Los peregrinos a mi pueblo
Son cientos los que cada año recorren unas 50 millas desde Nogales a Magdalena de Kino para pagar una manda a un santo en Sonora: san Francisco Javier... Los veo caminar y me imagino sus historias: el sufrimiento, la necesidad o el agradecimiento. Se destrozan los pies, las rodillas y el espíritu en busca de una bendición...
Bienvenidos a México, dice el letrero desgastado que cuelga sobre la garita de los Nogales. Uno lo dibuja con la imaginación hasta pintarle las letras carcomidas que le hacen falta. No queda de otra; hay que esperar. De octubre a enero es siempre igual: congestionamiento de camiones, autos y almas que cruzan fronteras de ida y vuelta.
Cuando termino de colorear el rótulo en la mente, bajo la mirada y veo la carretera llena de baches, quesadillas, colectas y burritos; siempre viva y traicionera. Pasando el 21, hay una fila de chalecos fluorescentes que reflejan los faros de otra línea igual o más larga de autos. De un lado van ellos, los caminantes, y del otro, los viajeros que quizá no tienen idea del acto de fe que están presentando. Los observo y los honro.
Son cientos los que cada año recorren unas 50 millas desde Nogales a Magdalena de Kino para pagar una manda a un santo en Sonora: san Francisco Javier, a quien -irónicamente y por una larga historia- se le celebra el día de san Francisco de Asís. La tradición no ha muerto y, a pesar de las crisis de fe, la devoción no cede ante la indiferencia.
Los veo caminar y me imagino sus historias: el sufrimiento, la necesidad o el agradecimiento. Se destrozan los pies, las rodillas y el espíritu en busca de una bendición… solo su sacrificio sabe el peso de su clamor. Unos son primerizos, por la urgencia de la petición o lo grande del milagro concedido; otros lo han convertido en tradición que se hereda por generaciones. Andan con paso firme, para que sus huellas guíen a los otros que vienen detrás.
Y empiezo a dibujar en mi mente su camino. Imagino que los pasos son su plegaria, y la jornada, su cruz. Los sigo con mis sentidos y la consciencia, solo para descubrirme a mí como otra caminante que no anda en veredas, pero sigue peregrinando cada año de vuelta a casa, ahí a una cuadra de donde tantos levantan la figura del santo.
Yo también le he rezado. Yo también le he pedido. Yo también le he dudado. Yo también he hecho mandas de las que no hablo. Yo también le he bailado. Sé que no es una cuestión de credos. Conozco a muchos que dicen ser ateos, pero son devotos de san Francisco y algunos también guadalupanos. Soy testigo de los pueblos originarios y ancestrales que lo veneran, lo honran, le cantan y le confían, más allá de los preceptos de una iglesia a la que ven ajena, impostora y sangrienta.
Todos, desde nuestra trinchera, emprendemos un viaje más allá de lo físico motivados por la fe que nos mueve o la que nos provoca nostalgia. Es una penitencia y una promesa a la vez. Es llegar rengueando a una capilla tras un peregrinaje que nos curte. Es las ganas de aferrarnos a algo, al milagro en sí que es todavía creer, y soltar el duelo en ese santo que yace en mi pueblo, que tiene fama de ser un remanso, pero muy cobrón.



