El Salvador: La ejecución policial de José Isidro Portillo Paz y Rafael Ernesto Barrera Motto

La mañana del 28 de noviembre de 1978 amaneció igual que todas en San Salvador: el pregón de los vendedores en las esquinas, el rugido del tráfico, los niños corriendo hacia la escuela. Nadie en la colonia Providencia sabía que aquel día la rutina sería atravesada por las balas y el humo.
A las once y media, ciento cincuenta hombres —policías, soldados, agentes de civil— cercaron la casa número 6 de la senda Toledo. No era una operación: era un asedio. No tocaban una puerta: tocaban el pulso de un país entero.
Dentro, cuatro hombres
El primero, el sacerdote Rafael Ernesto Barrera Motto, párroco de San Sebastián, con la sotana manchada de polvo y la fe como escudo. La policía diría luego que empuñaba un arma, pero nadie sabe si fue verdad o si se la colocaron entre las manos para borrar el milagro de su palabra. Cayó como un árbol arrancado de raíz.
El segundo, Rafael Santos Ortiz, recibió un disparo en la sien que le atravesó la cabeza y otro en el muslo. Su cuerpo quedó escrito como un mapa cruel de fronteras imposibles.
El tercero, también llamado Rafael Santos Ortiz, fue abatido. El nombre duplicado quedó flotando, como si la muerte se divirtiera con espejos.
El cuarto, José Isidro Portillo Paz, herido en la barbilla y en la pierna, salió tambaleante, buscando un poco de aire. Fue capturado. Aún tuvo voz: declaró ser militante de las Fuerzas Populares de Liberación FPL “Farabundo Martí” mencionó a una mujer y a una niña que vivían en esa casa. Dos inocencias ausentes aquel día, preservadas del estruendo.
El tiroteo se extendió hasta las cuatro y media de la tarde. Cuatro horas en que el tiempo fue humo, en que los vecinos contaban los disparos con el corazón encogido. La policía aseguró que los militantes dispararon primero, que veintiocho hombres escaparon como sombras, que el sacerdote tenía un fusil. Pero la verdad, en aquel país, siempre tenía dos caras: la oficial y la secreta, la de los comunicados y la de los susurros.
El destino de José Isidro quedó cubierto por versiones contradictorias. El comunicado oficial decía que estaba “gravemente herido, en trance de muerte”. La Prensa Gráfica aseguró que “estaba lesionado y abandonó la casa en un descuido de sus acompañantes”. El mismo diario publicó una foto en la que aparecía saliendo por su propio pie. La televisión mostró esas imágenes: un hombre herido, sí, pero no agonizante.
El Diario de Hoy afirmó que salió con las manos en alto. El comunicado oficial insistió luego en que había muerto en un hospital, “en trance de muerte en un centro hospitalario”. Otro boletín de la Policía Nacional cambió la versión: “…falleció en el enfrentamiento”. La Comisión Investigadora, tiempo después, resumió: “Hay razones bien fundadas para dudar de la veracidad de las distintas versiones hasta ahora publicadas”.
La muerte de José Isidro fue escrita y borrada una y otra vez en los papeles. Pero en todos ellos aparecía la misma certeza: ya no estaba.
Su vida fue convertida en un código: P92 en el Libro Amarillo (Diseñado con fuentes de la Inteligencia militar en 1987) de la Policía Nacional (PN) (*). Años más tarde, la Comisión de la Verdad de Naciones Unidas (ONU) lo rescataría con otra cifra: 18990. Pero los números no respiran. Los nombres sí.
La casa fue repintada. El pavimento tragó la sangre. Los vecinos callaron: en San Salvador hablar era otro modo de morir. Sin embargo, la memoria persiste. Allí siguen los ecos de Rafael Ernesto Barrera Motto, Rafael Santos Ortiz, José Isidro Portillo Paz.
San Salvador giró su rueda de hierro y de sombra, como si nada hubiera ocurrido. Pero en el rumor secreto de la ciudad, los disparos de aquella mañana todavía resuenan como tambores invisibles.
En la grieta de los años, aquella casa número 6 de la senda Toledo no se ha borrado. Una casa común, un barrio cualquiera, y el destino de un país escrito con sangre en sus paredes que el tiempo y la indiferencia han tratado de borrar de su memoria.
(*) El Libro Amarillo fue elaborado con informes de la Inteligencia Militar en 1987 y estaba en manos de los Cuerpos Policiales (PN, PH y GN, entre otros); muchos de los ahí retratados y con reseñas de ser “terroristas subversivos”, fueron capturados, torturados y aparecieron asesinados; otros murieron en supuestos combates; miles aún están desaparecidos (hombres y mujeres de todas las edades). Este texto es en realidad, la Crónica del horror de una Historia en la que la verdad aún falta por revelar y que las víctimas todas tengan merecida justicia.
Publicado en Contrapunto.com.sv, aquí.
Nota de HispanicLA: en el Archivo Nacional de Seguridad Nacional de Estados Unidos se establece que el Libro Amarillo es «Un documento de la década de 1980 de los archivos del servicio de inteligencia militar de El Salvador (que) identifica a casi dos mil ciudadanos salvadoreños considerados “terroristas delincuentes” por la Fuerza Armada… Otras personas mencionadas en la lista son defensores de derechos humanos, líderes sindicales y figuras políticas; muchos de ellos sufrieron detenciones ilegales, tortura, ejecución extrajudicial, desaparición forzada y otras violaciones de los derechos humanos.








