonaba una canción de muerte, para variar, y yo abrí los ojos y la apreté, la besé con fuerza, ─estoy muerto, -canté- mi tiempo ya está consumido─.

Valkiría se dejó nacer por mí una y otra vez. La ventana y la pared y su apartamento relucían de limpieza. ─Pequeño niño─, cantó, pero no para mí, cantó para todos los niños que la América mató en la primera infancia, mató antes de crecer.

─ ¿Pequeño niño, cómo explicarte que el hombre es la rata?, ¿cómo no llorar junto a ti lo que tengo dentro?─, y me abrazó la Valkiría.

Llovía como siempre, aún en el verano más ardiente llovía sobre mis pasos.

─Cuando los pequeños niños lloran, entonces se apagan y se venden las estrellas fugaces como prostitutas─, me decía inteligible la Valkiría.

Así es como ella entró a mi vida, ─pequeño niño─, me decía, y me celebró el día con un pastel de cumpleaños y me dio un lugar en el sillón frente a la pared desnuda para que yo incendiara las ciudades del mundo.

─Pequeño niño─, decía en la noche regresando frugal y frágil del trabajo.

Yo la abrazaba siempre fuerte, quería meterme por su boca hasta el vientre y quedarme allí, y ella lo sabía.

─Eres un muerto que camina─, me decía cada instante.

─Pequeño niño, nadie camina sobre la tierra, nadie camina sobre la Colombia que está muerta y lejana─, y me decía Valkiría que cuando los pequeños lloran las estrellas se apagan y se venden como prostitutas, cuarenta y nueve dólares las estrellas vendidas, las que eran propiedad de los gringos del telescopio, las de Tatuapé, el barrio bajo de Sao Paulo, las estrellas prostitutas que se enroscan sobre el cuerpo muerto del paulistano que se pudre solito lejos, muy lejos, en el lugar donde la Colombia pervive repletita de niños pequeños que lloran, de estrellas apagadas y feriadas como prostitutas al mejor postor, cuarenta y nueve, o si tienes suerte y ya es una caja abierta a veintisiete dólares el telescopio, gangas se han visto y doy fe de ello.

Nada perdonaba Valkiría, ella venía de los lugares donde la humanidad ni en sueños.

Todo lo había padecido.

─Yo no doy ni pido perdón, no soy amor ni odio─, decía a mi oído. ─Pequeño niño─, y se sonreía con esa sonrisa de boca abierta, de pecho donde cabemos todos, los vecinos, los asesinos, los enviados de la muerte, todos cabemos en ese pecho pequeñito y dulce.

Ella me convenció, tarea fácil por demás, de no abrirme las venas y de darle una nueva oportunidad al porvenir. Convertidos en tortolitos otoñales nos buscamos un apartamento en un lugar bonito para que el ritual del ir haciendo raíces y no ser una hoja al viento se cumpliera al dedillo. A mí me gustaba ese alucinante juego de enamorarla. Según sus propias palabras, Valkiría nunca me iba a dejar, ─seré tu guía, tu mano, tu faro, seré todas las promesas que han hecho las mujeres del mundo cuando se sienten enamoradas hasta el fondo─.

Para nadie es un secreto que esas dos o tres fantasías eróticas que las mujeres nos dejan realizar en ellas, más temprano que tarde el hombre enamorado las tendrá que pagar con interés de usurero.

Debo advertir que Valkiría era diferente a todas las mujeres que he encontrado en mi vida. Ella era de pocas palabras y de muchos hechos. Raras veces hablaba de su pasado o de su país, en ocasiones cantaba unas nanas en una especie de dialecto del sur de la Toscana, y esporádicamente se soltaba un chiste. En sí ella era una ventana por la que podía asomarse lo mejor de ti al mundo.

Zé Roberto era un amante del futebol y especialmente del Corintias, el vermelho e preto, el cuadro paulista, y siempre lo rememoraré feliz y platicador allí en una fogata de la Bold Mountain entre un bosque incendiado y poblado de esqueletos de árboles.

Zé Roberto una tarde vino a nuestro nuevo departamento y nos saludó. ─Entre tanto blanco, negro, armenio, siempre es agradable encontrar un hermano─, me dijo, me explicó su portunhol debido a una chilena que en el pasado ya tú sabes, pero yo no sabía, y es que él había vivido con una chilena más de cuatro años entre Santiago y Sao Paulo, entre el barrio La Legua Vieja y su Tatuapé de mala muerte donde él soñaba una casa, ─con patio, árbol, el perro, y ahora con Marly y los niños─, decía.

─Ella quiere quedarse aquí en California o quiere irse a Curitiba, pero yo no─, me decía, me hablaba de las horas al lado de la orquídea, de la flor, de la esmeralda que era Marly.

Zé Roberto se convirtió, por el arte de la confidencia, en mi hermano, mi sombra, mi otro yo, pero como de costumbre yo le expuse un rostro, el más explotado, el agradable, el rostro que se entrega todito, el del sol, el que abraza, el solidario, el rostro que ignora la basura inmemorial que me llena por dentro.

─Las noches son una sola, bella y profunda caricia, desde que Marly está conmigo, -me decía- es un sueño solo interrumpido por mi trabajo, por ciertas fechas en las que tengo que pasar las horas en el restaurante, de resto el paraíso, el laberinto del cuerpo de Marly es un regalo del cielo para mí─, me decía. ─Allí gustoso me pierdo, me dejo devorar, me hago un extranjero nuevamente─, me decía Zé Roberto, y yo, el más desalmado, el muerto que camina, le decía que sí, lo acompañaba en su alegría sin límites y de reojo, al contraluz del sol que se revienta en su propio fuego, observaba las pantorrillas, los tobillos, los muslos gigantes, redondeados, centenares de veces imaginados de Marly.

─Pequeño niño, dónde estás─, me preguntaba Valkiría y yo me quedaba en silencio.

Valkiría, cansada de buscarme sin respuesta, al amanecer, se iba despacio, por el camino despacio se perdía su figura hasta hacerse chiquita de regreso a su cama, niña chiquita en la distancia la Valkiría se iba con su canto triste.

Primero al través de una cortina, luego por la puerta entreabierta, el caso es que Marly se perdió en mi gesto de tristeza enorme, como el mar profundo y negro mi tristeza. Yo estaba en la silla llorando sin ruido, con el llanto verdadero y eterno que es el que no hace aspavientos, cuando Marly pasó frente a mi hogar. Yo sabía que Zé Roberto estaba en su trabajo así que tenía seis horas para mí, el muerto que camina. ─No quiero ser un extranjero, un desenraizado, un sin nombre─, le dije, y Marly se sintió ligada a mí, compañera de las mismas penas, y se sentó a mi lado, junto a mí, y los dos abrazados lloramos ese llanto profundo que los extranjeros lloran de vez en cuando, llanto que habla de tardes lejanas, de ancianas de cabellos blancos, de bicicletas y caminos de piedra, de gritos en el pasado, de otro mundo más feliz por incierto, por ser un sueño que uno se reinventa cada anochecer y que igual se hace trizas con el romper del alba.

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Sollozando le pedí a Marly complicidad, que nadie sepa que hemos compartido la pena del extranjero, y ella me dijo que no, ─que nadie sepa que soy un muerto que camina─, le dije, y palabra a palabra me hice un niño pequeño, ─pequeño niño de mis entrañas─, y Marly se llenó de ternura, de fuego que no quema, como una madre inmensa la Marly me abrazó, dejó que yo, niño pequeño, bebiera de sus pechos sin atreverse a romperme el corazón con una negativa.

Fueron como dos horas de estar allí juntos en uno solo, apretados en un mismo quebranto, y yo, con su piel en mis manos, le di motivo al día hasta que ella se levantó despacio, ─no le digamos a nadie─, me dijo, la red estaba puesta, y yo, el muerto que camina, estaba a mis anchas comprando estrellas fugaces como prostitutas para regalárselas a todos los niños pequeños que la Colombia no ha dejado crecer.

No llegué a Marly por el corazón, ni por el perfume, el dinero, la samba, el sertanejo, ni por nada masculinamente aceptado como una buena presencia física. Debo admitir que ella amaba con locura a Zé Roberto, doy fe de ello, si él estuviera vivo y no se hubiera reventado la cabeza con el revólver, yo podría hacerlo recapacitar diciéndole cuánto ella le quiere. A Marly llegué por el punto más vulnerable que tiene la mujer que es parte de la madre original, de la primigenia, le llegué por el fuego del vientre. Primero me hice su hijo, el más pequeño, el más vulnerable, el que si llora apaga las estrellas fugaces y las prostituye. Entre mimo y mimo me hice proteger, y luego, poco a poco, dentro de ella crecí, di los primeros pasos de su mano, el primer beso, y ella cayó redondita en el juego, despojándose de las ropas cayó en la celada, jadeando orgasmos, pequeño niño, sobre mí cayó, cabalgada cayó en el lugar que nieva y se ofrecen las estrellas al mejor postor.

Lo único que sé es que no eran las cinco en punto de la tarde cuando Valkiría corrió el cortinaje de la carpa y nos sorprendió entrelazados en la penumbra de los árboles muertos, de la montaña estéril, mientras Zé Roberto dormitaba la lejanía en su tienda de campaña.

Valkiría, como siempre derrochando tacto, dejó que yo me bajara del cuerpo monumental de Marly, y sin hablar nos dio la espalda. Lentamente su figura se perdió en la distancia donde nieva, donde los gringos con su telescopio de cuarenta y nueve dólares se repartían el omeyocan. Marly pensaba que Valkiría le hablaría a Zé Roberto, y yo callaba, en silencio me dejé ser un niño pequeño, un muerto que camina, el que prostituye a las estrellas fugaces, y me senté una vez más frente a la pared desnuda. Marly atormentada por la duda, el remordimiento, vaya uno a saber qué formación tendría, qué infierno interior la habitaba, un día agarró valor y le contó al Zé Roberto, el del futebol, el de Tatuapé, al enemigo número uno del Palmeiras y su mancha verde, lo que había pasado entre nosotros no una, dos, incontables atardeceres cuando Zé Roberto en el restaurante practicaba sus maldiciones en griego mientras yo desnudo cabalgaba sobre yegua briosa y Valkiría se iba caminando despacio hacia el trabajo, la espalda despacio.

Zé Roberto vino a nuestro departamento, yo estaba en el sillón como siempre degollando al planeta, y mi amigo el suicida vino y me vio, pequeño niño, pidiendo a gritos muerte en el sillón. Me agarró del cuello y me quiso ahorcar hasta que él, hombre bueno al fin, decidió que no, que cuando lloran los niños pequeños se apagan las estrellas fugaces y se prostituyen para que las parejas, cuarenta y nueve dólares y noventa y nueve centavos, las compren y sean felices propietarios del infinito.

Valkiría, a esa misma hora y en la distancia, se hundía entre el trabajo de los extranjeros sin rostro y sin futuro, y Zé Roberto, lejos del ruido, a solas con su alma, y con todos los muertos del mundo que caminan torciendo por Palmeiras, se preguntaba muchas cosas frente a la pistola que era parte de él, de su mano, y se lo preguntaba sin obtener respuesta.

Nadie oyó el disparo.

Lejos de la grandiosidad teatral de la despedida, solo queda el estruendo aparatoso de la sangre y los jirones de carne, los ojos abiertos, la no poesía de la muerte que no quiere venir y uno la trae a patadas de los cabellos.

Me han dicho unos vecinos que Marly se regresó a su tierra, pero mientras probamos que eso es una verdad o una mentira, yo sigo aquí en el sillón y observo incansable la pared desnuda, espero el regreso de Valkiría para que consuele con su piel, con sus movimientos, mi llanto de niño pequeño, y si es posible detenga con su calor de madre tanto todo y me comparta un hombro solidario donde recostar mi carrera, mi soledad, mi llanto de niño pequeño que no cesa desde el día que la Colombia mató a su primer crío.

Aquí, solitario como todos los colombianos de la tierra, con los ojos de mi mente, prendo fuego en todas las ciudades del mundo mientras que los mercaderes le ponen precio a la estrella más fugaz, más Marly, y llueve, sobre todos los caminos del sueño llueve sin descanso, se anegan los senderos que conducen a mí, al niño que Colombia mató rotundamente, y me hundo con las venas abiertas, senderito de lava roja que me forma, me dejo ir escaleras abajo, y me reúno para la eternidad con todos los muertos que caminan en la ciudad de Long Beach que es sin alma.

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Jose Manuel Rodriguez Walteros
Jose Manuel Rodriguez Walteros
José Manuel Rodríguez Walteros (Bogotá, Colombia) es un escritor que se radicó en California hace más de 20 años. Novela y cuento, a veces poesía, están en sus creaciones que han sido galardonadas aquí y allá. Premio Fernando de la Mora, en el Juan Rulfo, mención especial Casa de las Américas y Letras de Oro, entre otros, dan fe de su quehacer literario. Ha publicado Las Voces del Enigma, novela, No más canciones para los muchachos muertos, Los cantos de la noche son los cantos del East LA y Las historias del Descifrador, en cuento. Pertenece al grupo literario La Luciérnaga de Los Ángeles con el cual lleva añales luchando por darle un lugar de relevancia a la literatura en español hecha en Estados Unidos.

“Los educadores californianos son el corazón de nuestra comunidad. Y la razón por la que la Asociación de Maestros de California sabe que escuelas públicas de calidad son lo que hace una California mejor para todos nosotros”.


“California Educators are the heart of our community. And why the California Teachers Association knows quality public schools make a better California for all of us.”

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