Mar del Plata, un cuento de Florencia Davidzon
Beatriz soñaba con el mar turbio de Mar del Plata, café y espeso. Sus pies se hundían en esa arena de barro lento. En el horizonte vio una pequeña barca. Adentro estaba Claudia, su hermana menor que remaba con calma. Sonreía abocada a su quehacer como si no notara la presencia de ella a la distancia. Beatriz quería subirse, acompañarla, pero su voz no salía de su cuerpo, quedaba atrapada en su garganta, mientras Claudia seguía remando, cada vez más lejos.
Luego al despertar sobresaltada sintió la cachetada del tráfico de Los Ángeles. ese lugar que no era una ciudad sino una dimensión feral. Las bocinas rugían con lamentos de heridos y las luces parpadeaban con desesperación.
Beatriz nunca había llegado a comprender cómo alguien podía vivir allí sin volverse loco. Sentía que ella misma estaba rozando ese límite. Pero su ciudad, Mar del Plata o «la Feliz» como le decían, en el sur del continente americano pero girada al Atlántico, no era mejor. Su mar tenía siempre hambre, sus calles olían a humedad y a una fritura rancia que le provocaba reflujo.
Las cajas de su última mudanza seguían apiladas allí en un rincón, sin abrir. Ningún lugar la contenía en Estados Unidos; todo espacio tenía la marca del desamparo.
En la Argentina, Beatriz trabajaba como fonoaudióloga. Ayudaba a niños con problemas del habla, sobre todo a pronunciar la “erres”. Trataba de corregir esa consonante mal pronunciada, esas palabras que no sonaban ni remotamente al “erre con erre guitarra, ni erre con erre barril, qué rápido ruedan las ruedas del ferrocarril.” A veces lo lograba.
Pero en Los Ángeles, los requisitos para ejercer esa profesión le resultaban inalcanzables. La perfección de las erres, que eran su especialidad, no tenía mucha demanda. Sin título habilitante, y sin estabilidad laboral, saltaba de un trabajo temporal a otro, ofreciendo a veces sesiones aisladas y mal pagadas. Los años, y el entusiasmo por lo nuevo se fue desgastando; así su vida parecía estar atrapada en un limbo dantesco.
Claudia vivía a pocas cuadras, pero Beatriz no la veía desde hacía meses. Mientras Beatriz intentaba mantenerse a flote, Claudia encabezaba festivales de cine, oficiaba de jurado, emitía críticas y daba entrevistas en todos los medios especializados. Su hermana tenía una imagen pública llena de prestigio, y una sonrisa inmensa debajo de sus chinos en las fotos que publicaba con alfombras rojas, cócteles junto al mar, galas; sí, una vida de película.
Tras el desconcierto del extraño sueño de esa barca, Beatriz miró el teléfono y decidió llamarla. No lo pensó demasiado; marcó su número como si algo la empujara a hacerlo. Cuando su hermana contestó, su voz sonaba apurada, rodeada de murmullos distractores y un teclado de fondo.
—Clau, estoy complicada con mi mudanza —dijo Beatriz,— necesito ayuda para el depósito.
Hubo una pausa con un silencio que caía en picada al otro lado de la línea.
—Ay, Bea… Tu vida es tan intensa. Deberías escribirla. Podría ser un gran guión,— atinó a decir su hermana.
Beatriz no insistió más; se despidió y colgó con un nudo en el pecho. Las palabras de Claudia resonaban en su cabeza, huecas, punzantes. Miró la pantalla del teléfono, donde las últimas fotos de su hermana ahora la mostraban junto al mar, con un texto sobre «la belleza del cine para conectar.» Beatriz apagó la pantalla y se quedó perdiendo la mirada en la oscuridad.
Cuando su estrés se profundizó y amenazó con desconectarla de la cordura, decidió meterse en un retiro espiritual en las montañas. Esperaba poder dejar la desesperanza y zambullirse en la liviandad severa de la vida en comunidad.
Allí, durante un recreo la conocí a Beatriz. Yo, una cineasta mexicana que le sonreí como un acto reflejo y si bien mi gesto no la acercó a su Mar del Plata, le abrí la puerta para conversar un rato en su idioma.
—¿Claudia es tu hermana? —pregunté con entusiasmo al escuchar su apellido.
Beatriz asintió sin euforia, sin levantar la mirada.
—¡Es increíble tu hermana! —dije.
Beatriz sonrió, débil, poniendo empeño en mantener de forma forzada la comisura de los labios estirados.
—Sí, es increíble —respondió, pero las palabras le salieron vacías.
Tras un silencio breve, intenté aligerar el momento.
—¿De dónde eres?
—De Mar del Plata.
—Nunca fui —respondí con curiosidad—. Siempre he querido ir a la Argentina. Dicen que el festival de cine allá es bello.
Beatriz levantó la vista y asintió, pero no agregó nada más se focalizó en enrollar su tapete de yoga y limpiarlo de tierra. Algo en mi voz la inquietó, aunque no supe identificar qué era exactamente, luego ella pareció olvidarse de todo nuestro intercambio y se dispuso a flotar en el eter. Se aferró, tal vez, con esa mirada perdida a su naufragio entre la postura del guerrero uno y del guerrero dos.
Pasados los días, llegó finalmente el esperado Festival de Cine de Los Ángeles. Asistí a la gala invitada por una amiga que me pasó su entrada.
Ahí la ví y la reconocí de inmediato. Claudia tomó el micrófono para inaugurar el evento y dar así comienzo a la proyección inicial de una nueva película muy esperada por el público.
Yo también quería ver esa película, pero me pesaban los hombros en esa butaca resignada a no tener protagonismo esa noche y andar de satélite alrededor de los planetas y estrellas que brillan lejos de mí.
Decidí observar mejor a Claudia, tal vez porque el gesto de congoja de equilibrista en su hermana Beatriz se me había quedado marcado en medio de la sien como un disparo.
Cuando comenzó a hablar y a modular su discurso en Inglés algo me pareció extraño. Su voz, recordaba, usualmente era firme y segura, pero ahora se quebraba. Las palabras se le enredaban, y cada frase que pronunciaba frente al público parecía estrellarse contra el aire de la sala. Ella se inquietó. Su acento rioplatense se endureció, y su inglés se desmoronó finalmente en un murmullo incomprensible intentando continuar con esfuerzo sus frases llenas de furcios y equívocos.
El público aplaudió al final de cortesía, sin saber seguramente qué había querido decir, sus aplausos fríos, cargados de vergüenza ajena e incomodidad.
Sentí empatía y también pena. Claudia seguía de pie frente al público, pero se mostraba realmente perdida, tenía la misma mirada que su hermana en la pose del guerrero dos. Pensé en ella, en el retiro en la montaña, y en cómo esas dos hermanas parecían de pronto habitar el mismo mar atlántico de barro y yodo debajo de los pies. Un mar que les empañaban sus miradas, y las ahogaban con el agua que se colaba por sus narices mientras ellas seguían con las cabezas revueltas entre olas frías gigantes. Edificios monstruosos de agua que yo no podía imaginar en mi Pacífico, ni en el mar de Cortés, ni en el mar Caribe del Golfo de México.
Claudia bajó finalmente del escenario con la mirada fija en la alfombra jaspeada. Pensé en acercarme y decirle algo, distraer su posible latido dislocado entre la humillación y la impotencia. Presentarme, comentar que conocí a su hermana, contarle mis sueños de cineasta, mis proyectos, pero no lo hice y luego me dejé llevar por la vida y mandé a mi archivo del olvido a Claudia y Beatriz.
Al tiempo, vi un post de Claudia en Instagram:
“Hoy me despido de mi hermana Beatriz. Su sensibilidad y su valentía nos dejaron un legado invaluable. Bea, sé que ahora has encontrado el lugar que tanto buscabas.”
Muchos comentarios QDP. Que poco a poco entendí desde mi estado de mudez y boca semiabierta que simplificaban el “Que descance en Paz”.
Pensé escribirle, contarle a Claudia lo poco que pude percibir en mi casual encuentro en la montaña. Decirle que tuve un presentimiento, que algo se había asomado en su mirada y se había quedado marcado en mi memoria la imagen de Beatriz enrollado el tapete de yoga en silencio. Quería compartirle sus últimas frases cortas, y sus brazadas que ahora sabía eran de ahogada. Pero no lo hice. “No era mi rol,” pensé, “ni conocía a esta destacada mujer”, “además ya era tarde”, “¿Qué haría con esta información Claudia ahora? ¿Cuál era el sentido?, porque hay que pensar muy bien antes de hablar. Se requiere calcular el impacto de las palabras. No creí que debía hablar por hablar, por practicar mi libertad de expresión, por despacharme con todo lo que se me ocurría decir como acto impulsivo, porque eso sería puro egoísmo, y además cruel.
Pero lo pensé y tal vez los pensamientos aunque queden silenciados tienen la fuerza de la existencia, no lo sé. Me descansé, salí a caminar por el pasto, desenrollé mi tapete y quedé todavía tocada por la perturbación de la noticia de Beatriz en una larga pose del guerrero uno, mirando hacia el horizonte visualizando a su hermana.
Claudia estaba mareada por el oleaje de su propia vida, pero de pronto no estaba acelerada, ni se movía en automático, sino que ahora sentía.
No era solo culpa, ni responsabilidad la partida de Beatriz pero una mezcla de ansiedad y vacío punzante que la poseía. Eso que algunos llaman duelo, un vacío que pesa más que el vacío, la ausencia con certificado de defunción.
Beatriz había dejado una nota en la mesa de su departamento, escrita con pocas palabras: ‘Voy al mar.’ Pero nadie reparó en eso hasta que días después encontraron su abrigo en la escollera, junto a sus zapatos de piel azules, secos, con hebillas doradas y llenos de arena, una coquetería ñoña de una Beatriz que desconocía.
Los pescadores dijeron que el mar estaba bastante revuelto esa noche, que hubiera sido imposible salvarla del oleaje. ‘Los peces ya se la habrán llevado,’ murmuró finalmente uno de ellos sin mirar a Claudia.
Cuando ella llegó a la escollera, las olas aún golpeaban con bastante furia. Esos hombres le entregaron los zapatos de su hermana, y al sostenerlos ella sintió ardor y un pellizco como si una uña encarnada le arrancara la costra de su corazón y el roce le sacara todo el aire.
‘No hay cuerpo’, dijeron en español cuando comprobaron que ella también era latina. Esas palabras la arrinconaron de pronto al recoveco de la escollera de Mar del Plata donde Alfonsina Storni pudo haber estado bollando, una y mil veces, sobre las rocas entre un mar de espuma blanca perpetua.
Luego ella regresó a la ciudad, sin prisa envuelta en una neblina tremebunda sobre la autopista 101 donde Claudia aceleraba sin poder pensar en otra cosa que en su última conversación telefónica con su hermana. Casi choca, la suerte del número capicúa por la ruta que andaba como surfeando su nueva realidad tal vez la salvó.
Ella dio varias vueltas antes de entrar al último paradero de Beatriz. Evitó entrar a la casa por la puerta principal, por esa puerta a la que podía haber llegado a tiempo pero no lo hizo; como si al cruzar el umbral y tener que enfrentarse a las cajas vivas sin desempacar el techo de ese hogar fuera a derrumbarse sobre ella.
Dio vueltas y entró por la cocina, pero se encontró con más cajas. Las empujó con dificultad.
A la última la abrió a consciencia de ver cómo su mano temblaba. Dentro encontró conchas de mar rotas, bisutería, y cosméticos de su hermana. Finalmente una foto: las dos hermanas tomadas de la mano sobre la escollera de Mar del Plata; Beatriz vestía de marinerita y sostenía un barco de papel.
Claudia tomó fósforos de la mesada y quemó esa foto. La volvió cenizas y la dejó caer en el lavabo de la cocina. Vio cómo los deshechos se mezclaban con el agua. Observó inmóvil y fijamente, como si en la espera el agua le revelara algo más, pero nada le dijo.
Salió al jardín y se le pegó la oscuridad que había abrazado a Beatriz. El aire seguía húmedo, y el césped apenas mojado se le adhirió a los pies descalzos.
Claudia avanzó hasta que el frío pegajoso entre los dedos le hizo parar su marcha. Su empeine rozó un charco. El agua de allí le resultó helada, como si viniera directamente del mar del sur del continente.
Olió la podredumbre, el aroma de algas viejas acumuladas de la orilla y el intenso tufo de pescado muerto hace días. No había brisa, pero sentía la fuerza del mar que entraba por sus pies y le escupía restos de basura que se le juntaban a la piel como esquirlas.
Miró para ambos lados confundida, sabía que eso era sólo un charco en el jardín de la casa de Beatriz pero el olor a sal no la dejaba en paz, el mar la penetraba decidido sin tregua.
Claudia se agachó lentamente queriendo desafiar al agua, y acercó su cabeza al charco. En el reflejo café, creyó ver a su hermana. Pero no era ella exactamente; era un rostro deformado de Beatriz o de ella con los ojos huecos y una maraña de cabello enredada.
Retrocedió agitada, tropezó y se cayó al suelo. La oscuridad se había robustecido, el agua de mar la reclamaba hasta cubrirla.



