1

-Vení a comer raviolón el sábado -me dijo mi nona en la carnicería de Eusebio.

Me había encontrado con la vieja de pura casualidad porque mi madre me había mandado a comprar carne molida a un lugar donde nunca iba.

-El sábado tengo catequesis -le dije.
-No importa, te venís a la salida.
-Pero es que salgo a las dos…
-El nono te quiere ver -fue toda su respuesta.

Y como siempre me pasaba, a la sola mención del viejo yo decía que sí inmediatamente.

2

Yo lo quería mucho al nono. Además de eso, iba a aprovechar para seguir con las clases de ruso y llevaría mi cuaderno. Lo que mi abuela no sabía era que, si yo evitaba su casa no era por ellos, si no para no tener que cruzármelo a mi padre que, aunque vivía en otro pueblo, sábado de por medio almorzaba ahí.

Hacía más de un año que no veía al creador de mis días, desde los tiempos en que me enseñaba a dividir por dos cifras en la estación. Por alguna razón que yo ignoraba, siempre que salía de esas clases me volvía tan mal a mi casa, que apenas cruzaba las vías empezaba a llorar. Pero una vez en mi casa, la cosa no era mucho mejor. Mi madre estaba con el televisor prendido a todo volumen fabricando albóndigas con sus manitos de nena psicótica y mirándome con sus ojos de mujer alienada de toda idea de familia. Entonces, sacando la tapa de una olla de agua hirviendo, tiraba las municiones de carne. Eso era para ella cocinar. Después, con la hornalla encendida, se iba a mear con la puerta del baño abierta; y en depresivos atardeceres cuya atmósfera opresiva nunca olvidaré, se quedaba llorando al oscuro, sentada durante más de media hora en el inodoro.

3

El sábado en la catequesis la maestra dijo: “Hay que amar al prójimo, hay que tratarlo con bondad”. Le dije que no entendía lo que acababa de decir.

-¿Qué cosa no entendés?

A mi alrededor, el Ñoño y el Cachete se burlaban de mí. En cambio el Vicente estaba más bien preocupado. No sólo porque yo no respondía, sino porque estaba visiblemente turbado. Para colmo, el Vicente me ponía nervioso. Creo que porque tenía cara de santo de las estampitas. Yo lo encontraba igual al ángel impreso en la invitación que la Marielita (“la hija de la mujer más católica del pueblo”, según mi madre) ya andaba repartiendo para la comunión, esa que al igual que la nuestra, tendría lugar en dos meses.

A pesar de aquellas risas burlonas, yo sabía que ni el Ñoño ni el Cachete habían entendido una palabra de lo que la maestra había dicho. Y al mirar la cara de la seño, se me ocurrió que quizás tampoco ella había entendido.

“La bondad es cuando alguien te da algo sin esperar nada a cambio”, me había dicho. Y eso me había turbado más aún. ¿De qué me hablaba esa mujer?
Por suerte tenía en la mano mi cuaderno de ruso y su sola presencia me tranquilizaba.

Salí del salón parroquial y enfilé para la estación. Pero al cruzar la canchita del ferrocarril y ver frente a la casa de mi nona el auto azul de mi padre, me pegué la vuelta. Fue entonces cuando en la estación me lo crucé al Ruli.

-¿Vas a la cancha esta tarde? –me dijo.
-Qué, ¿hoy sábado juega Talleres?
– Sí, contra San Carlos de Noetinger. Se adelantó la fecha.
-¿Y a qué hora?
-La segunda empieza a las dos.
-Bueno, después de comer voy.
-Nos vemos allá -me dijo el Ruli, que también se iba a comer a lo de su tío de atrás de la vía.

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Me acuerdo que esa tarde hacía mucho frío y la canchita estaba encajonada en un banco de niebla como en las películas inglesas. El arco que daba a la plantación de eucaliptos de donde sacaban leña los hijos de Guzmán, apenas si se divisaba como los fierros de un barco hundido. Cuando me di vueltas para verlo al Ruli, se perdió al fondo del camino como una aparición, como un niño vampiro que viene de chuparle la sangre a su hermanito y se disuelve en las tinieblas.

4

El reloj de la iglesia marcó la una cuando llegué a casa. En la penumbra de la cocina, mi abuelo masticaba un pegajoso bocado. El televisor, prendido según mi madre como música de fondo, transmitía un noticiero del agro a un volumen de locura. Pero si había algo que había aprendido el viejo en todo este tiempo era el estoicismo. No se quejaba, no hablaba, casi no existía cuando estaba en la casa. Afuera, el bombeador eléctrico estaba prendido y mi madre lavaba la ropa.

-¿Y vos no te ibas a comer a lo de esa vieja culo caliente? -me había dicho la creadora de mis días al referirse a su ex suegra- Si no vas, ahí tenés las albóndigas… Pero más vale que duren…

Así que la hija de mi abuelo hecha una furia, se fue a escurrir sábanas al patio. Yo destapé la olla y vi aquello: decenas de cabecitas de carne molida flotaban como ahogados en una pileta de acero inoxidable. Estaban ahí, hundidas en una salsa color tierra con lamparones de aceite, como el naufragio de algún barco petrolero en el océano. Bajo la olla, manchones de grasa ponían lunares de leopardo al hule sucio.

-Cómo andás, abuelo –dije. Y el viejo me hizo una mueca con la boca llena que quería decir que todo estaba bien. Entonces mi madre volvió a entrar y dijo:
-¿Sabés por qué tu abuelo está tan apurado? Para irse a timbear al club. Él se va siempre y vos también te vas a ir un día y me vas a dejar sola como ese infeliz de tu padre… (Pausa)… Cuando termine de lavar la ropa no los quiero ver más en la cocina… Les aviso… Dan la película que…

Pero yo, sin dejarla terminar, me voy al patio, arranco unas mandarinas de la planta y me voy a la cancha.

5

Apenas si es la una y media y cuando llego; y no hay nadie excepto los hombres del buffet. Al poco rato llegan los jugadores de las inferiores y se cambian en los vestuarios derruidos. Así que no tengo más remedio que verme todo el partido de la segunda, que empata uno a uno con un golazo de tiro libre. Se acerca la hora del partido de primera y de a poco van llegando autos con hinchas locales y el colectivo con los jugadores visitantes. Entre la procesión de coches, el Ruli me hace señas desde el Renault 12 de su padre y me señala el arco del frente. Entiendo el mensaje.

Como siempre, nos reunimos en el esqueleto de hierro de un cartel al que trepamos y usamos como tribuna exclusiva. Desde allá arriba aplaudimos la entrada de Talleres y tiramos la bolsa de papelitos que el Ruli siempre trae. El partido se ha puesto muy difícil porque nuestro equipo, que ganaba uno a cero, pasa a perder dos a uno. Pero cuando faltan cinco minutos lo empata con un cabezazo y en tiempo de descuento pasa lo increíble: una corrida impresionante del Tigre que va a buscar un pelotazo al ras del piso del Kico y cuando sale el arquero de Noetinger se la toca al segundo palo. “¡Gol, gringos y la puta madre que los parió! ¡Golazo! ¡Golazo!”. Y con el Ruli nos abrazamos cantando “que esta tarde cueste lo que cueste…”. Los dos estamos más llenos de tierra que si hubiéramos jugado los noventa minutos.

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6

De vuelta a casa, el panorama ha empeorado sensiblemente. Y aunque vengo exultante por el triunfo de Talleres, mi madre se encarga de aplacar todo estado de gracia.

-¡Miráte la mugre que tenés! ¿A dónde estuviste?
-¡Ma! ¡Le ganamos tres a dos a San Carlos de Noetinger!
-¡Qué me importan esos boludos del fútbol! Sos igual que tu padre! ¡Dejás todo para ir a ver un partido de mierda! …Ni que eso les diera de comer…

Por la tele, una película de romanos con rostros de Hollywood pone música de tragedia a un atardecer cada vez más sombrío. En la mesa, al lado de los deditos de uñas comidas de mi madre, había papelitos de caramelos rotos como papel picado. “Son los nervios” me había dicho una vez mi tío, “tu madre es un ser muy nervioso”. Y yo me había quedado impresionado con esa frase. Mi madre era “un ser”. No era una vieja ni una señora ni una mujer de pueblo. Era “un ser” especial, “un ser” triste, “un ser” abatido. Pero “un ser” antes que todo. Vi la olla de albóndigas que seguían en el medio de la mesa y pensé en que aún no había comido.

-¿Te vas a quedar parado ahí como un infeliz? -me dijo. Entonces volví a salir a la calle. Las luces del pueblo se habían encendido. Los autos daban vueltas despacio y algunas compañeritas de comunión, bañadas y perfumadas, caminaban en grupo agarradas del brazo por la avenida principal. La temperatura había bajado muchísimo y yo, sin saber a dónde ir, me encaminé una vez más a la casa de mi nona. El auto de mi padre aún seguía estacionado. Pero esta vez en lugar de volverme sobre mis pasos, seguí caminando por el perdido Bulevar Rosario. Y así fue como pasé frente a la casa de doña Delia, frente a la casa de Guzmán y luego me detuve unos minutos frente a la casa de Junco. Era una casita pintada de rosa y había luz adentro. Divisé la silueta de Junco moviéndose en el cuadrado de la ventana. Junco le cambiaba revistas a mi padre y era muy bueno conmigo. Me hubiera gustado golpearle la puerta para saludarlo pero no tenía mucha confianza con él. Entonces empezó a levantarse un viento triste y helado. Los eucaliptos de la plantación soplaron un silbido de pájaros chocando entre sí sus hojas secas. El aplauso de los muertos, pensé, y seguí caminando. Pasé los elevadores de cemento de los silos, pasé la cooperativa, pasé la casa del Rengo Aguirre y finalmente el negocio de los Luna, que era el último punto civilizado del pueblo y que justo apagaba las luces. Sabía que el Vicente vivía más adelante y por la misma calle perdida, casi llegando al cementerio. ¿Pero qué iba a hacer yo en lo del Vicente con su cara de angelito? Por otro lado, yo nunca lo había ido a visitar en toda mi vida.

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7

Entonces, casi sin pensarlo, me detuve frente a una rosada vivienda de techos bajos. La casa se parecía a una capilla. Por el cuadrado de la ventana cubierto por una cortina roja, se agitaban unas sombras. Desde su cálido interior salían risas y ruidos de cucharas, de platos, de ollas. Nada de televisión. Nada de radio. Sólo risas, gritos de chicos jugando y voces que hablaban fuerte con una especie de algarabía. En ese instante salió una señora gorda con un hombre joven a tirar un balde de agua al patio de tierra. La mujer me saluda y yo la saludo sin conocerla. Luego el hombre se mete adentro y la señora dice fuerte, como hablándole a toda la familia: “¿Pero ese chico no es el amiguito del Vicente?”. Entonces yo, rojo de vergüenza, intento reanudar mi marcha sin rumbo pero ya es demasiado tarde: el Vicente acaba de salir afuera y me llama. Su carita rubia en medio de la noche es, realmente, como una aparición en una película de vampiros. “Dice mi mamá que pasés”. Así que mi compañerito de catequesis me guía hasta el interior del rancho. Una vez allí, veo un espectáculo único para mí. Una larga mesa de madera sin mantel ni hule, tan simple que me conmueve. A los costados, largos bancos como de iglesia. Y en ellos, veo sentada a toda la familia Miranda: Vicente y sus once hermanos. Algunas mujeres tienen un bebé en brazos. Otras, junto a sus maridos, cuidan nenes que juegan en el piso de tierra. Han de ser unos veinticinco en total. Y su mamá, doña Lita, no para de fritar milanesas. Una tras otra como en un buffet de campo. Los hermanos de Vicente me hacen sentar a la mesa. Todos me miran y se ríen pero de alegría; con bondad. Y es la primera vez en toda mi vida que creo entender la frase de mi maestra de catequesis; porque esa frase sólo tiene sentido para mí a partir de ese momento. Doña Lita pone una bandeja inmensa repleta de milanesas en el medio de la mesa y cada uno agarra la que quiere y la mete en un pan. Un hermano del Vicente, el mayor, me ofrece limón. Al frente mío, mi amiguito me mira, parpadea y luego baja la cabeza con timidez. Yo me río también y se reanuda la charla.

-¿Y qué andás haciendo por acá? -me pregunta doña Lita.
-Nada; me iba al cementerio a ver la tumba de mi abuela –contesto; y no sé por qué tengo esa ocurrencia. Pero la mujer se persigna y, en sintonía con mis palabras, le dice al Vicente:
-Acordáte nene que mañana tenemos que ir a llevarle flores al papi, ¿eh? -Y el niño asiente con sumisa obediencia.
Yo agarro el pedazo de limón, lo exprimo sobre la milanesa color arena que tengo entre los panes, y sin mediar palabra alguna me dispongo a cenar.

Este cuento pertenece al libro “Los ojos de Sharon Tate”, Ediciones Llanto de Mudo, Córdoba, 2012.

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