United States Marine Jose Segovia Benitez (Courtesy of US Marine Corps)

José Segovia Benítez, un infante de Marina y veterano de la guerra de Irak, fue finalmente deportado a El Salvador en lo que no se puede calificar sino como un acto antipatriota.

Independientemente si era ciudadano o no, el simple hecho de haber arriesgado la vida para defender a la patria en la que vivió desde los tres años, le daba los méritos suficientes para ser tratado como ciudadano estadounidense.

El joven de ahora 38 años que creció en Long Beach, hizo lo que millones de estadounidenses no serían capaz de hacer. Se enroló en las fuerzas armadas. Arriesgó su vida y luchó como un verdadero patriota de este país.

Consideró que no bastaba con abrazar a la bandera de las barras y las estrellas, o ponerse de pie cuando el himno nacional se escucha, o decir ´soy un verdadero patriota´ cuando la persona no fue capaz de vestir un uniforme de las fuerzas armadas.

Bueno, Segovia sí lo hizo, y lo hizo por un país en el que no nació. Es una situación que tiene doble mérito.

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El joven fue enviado en dos ocasiones a Irak. No ingresó a las fuerzas armadas para obtener documentos legales. No, él ya era residente.  Simplemente no terminó el proceso de naturalización, pero con el hecho de haber servido al país, técnicamente ya era un estadounidense y, mucho más patriota que millones que nacieron en esta nación y no hacen nada.

Pero al parecer eso no fue suficiente para el gobernador de California Gavin Newsom, quien decidió no perdonarlo y dejar que deportaran a Segovia a un país que no conoce, sin importar su condición médica.

Sí, Segovia regresó con una lesión cerebral de Irak y esta nunca fue tratada adecuadamente. Así inició una serie de errores que lo llevarían a la cárcel y el miércoles a su deportación.

Aunque ya en este punto, el tipo de delito por el que Segovia había sido encarcelado era irrelevante.

Segovia ya había cumplido como estadounidense y así debió ser tratado, aunque el castigo involucrase una larga condena en prisión, pero dentro del país por el que luchó. Y cerca de su familia.

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Peor aún, a Segovia lo deportan a una nación de donde la gente escapa por temor a la violencia de las pandillas; el joven tiene tatuajes y su familia teme que pueda ser víctima del crimen pandilleril que azota al país centroamericano.

Como estadounidense que en una ocasión quiso ingresar al ejército, pero debido a la edad ya no me fue posible, siento vergüenza que cuando el país necesitó a Segovia, el joven levantó la mano y arriesgó la vida por todos. Pero cuando Segovia necesitó ayuda, ahí sí, el país al que sirvió decidió deportarlo.

Agustín Durán es editor de Metro de el diario La Opinión.

 

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