“Los selk´nams somos un pueblo preexistente que aún sigue vivo”

Fundadora de la Secretaría de Pueblos Originarios de Tierra del Fuego y del espacio político “Haruwen”, Vanina Ojeda Maldonado es referente ineludible de la comunidad selk´ nam (“onas”, para sus vecinos, los yámanas del sur) y actual subsecretaria de Gestión, Promoción y Fortalecimiento en Derechos y Organización Comunitaria de la Municipalidad  de Ushuaia

Dicen que los selk´nams no mueren; que sus espíritus se quedan en la sangre de sus hijos y la caminan en círculos como sus pies al “haruwen” (territorio); que la palabra “muerte” no se usa jamás para hablar de un antepasado que se ha ido. Y quizás por eso es que nunca tuvieron ritos funerarios y los cuerpos apenas se tapaban con tierra. Sin embargo, aquel compañero enterrado, pasaba a ser parte de un presente absoluto; un ciudadano de esa oralidad vuelta memoria (o viceversa) en la que se disolvía el tiempo y los espíritus se comunicaban a través de los sueños.

Miembros del pueblo selk’ nam con sus vestimentas típicas de cuero de guanaco, 25 noviembre 2022, Ushuaia. FOTO: Gentileza de Vanina Ojeda Maldonado

Dicen que los selk´nams no mueren; y el caso de Vanina Ojeda Maldonado acaso sea el mejor ejemplo. Perteneciente al pueblo selk´nam y nativa originaria desde el inicio del genocidio, su tatarabuela fue la célebre Cristina Alkan, que aparece en varios libros de historia y antropología. Su abuela, Herminia Vera Eliogen, se crió en la misión salesiana de Río Grande y convivió con Lola Kiepja y Angela Loij, principales fuentes orales de la antropóloga Anne Chapman; mientras que su tía, Margarita Maldonado, es una incansable luchadora y escritora. Por su parte, su madre Gloria, con 77 años es una de las referentes más longevas de la comunidad.

¡Viven!

“Vas a escuchar por todos lados que los selk´nams estamos extinguidos, que nos hicieron desaparecer, que con Lola Kiepja se murió la última ona… -dice Vanina en el cuarto piso del hotel Lennox, un bar con vista al canal del Beagle- ¿Vos creés, después de todo lo que te estoy contando, que los selk´nams estamos extinguidos o que estamos muertos?

Lola Kiepja. FOTO: Iván Wielikosielec

Mientras corra sangre por nuestras venas, todo nuestro pueblo seguirá vivo. Perpetuamos nuestra sangre y cultura y no estamos en peligro de extinción. Eso fue lo que me pasó a mí, pero también a mi mamá, a mi tío Rubén, a mi tía Margarita… A todos. En Tierra del Fuego somos más de dos mil; y estamos repartidos también en otras provincias, donde muchos selk´nams se fueron a vivir ¿Te parece que estamos muertos?”

-¿Cómo definirías a los selk´nams en el siglo veintiuno?

-Los selk´nam somos un pueblo preexistente que aún sigue vivo; somos una nación dentro de otra nación y estamos en pleno proceso de recuperación territorial y cultural. Buena parte de la Isla Grande fue y seguirá siendo nuestro “haruwen”. Nuestro pueblo sufrió una masacre pero no nos extinguieron. Nos prohibieron hasta nuestra lengua, pero a pesar de lo que muchos creen, el idioma selk´nam aún no está perdido. De hecho, estamos trabajando con los ancianos de nuestra comunidad en una gramática mucho más completa que la de Beauvoir y los padres salesianos de 1915, ya que ellos no tenían la fonética que sí tenían y tienen nuestros mayores.

 -¿Y a esto lo saben en Tierra del Fuego?

-Sí, lo saben porque estamos haciendo un gran trabajo de difusión. Durante el tiempo que duró mi cargo en la secretaría, armé muchos  proyectos en derechos humanos indígenas; siempre con la participación de las comunidades. Dimos capacitación a la policía de la provincia, incluimos a nuestros hermanos visibilizando la historia, recuperamos las raíces ancestrales y conseguimos la modificación de la ley 29; es decir que cambiamos el “Día del Indígena Fueguino” por el “Día del Genocidio Selk´nam”. Hoy, desde la subsecretaria ende la Municipalidad de Ushuaia, llevamos adelante el programa “Pueblos Originarios en el aula”. Vamos por todas las escuelas de la ciudad no sólo para tomar conciencia de nombres y toponimias sino, y sobre todo, para hablar de nuestro pueblo y de la identidad de nuestro lugar.

-Decíme algo más de los nombres y las toponimias…

-Es simple, muchos chicos dicen cada día un montón de palabras selk´nams que no saben lo que significan; como Karukinka, Klokotén, Harowen o Hain… Y la idea era contarles a ellos lo que había detrás de cada palabra. Porque aunque nos hayan silenciado durante mucho tiempo, todavía hay un eco. Y detrás de ese eco, aún resuena nuestra historia.

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-¿Cómo empezó el trabajo de recuperación cultural de tu pueblo?

-Con algo tan sencillo como el reconocerte selk´nam; cosa que hasta no hace mucho estaba prohibido o era mala palabra. Y uno de los que comenzó con esa tarea fue mi tío, Rubén Darío Maldonado. Cuando tuvo que hacer el servicio militar y le preguntaron por la nacionalidad de su madre, dijo que era indígena. Es decir, que su madre pertenecía a la nación selk´nam. Fue un poco el principio de lo que hemos venido haciendo en los últimos años. De hecho, llevamos un censo de todas las personas que se reconocen selk´nams, ya que podemos rastrear su genealogía gracias a los archivos de los salesianos y a la fe de bautismo de cada uno.

 -¿Por qué razón era tan difícil reconocerse indígena?

-Porque hasta no hace mucho, acá te mataban por ser indígena o por hablar la lengua selk´nam. No te olvidés que durante buena parte del siglo veinte, tu vida o tu oreja valían una libra esterlina; o el pecho de las mujeres valía cinco libras. Y nuestro pueblo nunca lo olvidó. Por eso es que mucho del idioma se perdió, aunque no del todo. Mi abuela lo hablaba de chica y contaba que, si no hubiera habido tantas prohibiciones, lo hubiera mantenido intacto. A ella no la dejaban hablar en su lengua materna aunque recordaba muchas palabras.

Aquella mañana de 1886

Si bien las aproximaciones y los enfrentamientos entre el hombre blanco y el pueblo selk´nam datan del siglo XVI, hubo una fecha que marcó el inicio de la masacre. Fue el 25 de noviembre de 1886, cuando el capitán Ramón Lista desembarcó en Puerto San Sebastián para explorar la región. Y como no pudo tomar prisioneros indígenas, abrió fuego contra una toldería asesinando a 28 selk´nams, matando hombres, mujeres y niños. “Los hechos quedaron registrados en la bitácora de viaje del barco y se la considera la primera masacre documentada” explica Vanina, mientras en el Beagle el pesquero se hace a la mar como aquel barco y la noche parece no tener fin en Tierra del Fuego. Esa mañana, se ponía en marcha un exterminio que duraría 40 años ininterrumpidos; una noche demasiado larga también. A partir de entonces, no sólo los selk´nams  fueron perseguidos y asesinados por terratenientes o buscadores de oro, sino también reducidos a las misiones salesianas o privados de sus derechos por el Estado argentino.

“El año pasado, logré que la legislatura reconociera aquella fecha. Y se declaró el 25 de noviembre como el Día del Genocidio Selk´nam, siendo que antes era el Día del Aborigen Fueguino ¿Te das cuenta de la diferencia? Antes, era un día para celebrar con ponchos y cabritos, siendo que ahora es un día para tomar conciencia. Así que el pasado 25 de noviembre, hace apenas dos meses, por primera vez conmemoramos ese acontecimiento. Lo hicimos con nuestra gente de la Comunidad “Rafaela Ishton”, vestida con pieles de guanaco y pintadas, como en tiempos de libertad. Además, inauguramos la muestra fotográfica en el Paseo de las Rosas. Fue algo muy conmovedor para todos nosotros…”

Y, efectivamente, quien recorra esa muestra a cielo abierto en la costa de Ushuaia, no podrá dejar de emocionarse ante las imágenes; muchas de ellas tomadas por el padre Martín Gusinde hace cien años ya. En esas postales, desnudas como sus protagonistas, se ven familias enteras caminando con arcos a orillas del Lago Fagnano (el “Kaken Shown” de los selk´nams), al “cazador” rumano Julius Popper abriendo fuego con varios cadáveres indígenas a sus pies o al traficante de esclavos francés, Maurice Maître, posando con los once selk´nams que se llevó secuestrados a la Exposición Universal de París y mostró como “caníbales del fin del mundo”.

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Grupo selk’nam con hombres blancos. FOTO: Iván Wielikosielec

Sin embargo y amén de la masacre, también hay fotos maravillosas; como el “Tanu” del Hain, un “espíritu” en la ceremonia de iniciación de los jóvenes en la caza, pintado de rojo sangre y punteado de blanco. También la de Cristina Alkan, bautizada en 1913 a los 40 años (tatarabuela de Vanina) o el maravilloso retrato de Lola Kiepja, la última chamana ona con la traducción de uno de sus cantos:

“Aquí estoy, cantando./ El viento me lleva./ Estoy siguiendo las pisadas/ de los que murieron/ Se me ha permitido venir a la montaña de poder./ He llegado a la gran cordillera del cielo./ El poder de aquellos que se fueron, vuelve a mí/ y yo entro en la casa de la gran cordillera del cielo./ Los del infinito me han hablado”.

Pueblo de mujeres súper poderosas

-¿Qué cosa diferencia al pueblo selk´nam de los demás?

-Que es un pueblo organizado y trabajaba con la dualidad hombre-mujer de manera natural y permanente. El pueblo, según la leyenda, nace del matriarcado. Y aunque luego se diga que los hombres descubrieron una treta femenina y se volvieron patriarcales, no es así. Al poder lo siguen conservando las mujeres. Pensá que todas las referentes selk´nam, desde Lola Kiepja, Angela Loy y Rafaela Ishton, hasta Herminia Vera o Amalia Gudiño, diputada indígena mandato cumplido, fueron mujeres. Y quienes nos seguimos organizando y ganando derechos, somos mujeres también. Por eso, como pasa con la Ley Micaela, deberíamos tener una ley en derechos humanos indígenas que capacite al Estado; una en donde las mujeres indígenas sientan que se las incluye, que se respete la cosmovisión, la cultura y a nuestras educadoras ancestrales. En nuestro pueblo, el derecho de la mujer era algo natural y existía desde siempre. Y ese es nuestro orgullo.

-¿Qué me podés decir, entonces, de las mujeres de tu pueblo?

-Que lograron marcar esas huellas de las que habla Lola KIepja para que nosotros las sigamos. Ellas siempre reivindicaban a nuestros ancestros, del mismo modo que ahora nosotros las reivindicamos a ellas. Pero las pobres murieron abandonadas por el Estado argentino, esperando una reparación histórica que nunca les llegó. Tanto a Lola Kiepja como a Ángela Loij, las usaron de informantes o como cobayos de estudio; desde la antropóloga Anne Chapman a la gente de las misiones. Pero no les restituyeron ni un solo derecho. Siempre se folclorizó la historia, y se romantizó incluso; ocultando lo malo que vivieron y aún vive nuestro pueblo.

-¿Y el padre Gusinde?

-El padre Gusinde era salesiano y también les impuso su cosmovisión y los tomó a los selk´nams como “seres de estudio” y no como “seres de derecho”. Pero a él le debemos muchas fotos, su maravilloso libro y, sobre todo, su denuncia. Porque Gusinde fue el primero en denunciar el genocidio. Él vino varias veces a Tierra del Fuego, y en su diario del segundo viaje escribe: “cada vez hay menos selk´nams… No hay dudas de que los están matando”.

Soplando en el viento

-Hablando de derechos, ustedes consiguieron algo inédito en el país: la restitución de tierras….

-Sí. Y aunque todavía no podamos hablar de reparación histórica, se ha conseguido algo muy importante; que se nos devuelvan 36,000 hectáreas. En realidad, iban a ser 45,000 pero debimos ceder 15,000, que son aquellas sobre las cuales se levantó el pueblo de Tolhuin (“Corazón”, en idioma selk´nam). Eso se debe a que el presidente Marcelo T. de Alvear se comprometió, a principios del siglo veinte, a devolver ese territorio a los pueblos preexistentes. Y el pueblo se organizó para recuperarlas en la legislatura, ya reconocidos en la reforma de la constitución nacional del año ´94 y con nuestra personería jurídica de carácter declarativo.

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Avenida de los Selk’ nams. Cartel de Tolhuin. FOTO: Iván Wielikosielec

-O sea que hubo recuperación gracias a los documentos de la Iglesia…

-Esos documentos sirvieron para armar nuestro árbol genealógico y ver que antes de la conformación del Estado, la iglesia los dividía por etnias, como a las mujeres de mi pueblo. Desde mi tatarabuela, bisabuela y abuela, todas las mujeres fueron bautizadas como onas. Y en este sentido, los documentos de la iglesia o misiones son archivos importantes para reconstruir la historia. Somos la única comunidad indígena en el país a la cual se les han devuelto tierras con títulos de propiedad comunitaria. Tenemos personería jurídica y se nos reconoce como preexistente a la conformación del Estado argentino. Por si esto fuera poco, nuestro “haruwen” es un lugar maravilloso, donde de a poco estamos volviendo a vivir…

 -A eso lo consiguieron durante tu gestión, pero ya no estás más en Pueblos Originarios…

-Ya no… Trabajé desde 2019 a 2022 en la secretaría que yo jerarquicé, ya que antes era sólo una subsecretaria de pueblos originarios y culto. Pero logré que se separara de culto para poder planificar políticas públicas con los pueblos.

Vanina Ojeda hablando el 25 noviembre 2022, durante la conmemoración del Día del Genocidio Selk’ nam. FOTO: Gentileza de Vanina Ojeda Maldonado

Acá en Tierra del Fuego, hay muchos indígenas de otras provincias. Y las políticas a trabajar van desde la educación y cultura hasta ambiente y salud… El trabajo es amplio y transversal a todo. Pero igual me fui. No podía seguir formando parte de un gobierno absolutamente individualista. Por eso, en pandemia, armamos un partido político, el Movimiento Territorial y Cultural Haruwen, para poder planificar políticas inclusivas con vecinos de Tierra del Fuego y poder representar desde otro lugar. Hoy estoy agradecida al intendente de Ushuaia, Walter Vuoto, que me convocó para continuar con la inclusión de pueblos originarios desde la municipalidad.

-¿Cómo te convertiste en la primera secretaria de Pueblos Originarios?

-Si te lo cuento, no me lo vas a creer… Una vez tuve un sueño muy fuerte.  Me veía dentro de un “kawi”, que es un ceremonial con un gran fogón y un hermano selk´nam. Y alguien me soplaba un  polvo  en la cara. Yo abría los ojos y veía toda Tierra del Fuego desde lo alto. Estaba removida y vacía.  Me desperté y parecía real. Lo tomé como una señal o un mensaje para empezar a trabajar por la historia de mi pueblo. Cuando le conté el sueño a mis tías Margarita y Estela, me dijeron: “tu abuela Herminia nos contaba  que Lola Kiepja curaba a la gente así, soplándole en la cara la energía de todos los ancestros y caminándole sobre la espalda”. Yo a eso no lo sabía, pero a los pocos días de haber tenido ese sueño, me convocaron para ocupar el cargo en el gobierno, el de secretaria de Pueblos Originarios. Y yo lo tomé como algo providencial… Nuestros mayores dicen que los selk´nams nunca mueren, que solo son enterrados tras su ciclo vital y que luego vuelven en la sangre y en los sueños dándonos mensajes. Y Lola Kiepja, Ángela Loij y todos nuestros antepasados aún están con nosotros. Ellos nunca se fueron de aquí.

Perfil del autor

Escritor y periodista argentino (Córdoba, 1971). Ha publicado libros de relatos y poesía (“Los ojos de Sharon Tate”, “Príncipe Vlad”, “Crónicas del Sudeste”) y desde hace diez años reside en Villa María, Córdoba, donde colabora para diversos medios gráficos e instituciones culturales.

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