Los silencios del infierno
"No me salen las palabras para digerir todo lo que sentí al recorrer los museos, observar el Holocausto, leer cómo la prensa hablaba entonces del Tercer Reich y cómo los titulares avivaron tanto el infierno que se avecinaba tan descarado..."
A Alemania me la imaginaba tal cual la vi. Iba con muchas ideas preconcebidas por la historia, los estereotipos y los libros: la guerra, el Oktoberfest, la comida y la frialdad. Es un país bellísimo que no oculta las cicatrices de las batallas libradas; al contrario, aireó las heridas y dejó que se secaran así, en lo público, para que a nadie se le olvidara el capítulo más negro de la Segunda Guerra Mundial.
“El país no deja que miremos a otro lado, aquí la página no se ha pasado”, me dijo uno de mis amigos que vive en Baviera.
Hay una pena ajena que se dibuja en los rostros de los descendientes de quienes sobrevivieron a la guerra, una que ofrece una sonrisa compasiva cuando escuchan lo que pasa en Estados Unidos en este 2025. “Los nuestros ya lo vivieron y no lo pararon… quizá ustedes puedan, pero la guerra también será contra el silencio”, sentenció otro de mis amigos de la misma región.
El silencio. Ah.
En Estados Unidos estamos viviendo un momento histórico en el que las voces más ruidosas nos aturden e intimidan; intentan callarnos. La retórica clasifica, deshumaniza, ataca… como esas primeras etapas de un genocidio que el siglo pasado vimos, no hace tanto. Yo, que solía evitar las comparaciones, me sorprendí conteniendo la respiración al ver la historia de Alemania y ver tanto de nuestro presente reflejado en ella. Hay tantas similitudes que calan, desinflan, desalman; pero aún tenemos tiempo.
Pero… el silencio.
La polarización es otra de las etapas del genocidio y una característica marcada del autoritarismo. El centro se adelgaza hasta desvanecerse y entre todo lo demás están los brazos cruzados, la lejanía y las palabras que se congestionan en gargantas que nunca hablan. La censura llega a la fuerza o quizá se autoimpone. Es el miedo lo que pesa más; es la incertidumbre lo que mata.
Nos atragantamos de silencios.
Incluso hoy, que escribo esto con ganas de decir mucho más, pero no me salen las palabras para digerir todo lo que sentí al recorrer los museos, observar el Holocausto, leer cómo la prensa hablaba entonces del Tercer Reich y cómo los titulares avivaron tanto el infierno que se avecinaba tan descarado. Y me cuestiono si yo también estoy soplando las llamas, o ignorando una hoguera que me devorará después.
Lo siento todo, en silencio.
Aún no lo entiendo. Otros lo hacen por mí. Consuelan. En un continente alejado de casa encontré menos miradas curiosas y más de resignación. Ellos entienden de otra manera lo que vivimos y desde lejos, a veces, se ve mejor el incendio. Nadie lo sofoca. Nadie rescata. Nadie señala. Es como si el mundo solo quisiera atestiguar el momento y esperar que algo renazca de las cenizas, cuando ya todos ardimos vivos. Todo… porque no supimos romper los silencios.



