La última fila, un cuento de Florencia Davidzon

La Boheme, un poster por Hohenstein / WikiMedia

La fiebre me invade como río que arrastra todo a su paso. Es una calentura tibia, conocida, una visita que me quita las fuerzas y sacude mi vientre cada mes. El cuerpo se desmorona en el instante del primer contacto y queda atrapado en un ciclo intruso que nunca pide permiso. 

Mientras el dolor recorre mis músculos sobre las sábanas que sujetan mi cuerpo a la cama giro sin avanzar. Es como en el estúpido juego de la danza de la música y las sillas. Todos hemos jugado alguna vez, y ni yo ni nadie puede dejar de jugar en América.

La música suena para que todos corramos alrededor de las sillas, atentos, tensos, hasta que la música para y alguien se queda sin asiento. Cada vez uno pierde. Siempre hay más gente que sillas. Esa es la regla. Es lo que nos enseñan desde niños. Nunca habrá sillas para todos. Si no te mueves lo suficientemente rápido, si no empujas a otro , te quedas afuera.

Mi mente sofocada se escapa de la música que ensordece. 

Habrán pasado casi cien ciclos. Cien o más acá, pienso. En cómo mi cuerpo se dobla, me pellizca y me muerde mientras el mundo sigue y avanza sin esperar. 

Revivo miles de recuerdos que estaban atorados en el silencio confuso de la noche. 

Mi sobrina tenía sólo ocho años y atravesábamos el umbral del majestuoso e inmenso teatro a punto de presenciar lo que sería su primera experiencia de una verdadera ópera. Lo había decidido casi sin pensarlo apenas vi el anuncio:  íbamos a ver “La Boheme” de Giacomo Puccini. 

Al entregar los dos boletos en la recepción recibí la noticia del empleado como un cuchillo. Teníamos la última fila. Seríamos estatuas en un espacio diminuto donde nos rodeaban muchos otros cuerpos y columnas. Además, éramos los espectadores de parado. 

Yo había comprado las únicas entradas que podía pagar. No tenía idea que estaríamos toda la función de pie. No lo decía en ninguna parte, o no lo entendí. Mi invitada desde su estatura se esforzaba por traspasar el muro de su campo de visión y se enfocaba en el escenario. Se paraba impaciente sobre las puntas de sus pies. Estiraba el cuello sin lograrlo, hasta que su pequeño cuerpo perdió el equilibrio y exclamó en su español de nativa americana, «No veo nada».  Lo dijo en una voz tenue y suave, como si tuviera miedo de molestarme. Quise explicarle que no había podido comprar otra cosa. Pero no encontré palabras para decile lo que a su corta edad ella ya sabía. 

Había muchos espacios vacíos delante nuestro, lo recuerdo. Brillaban bajo las luces que aún no se apagaban: butacas de color vino, mullidas, promesa de lujo y comodidad al servicio de otras personas merecedoras de esos cojines. No importaba que estuvieran libres; no eran para nosotras. En el juego de las sillas, esas ya tenían dueño, aunque nadie las ocupara durante toda la función. 

El trabajador de la sala se percató que el tablón para descansar los brazos de nuestra sección era por mucho más alto que la cabeza de mi sobrina. Se acercó y ofreció conseguir un lugar para ella, para la niña de cabello rizado que se esforzaba por alargarse los bucles y aplanarlos inútilmente mientras esperaba la señal de avanzar hacia adelante. 

Me alegré. Seguí de pie mirándolos caminar hacia las filas de sillas libres. Mi sobrina me observó antes de tomar su lugar: contrariada, llena de emoción y francamente incómoda por su suerte de enana mientras yo seguía en el mismo lugar del fondo. Le sonreí. Le deseé que disfrutara de la ópera. Le hice una seña con mi pulgar derecho, contenta de que ella pudiera aterrizar en una butaca en ese lugar tan imponente al que habíamos llegado después de muchas conexiones de trenes. Al menos mi invitada podría ver, pensé, y eso bastó y le ganó a mi cansancio, a mi vergüenza y a la pena que sentía desde mi lugar de parada en la última fila. 

Luego volvieron la amargura, la fiebre, la música, la ansiedad del juego frenético ante el silencio. Saber que unos ganan y otros siempre perdemos. Mi mente mareada se posó en otras personas del público aquella noche, habitues americanos del Lincol Center. 

Comprendí que los que tenían membresía en el teatro y eran dueños de sus sillas se podían dar el lujo de alejarse de allí sin reparos, sin dudas, inclusive en medio de las funciones. Pero mis pies que se empezaban a adherir al de la Gran Manzana, a las baldosas sin alfombra, a ese punto oscuro al final del auditorio en el que me quedaría inmóvil si no daba saltitos, a ese suelo donde solo los niños nacidos en este lugar podrían captar las miradas compasivas de otros trabajadores y conseguir un lugar para ocupar una butaca vacía. No podían irse tan facilmente. Sentía culpa de dejar el teatro a pesar de la evidente incomodidad.

Ocho años han pasado desde aquella noche donde esa tragedia musical acompañaba a los protagonistas de la historia: unos pobres soñadores artistas del barrio latino de París. La actriz principal, Mimi, se enamoraba de Rodolfo para luego contraer tuberculosis. Sin dinero moría tosiendo sangre frente al aplauso cortado de los pocos espectadores que quedaban presentes en el teatro más bonito de Nueva York.  Un final devastador, sentí, no apto para una niña de ocho años. El fracaso de mi elección se multiplicaba. Sentí desazón y pesar de mi osadía. Me consoló pensar que era también conmovedora e intensamente valiosa la trama. Además, la realidad de la precariedad, la devastación y los avatares de los sueños artísticos no eran algo que una tía como yo podría ocultar a su sobrina. 

Ella creció sabiéndolo y eligiendo cantar hasta que cumplió dieciséis años. 

Ahora está frente a mí, arriba, en un escenario. No necesita pararse más de puntillas de pie, ni depender de la solidaridad del trabajador del Lincoln Center. Ella es Roxie, es Roxie Hart, con marcados tirabuzones en el cabello que no intenta aplanar. Se desplaza iluminada por el haz de luz que fue diseñado para ella. El espacio le pertenece. Canta afinada, baila, brilla, mientras el teatro entero contiene la respiración, todos a sus pies. Nadie se levanta ni se va en el intervalo.  

Ella no gira alrededor de sillas, ella es la música, que me acompaña mientras me revuelco entre las sábanas marcada por otro ineludible ciclo. La fiebre me consume nuevamente y me hunde en un punto fijo en el anonimato del público. En la expectación de este gran país.

Me encuentro con los rostros de otros de la audiencia que se difuminan cuando intento enfocarme en ellos. Son fragmentos de inmigrantes atrapados en sus marcaciones inscritas en el suelo. Estáticos, desde la oscuridad, después de tantos sacrificios, con lo que les resta de energía la usan para aplaudir a sus hijos que avanzan debajo de los reflectores.  Así es, me digo, son los que nacieron acá y pocas veces los que llegaron desde lejos. Y en este mundo paradójico de maquillajes y disfraces se sienten los aplausos de todo tipo, también los quebrados. 

Me maravillo de los movimientos fluidos de mi sobrina, mirando su paso que desaparece en el vacío, ese paso que encubre todos los otros pasos que tiene por delante. Su canto emana decisiones, e historias de las que no tiene conciencia, pero yo las veo como fantasmas detrás de ella. Los espectros la sostienen desde el suelo, desde los lados, firme como la solidez que cobija a un robusto  árbol que crece. 

Mi panza late mientras el mareo del juego de sillas se apodera de mí. La música suena más  estridente. Todos giramos, empujamos, esperamos. Y cuando se detiene, nuevamente hay alguien que se quedó afuera. El juego no se ha quebrado. Demasiadas personas de pie con punzadas de dolor y eterna paciencia. 

No me quejo. Siento orgullo, admiración por el talento y logro de mi sobrina. Me emociona verla ahí arriba, radiante, sabiendo que no tuvo que empujar a nadie. 

Cien ciclos, estimo, han transcurrido desde la Boheme. En esta función también estoy al final pero sentada. Pero ella está arriba. Es protagonista. Su voz es poderosa y llena mucho más que ese teatro. Abriga el vacío que cargábamos juntas desde aquella noche del Lincoln Center. Sus pasos y sus giros sobre tacos no me dejan sola en las sombras, su brillo me alcanza, me abraza, me incluye

El público está frenético con su actuación y canto. Aplaude con timidez y finalmente lo hace a rabiar, luego se levanta. Yo no. Me aferro a mi asiento al final de la sala.  

En cinco minutos, pienso, me pondré de pie también. Atravesaré la puerta del teatro, de la ciudad, del país… No hay apuro de levantarse. Por eso lo saboreo y sigo sentada, sintiendo cómo me atraviesa el ardor del último aplauso. 

Entre la fiebre y la ovación necesito parpadear y guardar todo en la memoria para cuando se vuelva noche negra, sin sillas, sin butacas, sin sueños, y esté, como estoy ahora, acurrucada entre las sábanas siendo solo sangre.  

 

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Florencia Davidzon

Escritora y cineasta. Posee una Licenciatura en Ciencia Política (UBA, 1995) y dos Maestrías en Bellas Artes, una en Cine (Maine Media College, 2016) y otra en Escritura Creativa (NYU, 2024). Recibió las becas Sylvia Molloy y el Tink Foundation Grant. Su trabajo como narradora se publicó en revistas y antologías. Sus cuentos “Target” aparecieron en la revista digital RoastBrief (2018-2019), “La Moralidad de las Hormigas” en la antología, Pies y Perras, de Laguna Libros, Colombia (2024), “Con la ñ y nada más” con Cuny-Unam (2025), “Nada” en Temporales (2024), “No Croaban” en Literal Publishing (2024). También publicó dramaturgia, “Guerrero” en Temporales (2023) y “Dramaturgias Pandémicas”, en la Revista de Artes Escénicas y Performatividad, Investigación Teatral de la Univ. Veracruz (2021). Su primera novela “La Terquedad de las Cenizas”, se publicó con Metrópolis, Buenos Aires (2024). Además, ha escrito artículos y ensayos para las revistas, Forbes y Neo México, Warc, Quirk´s Media, Chasqui y en la Revista de Comunicación de la UAM, Cuajimalpa, México. Actualmente se encuentra terminando su segunda novela, “El Susurro del Polvo”. More »

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