El “reality show” de la Convención del Partido Republicano

Orador tras orador ignoró la devastación causada por el COVID-19 y el desempleo masivo y, en una distorsión orwelliana en donde las temáticas de racismo institucional y brutalidad policial parecían censuradas, se presentó a Trump como el candidato de la Ley y el Orden. Algo así como si nombráramos a Al Capone a cargo del Departamento de Justicia.

Trump dibujo
Caricatura de Donald Trump. FOTO: Flickr

La tan esperada Convención del Partido Republicano, que debería ser rebautizada como el “Reality Show de la Coronación Anticipada de Donald Trump I”, culminó con la aceptación de la nominación presidencial en un embanderado patio de la Casa Blanca, fuegos artificiales que estallaron en una noche de verano de Washington y, lamentablemente, una narrativa disneylanesca de la situación del país que no tiene nada que ver con la acuciante realidad que la nación confronta.

Entre el racismo institucional y el desorden social

Orador tras orador ignoró la devastación causada por el COVID-19 y el desempleo masivo. Y en una distorsión orwelliana en donde las temáticas de racismo institucional y brutalidad policial parecían censuradas, se presentó a Trump como el candidato de la Ley y el Orden. Algo así como si nombráramos a Al Capone a cargo del Departamento de Justicia.

Donald Trump, con su estrella de sheriff y ecos macartistas, no perdió oportunidad para caracterizar a su oponente demócrata, Joe Biden, como un títere de la izquierda anarquista que facilitaría que el desorden social que se experimentó en Portland y Seattle se expanda a otras ciudades estadounidenses.

Para Trump y sus obsecuentes cortesanos, el problema no es la interminable lista de afroamericanos asesinados por policías a lo largo y ancho del país y las protestas que se han venido organizando espontáneamente, sino que el desorden que causa una minoría que ocasionalmente se mezcla en estas manifestaciones pacíficas.

En otra muestra más de su genética racista, Trump se niega a nombrar a George Floyd, Breonna Taylor, Jacob Blake, y opta por concentrarse en describir el caos que presagia si se repiten los hechos de Portland y Seattle.

“El voto de ustedes decidirá si protegemos a ciudadanos que obedecen la ley o si le damos rienda suelta a los anarquistas violentos, agitadores y criminales que amenazan a nuestros ciudadanos”, dijo Trump.

El presidente también alega que Biden apoya el slogan “defund the police” (la reducción de fondos destinados a la policía). Por el contrario, Biden ha expresado que, si bien se requieren reformas para confrontar los serios problemas de racismo institucional y abuso policial, no apoya las reducciones presupuestarias que propone Black Lives Matter y sectores progresistas de su partido. Es más, Biden incluso ha sugerido que se aumenten los fondos policiales destinados a programas de relaciones comunitarias.

“No, no estoy a favor de reducir fondos de la policía”, dijo Biden en una entrevista con CBS. “Apoyo que se condicione la ayuda federal en base a si cumplen o no cumplen ciertos standards básicos de decencia y honorabilidad.”

Ni mención del coronavirus y el desempleo

Salvo excepciones, la amnésica Convención Republicana ignoró a los más de 180,000 muertos del COVID-19 y a los 30 millones de desocupados. ¿Pero qué otra cosa se podía esperar? Después de todo, como muchos lo han sugerido, las muertes y los desocupados son consecuencia de políticas ineficaces de una Administración Trump repleta de CEOs, amigos multimillonarios y leales secuaces que, con su inexperiencia, indecisión, marchas y contramarchas, vienen cometiendo errores a diestra y siniestra.

Con el coronavirus, por ejemplo, se podrían haber salvado decenas de miles de vidas si el presidente y sus asesores hubieran respetado las opiniones de los epidemiólogos y expertos que trataron de que se implementen políticas basadas en la ciencia. Políticas y programas que, centralizados desde la Casa Blanca y con un verdadero líder al timón del barco, podrían haber reducido los efectos de la pandemia. Pero, hasta hace poco, el muy egocéntrico presidente ni siquiera quería ponerse una máscara. ¿Qué se puede esperar de esta gente que desdeña la evidencia científica?

Y hablando de máscaras, la irresponsabilidad y bravuconería de la derecha conservadora se puso de manifiesto en la última noche de la Convención, cuando unos 1,500 invitados se juntaron en el patio de la Casa Blanca sin respetar distanciamiento social y con muy pocos teniendo la decencia de usar una máscara.

Aún más irreverente y tragicómico fue el continuo esfuerzo por tratar de mostrar la imagen de una economía sólida. Hablaban de Wall Street y de una economía robusta a comienzos del año, pero ¿a quién le importa lo que fue si hoy en día se está sufriendo? ¿La lealtad al Gran Trump les nubló la vista de tal manera que no pueden comprender, o no quieren comprender, que hay 30 millones de desocupados, que la economía se contrajo más de un 31% en el segundo trimestre del año en lo que se proyecta como la recesión más brutal en la historia contemporánea? ¿En qué planeta viven?

Arrogancia y una fiesta familiar

La Convención también puso en primer plano la arrogancia de una administración que no separa los intereses personales de Trump, de los intereses del Estado. Quebrando con una larga tradición de imparcialidad, el presidente y los republicanos usaron a la Casa Blanca como centro operativo de la campaña electoral.

Tan grave como esto, el secretario de Estado Mike Pompeo hizo su discurso electoral desde Jerusalén, en medio de una visita oficial, repitiendo esa mentirilla de la derecha conservadora de que Trump consiguió la paz en un Medio Oriente que, en realidad, sigue tan explosivo como siempre.

Aparte, ¿qué era esto? ¿Una convención partidaria o una fiesta familiar? Porque día tras día se vio a la esposa, a los hijos, a los nietos, a los amigos, a su abogado personal, a empleados, subir al escenario del reality show a elogiar a un Trump que, por más que Melania e Ivanka nos hablen de sus virtudes, es más fácil asociarlo con las frías estatuas de la Casa Blanca que con la empatía, humanismo y solidaridad que se espera de grandes líderes.

Este es el Trump, no olvidemos, que acusa a los mexicanos de ser criminales, separa familias y encierra a niños en jaulas. Este es el Trump que se burla de discapacitados, se jacta de sus abusos sexuales y se siente tan poderoso que comenta que puede llegar a matar a alguien en plena 5ta Avenida de Nueva York y que nada le pasaría.

Encuestas y futuro

Lo interesante es que el carisma que le sirvió en sus años en el show televisivo de El Aprendiz, que le sirvió para embaucar a miles en la famosa Trump University, hacer negociados desde su Trump Organization que huelen a fraude, abusar, declararse en bancarrota, esconder su declaración de impuestos, tranzar con dictadores en negocios que deben ser tan sucios que solo él sabe de qué se tratan; ese carisma parece que ya no le sirve tanto. Las encuestas lo muestran paulatinamente perdiendo popularidad a este ovejero que anunció el lobo tantas veces que algunos ya no le creen.

En 2016 no ganó el voto popular y en las elecciones de 2018 perdió control de la Cámara de Representantes. Ahora, de acuerdo con el promedio de encuestas de Real Clear Politics, está 7.1 puntos detrás de Joe Biden y 55% de los encuestados tienen una impresión desfavorable del presidente. No será, entonces, que toda la bravuconería de Trump y sus compinches, todo este “Yo soy el hombre fuerte, el hombre de la ley el orden” no es más que una expresión de inseguridad ante lo que percibe en las encuestas.

En una señal sintomática del momento, ninguno de los siete presidentes o candidatos a presidente del Partido Republicano de los últimos tiempos, asistieron a la Convención. Por el contrario, decenas de republicanos que sirvieron en la administración de George W. Bush, gente que estuvo con el equipo de John McCain y hasta el actual senador Mitt Romney han anunciado públicamente que abandonan el barco, que parece que se hunde, y votarán por el candidato demócrata Joe Biden.

“Lo que nos une ahora es una convicción que cuatro años más de una presidencia de Trump enviará a la bancarrota moral a este país, dañará irreparablemente nuestra democracia…”, dice una carta de varios de estos republicanos.

La Convención del Partido Republicano fue una farsa imperdonable que pasará a la historia como un ejemplo orwelliano de cómo se construye una narrativa política ficticia. En última instancia, ante tanta mentira, tanta desfachatez, habría que preguntarse, como lo hizo Ronald Reagan en el famoso debate presidencial de 1980, si uno está mejor que cuatro años atrás. La respuesta es clara.

Al final de la convención se lanzaron fuegos artificiales que iluminaron la noche y momentáneamente grabaron en el cielo “TRUMP 2020”. Pero las letras y los números apenas sobrevivieron unos segundos y rápidamente se disolvieron sin dejar rastro alguno. Tal vez una analogía del destino de esta Administración que en solo cuatro años ha logrado desestabilizar la ecuación política, económica y militar del mundo, ha aumentado las desigualdades entre ricos y pobres, eliminado regulaciones que protegían al medioambiente y, en los últimos 6 meses es responsable por la muerte de 180,000 estadounidenses y la peor economía de tiempos contemporáneos.

Originalmente publicado en el International Literary Quarterly.

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