jueves, julio 9, 2020
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    La poesía de Safo de Lesbos: parece que fue ayer

    Lo que sabemos de la vida de Safo de Mitilene, o Safo de Lesbos, son hilachas, jirones en el viento. Algunas alusiones aquí o allá, suficientes solamente para determinar fehacientemente que sí, existió, que no fue una leyenda, un invento, como algunos se refieren a Shakespeare e incluso a Jesucristo.

    De hecho, muy poco más.

    Después de todo, esta poetisa griega vivió entre el 650 y el 580 antes de Cristo. Es decir, hace unos 2,500 años. ¿Qué más sabemos? En su dialecto eólico el nombre era Psappha o Psafa. Y que tuvo una hija llamada Cleis.

    Un análisis de su poesía la halla innovativa, y tan bien trabajada que los recursos literarios ni siquiera se notan.

    Y nada más. Entonces, vestimos a Safo con las ideas, las realidades y los conflictos de nuestra época. El amor a la mujer. La devoción por la divinidad. Y suponemos cualquier cosa mientras gozamos la gracia increíbles de su verso.

    Sí, la hacemos contemporánea aunque esta era y la de ella son tan diferentes que podríamos haber vivido en planetas diferentes.

    Pero no es así. Poéticamente somos los hijos de Safo. Lo que debe llevarnos, al menos, a escuchar lo que tiene para decir. Aunque esté bajo tierra:

    Bajo tierra estarás,
    nunca de ti,
    muerta, memoria habrá

    ni añoranza; que a ti
    de este rosal
    nada las Musas dan;

    ignorada también,
    tú marcharás
    a esa infernal mansión,

    y volando errarás,
    siempre sin luz,
    junto a los muertos tú.

    Vivió – eso, entonces, lo sabemos – en la isla griega de Lesbos, en la ribera este del Mar Egeo. Fuera de eso, entonces, y de sus poemas, no tenemos nada. No quedaron testigos contemporáneos, aunque las generaciones venideras la repitieron, exaltaron y añoraron con vehemencia.

    Y queda la fascinación por su amor a las mujeres. Para algunos, fue razón de feroz persecución. Tres siglos después de su vida, un censor la caracterizó como “una puta que cantaba sobre su propia libertinaje”. Y 1,500 años después, en 1073, el papa Gregorio VII ordenó quemar su obra.

    Pero el amor entre mujeres o entre hombres era común y aceptado en la antigua Grecia, especialmente entre los más adinerados, que después de todo, podían comprar, o mantener, o atraer a mancebos o doncellas.

    Además, después de todo lo dicho, Safo quedó tan decepcionada por el rechazo por parte de un hombre, Faón, que se quitó la vida, según Ovidio. Aunque los que la estudian dudan de ello, porque tal acto contradiría su manera de ser de toda la vida.

    Pero su sensualidad es inmortal, como este poema, violencia de Eros:

    Eros ha sacudido mis entrañas
    como un viento abatiéndose en el monte
    sobre las encinas.

    Pero fueron las ideas o moral posteriores, especialmente los inculcados por la Iglesia, que consideraron ese amor como perversión.

    Comenzamos, pues, con un testimonio reciente y romántico, como sus poemas, de ese rasgo de Safo, magnificado con cada siglo que pasa: La pintura “Safo y Erinna en un jardín en Mitilene”, de Simeon Solomon, en 1864.

    Safo y Erinne en el jardín de Mitelene.

    ¿Era así, ella? Por supuesto que no. En completo contraste, este es un manuscrito de puño y letra de la poetisa, que perduró en fragmentos minúsculos, como los rollos del Mar Muerto, y que se encuentran en la Biblioteca Británica. Uno de los hallazgos más preciosos de sus 150 millones de obras.

    Sappho, fragment of a poem concerning her brother Charaxus (P. Lond. Lit. 43; P. Oxy. I 7; TM 62709). Fragment 5 in the numbering of Lobel-Page and Voigt. The beginning of the text is partly supplemented by new fragments published in 2014 (P. GC. inv. 105, fr. 3), see further Burris-Fish-Obbink (2014), West (2014), and Ferrari (2014).

    Difícil imaginarse tanta distancia, tanto tiempo. Y este extraordinario poema de amor:

    Sólo en mirarte: ni la voz acierta

    Igual parece a los eternos Dioses.
    quien logra verse frente a Ti sentado:
    ¡Feliz si goza tu palabra suave,
    suave tu risa!
    A mí en el pecho el corazón se oprime.
    Sólo en mirarte: ni la voz acierta
    de mi garganta a prorrumpir; y rota
    calla la lengua
    Fuego sutil dentro de mi cuerpo todo
    presto discurre: los inciertos ojos
    vagan sin rumbo, los oídos hacen
    ronco zumbido
    Cúbrome toda de sudor helado:
    pálida quedo cual marchita hierba
    y ya sin fuerzas, sin aliento, inerte
    Parezco muerta.

    O bien este, terriblemente realista y actual:

    Sigue siendo mi amigo
    pero busca una esposa más fresca,
    que vivir no podría contigo
    siendo yo la más vieja.

     

    ¿Cómo no enamorarse de ella, 25 siglos después?

    Por desesperación, las generaciones han reproducido sus facciones tal como la imaginaron, aunque fue absolutamente distinta. De cara redonda y llena, labios pequeños y femeninos, la mirada soñadora y perdida, el cabello recogido en elaborados rulos a la usanza de la época de esta escultura, unos 100 años después de su muerte.

    Busto de la poetisa, con la inscripción Safo Eresia (Safo de Ereso), siglo V a. C.

    O dramática, divina, todopoderosa, desafiante de los mares y los cielos, sin soltar el instrumento que acompañaba su canto, en 1840.

    Safo saltando al mar desde el promontorio leucadio, por Théodore Chassériau, c. 1840.

    Desde Creta ven

    Desde Creta ven, Afrodita, aquí

    a este sacro templo, que un bello bosque

    de manzanos hay, y el incienso humea

    ya en los altares;

    suena fresca el agua por los manzanos

    y las rosas dan al lugar su sombra,

    y un profundo sueño de aquellas hojas

    trémulas baja;

    pasto de caballos, el prado allí

    lleno está de flores de primavera

    y las brisas soplan oliendo a miel…

    Ven, Chipriota, aquí y, tras tomar guirnaldas,

    en doradas copas alegremente

    mezclarás el néctar para escanciarlo

    con la alegría

     

    Safo, por Charles Mengin, 1877

    Pese a su caracterización como poetisa del amor y el deseo, gran parte de su obra la dedica a su diosa, Afrodita, el equivalente griego de Venus. Pero el Cantar de los Cantares es claramente un ciclo de poemas de amor a una mujer. El dominio de las religiones lo hizo un código de alabanzas al Creador. Aquí también podría pasar:

    Inmortal Afrodita

    Inmortal Afrodita la del trono pintado

    la hija de Zeus, tejedora de engaños, te lo ruego:

    no a mí, no me sometas a penas ni angustias

    el ánimo, diosa.

    Pero acude aquí, si alguna vez en otro tiempo,

    al escuchar de lejos de mi voz la llamada,

    la has atendido y, dejando la áurea morada

    paterna, viniste,

    tras aprestar tu carro. Te conducían lindos

    tus veloces gorriones sobre la tierra oscura.

    Batiendo en raudo ritmo sus alas desde el cielo

    cruzaron el éter,

    y al instante llegaron. Y tú, oh feliz diosa,

    mostrando tu sonrisa en el rostro inmortal,

    me preguntabas qué de nuevo sufría y a qué

    de nuevo te invocaba,

    y qué con tanto empeño conseguir deseaba

    en mi alocado corazón. ¿A quién, esta vez

    voy a atraer, oh querida, a tu amor? ¿Quién ahora,

    ay Safo, te agravia?

    Pues si ahora te huye, pronto va a perseguirte;

    si regalos no aceptaba, ahora va a darlos,

    y si no te quería, en seguida va a amarte,

    aunque ella resista.

    Acúdeme también ahora, y líbrame ya

    de mis terribles congojas, cúmpleme que logre

    cuanto mi ánimo ansía, y sé en esta guerra

    tu misma mi aliada.

     

    Entonces, ¿cómo era? Mejor recordarla así. Hermosa, soñadora, lejana, inalcanzable. Mejor recordarla como nuestra contemporánea. Por su poesía, lo es.

     

    Por último, y solo por el afán de ver, gráficamente su obra en griego moderno, el sucesor del dialecto peculiar de Lesbos en el que ella escribía.

    Oh, tú en cien tronos

    ¡Oh, tú en cien tronos Afrodita reina,

    Hija de Zeus, inmortal, dolosa:
    No me acongojes con pesar y sexo
    Ruégote, Cipria!

    Antes acude como en otros días,
    Mi voz oyendo y mi encendido ruego;
    Por mi dejaste la del padre Zeus
    Alta morada.

    El áureo carro que veloces llevan
    Lindos gorriones, sacudiendo el ala,
    Al negro suelo, desde el éter puro
    Raudo bajaba.

    Y tú ¡Oh, dichosa! en tu inmortal semblante
    Te sonreías: ¿Para qué me llamas?
    ¿Cuál es tu anhelo? ¿Qué padeces hora?
    —me preguntabas—

    ¿Arde de nuevo el corazón inquieto?
    ¿A quién pretendes enredar en suave
    Lazo de amores? ¿Quién tu red evita,
    Mísera Safo?

    Que si te huye, tornará a tus brazos,
    Y más propicio ofreceráte dones,
    Y cuando esquives el ardiente beso,
    Querrá besarte.

    Ven, pues, ¡Oh diosa! y mis anhelos cumple,
    Liberta el alma de su dura pena;
    Cual protectora, en la batalla lidia
    Siempre a mi lado.

    El original en griego

    Ποικιλόθρον᾽ ὰθάνατ᾽ ᾽Αφρόδιτα,
    παῖ Δίος, δολόπλοκε, λίσσομαί σε
    μή μ᾽ ἄσαισι μήτ᾽ ὀνίαισι δάμνα,
    πότνια, θῦμον.

    ἀλλά τυίδ᾽ ἔλθ᾽, αἴποτα κἀτέρωτα
    τᾶς ἔμας αὔδως αἴοισα πήλγι
    ἔκλυες πάτρος δὲ δόμον λίποισα
    χρύσιον ἦλθες

    ἄρμ᾽ ὐποζεύξαια, κάλοι δέ σ᾽ ἆγον
    ὤκεες στροῦθοι περὶ γᾶς μελαίνας
    πύκνα δινεῦντες πτέῤ ἀπ᾽ ὠράνω αἴθε
    ρος διὰ μέσσω.

    αῖψα δ᾽ ἐξίκοντο, σὺ δ᾽, ὦ μάκαιρα
    μειδιάσαισ᾽ ἀθανάτῳ προσώπῳ,
    ἤρἐ ὄττι δηὖτε πέπονθα κὤττι
    δηὖτε κάλημι

    κὤττι μοι μάλιστα θέλω γένεσθαι
    μαινόλᾳ θύμῳ, τίνα δηὖτε πείθω
    μαῖς ἄγην ἐς σὰν φιλότατα τίς τ, ὦ
    Ψάπφ᾽, ἀδίκηει;

    καὶ γάρ αἰ φεύγει, ταχέως διώξει,
    αἰ δὲ δῶρα μὴ δέκετ ἀλλά δώσει,
    αἰ δὲ μὴ φίλει ταχέως φιλήσει,
    κωὐκ ἐθέλοισα.

    ἔλθε μοι καὶ νῦν, χαλεπᾶν δὲ λῦσον
    ἐκ μερίμναν ὄσσα δέ μοι τέλεσσαι
    θῦμος ἰμμέρρει τέλεσον, σὐ δ᾽ αὔτα
    σύμμαχος ἔσσο.

     

     

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