Estados Unidos hunde una barcaza supuestamente narco y venezolana
El presidente Donald Trump anunció que había ordenado el hundimiento en el Caribe de un buque venezolano “que llevaba drogas”, causando la muerte de 11 personas.
Lo que a todas luces es más que cuestionable, fue presentado como un mérito y un orgullo, y para peor, sin mostrar ningún tipo de pruebas sobre el supuesto carácter de narcotraficante de la embarcación.
Con ocho buques de guerra, un submarino nuclear, cuatro mil marines y 1,200 misiles desplegados en el Mar Caribe, parece ilógico hundir un barco, por más narcotraficante que sea, pudiendo apresarlo. Apresándolo, no sólo se puede hacer justicia con los supuestos delincuentes, sino extraerles información valiosa sobre los cárteles y las distintas rutas del narcotráfico.
Pero cuando se ve que sin ninguna necesidad se mata, se destruye, queda claro que la intención era que no quedara nada, porque algo tiene que ocultar el atacante. Puede ser que haya sido realmente un barco del narcotráfico. Puede que no. Puede ser incluso que sea una operación de falsa bandera de Estados Unidos en el Caribe, al que siempre consideró “Mare Nostrum” o “Patio Trasero”.
Recordemos solo dos en la historia: el hundimiento del acorazado USS Maine, el 15 de febrero de 1898 en el puerto de La Habana, causando la muerte de 266 soldados estadounidenses. Ese hecho nunca fue esclarecido, pero le sirvió a Estados Unidos para declarar la guerra a España y robarse sus colonias de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. Tampoco se aclaró nunca la posible participación de la Central de Inteligencia Americana (CIA) en la explosión del buque francés La Coubre, el 4 de marzo de 1960. También en el puerto de La Habana.
Trump, con su estilo altanero e irresponsable, dijo: “Tocado no, hundido”, al mostrar imágenes del supuesto ataque de las fuerzas estadounidenses a una simple barcaza de supuestos narcos. Y continuó diciendo el presidente en su red social Truth: “Esta mañana, por mis órdenes, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos realizaron un ataque militar contra narcoterroristas del Tren de Aragua identificados en el área de responsabilidad del Comando Sur. El Tren de Aragua es una organización terrorista extranjera designada por el Departamento de Estado, que opera bajo el control de Nicolás Maduro y es responsable de homicidios masivos, narcotráfico, trata de personas y actos de violencia y terror en Estados Unidos y el hemisferio occidental”. Y concluyó: “Que esto sirva de advertencia para cualquiera que piense en traer drogas a Estados Unidos. ¡CUIDADO!”.
Por su parte, el secretario de Estado, Marco Rubio, fue consultado sobre la legalidad de atacar militarmente a los cárteles, y respondió: “No voy a responder por el abogado de la Casa Blanca”. Pero sí agregó: “Vamos a combatir a los carteles de la droga que están inundando las calles de Estados Unidos y matando a estadounidenses”.
Esta última afirmación constituye una media verdad, y, por lo tanto, una media mentira. Es cierto que Estados Unidos hoy es el principal mercado mundial de consumo de drogas, lo cual viene generando un problema de salud pública y una decadencia moral generalizada. Pero la parte de la media mentira es que la culpa no está solo afuera, sino principalmente fronteras adentro. Marco Rubio y Donald Trump, con estas actitudes, están reconociendo implícitamente el enorme fracaso en controlar el narcotráfico en su país y las redes de distribución internas.
O es fracaso, o es incapacidad, o, peor aún, es complicidad. Hoy por hoy, la verdadera forma de luchar contra cualquier tipo de mafia, sobre todo contra el narcotráfico, es cortando sus circuitos financieros o infiltrando y neutralizando la ruta del dinero que producen estos tráficos ilegales. No es tan difícil con las herramientas tecnológicas de hoy, si es que existe una voluntad política.
En esa dirección llegó la única respuesta oficial desde Venezuela, la del ministro de Defensa Padrino López, quien opinó: “Eso es como que yo agarré la artillería estratégica, que tiene cohetes, granadas obuses, para aniquilar una banda roba carros (…) El narcotráfico no se combate con constructores ni con misiles, es la narrativa de ellos, es absurdo”.
En tanto, el presidente Nicolás Maduro, había denunciado antes “las injerencias por parte del gobierno de los Estados Unidos que carecen de toda credibilidad” y advirtió que “dichas acciones tienen como objetivo apropiarse del petróleo venezolano, lo cual no ocurrirá, ya que el petróleo de Venezuela pertenece al pueblo venezolano”.
Maduro agregó que Marco Rubio busca comprometer a Donald Trump en escenarios de violencia: “La mafia de Miami ha tomado el poder político de la Casa Blanca y del Departamento de Estado norteamericano. Han impuesto su visión extremista en la política exterior hacia Latinoamérica y el Caribe, porque amenazar a Venezuela, es amenazar al continente entero”.
Estas declaraciones habían sido efectuadas antes del anuncio de Trump, cuando Venezuela recibió el apoyo internacional de la Comunidad Latinoamericana y del Caribe (CELAC), y de miembros de los BRICS ampliados y de la Organización de Cooperación de Shangai (principalmente Rusia, China e Irán).
Los inventores del narcotráfico
En estos tiempos, una nueva Doctrina de la Seguridad Nacional sobrevuela el continente. En una cumbre de 1954, curiosamente en Caracas, el Pentágono reunió a los jefes de los ejércitos de la región y bajó una línea contundente: el enemigo comunista ya no estaba solo detrás de la llamada Cortina de Hierro, sino dentro de nuestros países, por eso era necesario transformar los ejércitos latinoamericanos en ejércitos de ocupación de sus propios pueblos, ejércitos especializados en la guerra contrainsurgente. Surgió la Escuela de las Américas, que funcionó primero en Panamá y luego en el estado de Georgia (Estados Unidos), donde jerarcas militares de todo el continente se especializaron en torturar, matar y desaparecer a ciudadanos comunes.
Durante décadas, la excusa fue el “enemigo comunista”. Hoy, la nueva Doctrina de la Seguridad Nacional que baja Washington a todo el continente encontró otros enemigos públicos: los narcotraficantes y los terroristas. Con esas acusaciones, muchas veces infundadas, se ataca a los verdaderos objetivos: inmigrantes, pueblos originarios o cualquiera que luche por una vida mejor o por sus derechos.
Sin embargo, si de narcotraficantes queremos hablar, deberíamos empezar por los anglosajones que encarnan el proyecto imperialista atlantista. La primera vez que se usó drogas como armas de guerra fue en las dos guerras del Opio. Fue el Imperio Británico, que a mediados del siglo XIX estaba desesperado por abrir el enorme mercado chino, que permanecía cerrado herméticamente desde hacía milenios. Los ingleses encontraron una forma, llevar el opio que producían en sus factorías de la India, e introducirlo clandestinamente en China para ir corrompiendo a su población. China reaccionó para defenderse y hubo dos guerras, una entre 1839 y 1842 (cuando los ingleses se quedaron con Hong Kong) y otra entre 1856 y 1860. Ganó el narcotráfico del Reino Unido y en China sobrevino lo que llaman “el siglo de la humillación”, hasta la Revolución de 1949.
Grandes alumnos de los ingleses, los estadounidenses no se quedaron atrás, y también usaron las drogas y el narcotráfico como arma geopolítica. En la misma guerra civil china, los Estados Unidos no dudaron en usar estos métodos cuando la CIA ayudó a contrabandear opio desde China y Birmania a Tailandia, utilizando empresas de fachada como Air America para financiar al Kuomintang (las fuerzas nacionalistas y anticomunistas chinas).
En su libro “La política de la heroína en el sudeste asiático”, Alfred McCoy revela ya en 1972 cómo la CIA se involucró en una red de narcotráfico para sostener operaciones de inteligencia y guerra encubierta en el llamado Triángulo de Oro de esa región.
Pero las víctimas no eran solamente extraños, sino los propios soldados estadounidenses, sobre todo en la Guerra de Vietnam, quienes para poder soportar el estrés y los traumas propios de una guerra, eran provistos de marihuana y heroína. Esas prácticas producían el mismo desastre social que habían producido los ingleses en China un siglo antes. Los soldados estadounidenses, afectados por altísimas dimensiones de adicción, llevaron su karma de vuelta a sus pueblos y ciudades, ayudando a propagar el problema de las drogas dentro de la geografía de los Estados Unidos.
Por todo esto, si Donald Trump quiere realmente ayudar a su pueblo con el problema de las adicciones, no será amenazando a países latinoamericanos, ni hundiendo barcos que ahora nunca sabremos si llevaban realmente lo que él dice que llevaban.




Flaco servicio el destapar la historia para explicar la realidad actual (labor loable) tan sólo para caer en el error de llamar colonias a Cuba y Puerto Rico que eran provincias de ultramar con senadores y diputados en el Parlamento Nacional en Madrid.