Los Lakers como metáfora de identidad y de amor

En casa, este año pasamos horas mirando los juegos de los Lakers, como ocupación que unió a la familia durante la temporada que terminó abruptamente el domingo.

A veces jugaban tan mal como en la debacle contra Dallas que los eliminó del campeonato. Otras, cuando los dioses del básquetbol lo concedían, las estrellas del firmamento estaban perfectamente alineadas y las de la cancha lo querían y uno o dos de las del rival no jugaban, pues ellos ganaban.

Ver por TV, juntos, a los Lakers fue como hallar un nuevo denominador de amor. O quizás todo lo contrario: es tarde, estamos cansados, los niños ya duermen y estamos aquí tirados en la sala sin poder movernos, y entonces: honey, juegan los Lakers.

Lo hicimos con la casi certidumbre de que estos profesionales a un costo salarial anual de 92 millones de dólares, eran y serán siempre, los campeones de la NBA, o como aquí les llaman pomposamente, los Campeones del Mundo. Eso nos convertía, más que en fans, en hinchas, incluyendo la connotación de inflados o inflamados que este vocablo contiene.

En los Lakers hizo eclosión este año el sistema de Estrellas de Hollywood. No contentos con practicar un deporte, algunos de los jugadores se hicieron actores o pretendieron serlo. Y quienes no, al menos fueron expertos en el arte de dar entrevistas. Jugarondurante un prolongado lapso, de supermanes.

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Hasta el domingo, cuando los Lakers murieron de una muerte anunciada, perdiendo por 122 a 96 a los Mavericks de Dallas.

No lo olvidaremos.

Entonces, ¿dejamos de ser fans, si eso fuimos? Quizás. Demasiada desazón.

Desde muchos años antes de emigrar a Estados Unidos los Lakers – los de Magic Johnson, de los años 80 – simbolizaban “America”, el país que a la distancia se antojaba fabuloso, una verdadera jauja, la prosperidad por antonomasia y entre comillas. Desde mi país se transmitían las finales de la NBA, que por el cambio de horario iniciaban después de medianoche. Muchos miles los seguían y celebraban.

Y una vez aquí, me enorgulleció el hecho que pude comprar entradas para uno de sus partidos en el viejo estadio Forum de Inglewood para ir con mis hijos. Allí jugaban con ese estilo supuestamente fácil, con habilidad, con el deseo de controlarlo todo. Con alegría. Con los años perfeccionaron su misterioso “triángulo ofensivo”.

Pero no fue suficiente contra el modo intuitivo, veloz, atlético, inspirado, gritón, con que se juega actualmente el básquetbol profesional.

Como nosotros, los Lakers envejecieron. Siguieron, eso sí, practicando el arte de la pretensión: “No tenemos que olvidar que somos quienes somos”, decía uno de ellos a la prensa dos días antes de la terrible derrota.

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Y cuando en mayo pasado, durante las protestas contra la ley migratoria SB1070 en Arizona, el equipo de Phoenix se presentó como Los Sun de Phoenix, y el de Los Angeles les siguió como Los Lakers, sentí que quizás, por esta vez, eso sí, ellos eran parte de mí.

Claro, hasta el partido del domingo.

Perfil del autor

Fundador y co-editor de HispanicLA. Editor en jefe del diario La Opinión en Los Ángeles hasta enero de 2021.
Nació en Buenos Aires, Argentina, vivió en Israel y reside en Los Ángeles, California. Es periodista, bloguero, poeta, novelista y cuentista. Fue director editorial de Huffington Post Voces entre 2011 y 2014 y editor de noticias, también para La Opinión. Anteriormente, corresponsal de radio. Tiene tres hijos adultos que son, dice, "la luz de mi vida".

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