viernes, noviembre 27, 2020
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    Con Mariano Cognigni y su humor cordobés: Recalculando

    Soy una persona muy desorientada, me pierdo hasta en mi propio barrio. Una vez me desmayé y luego no encontraba el camino para volver en mí. Mis amigos, hartos de darme indicaciones hasta para ir al kiosco, me regalaron un G.P.S.

    El aparato venía con una sopapita que se pega al parabrisas del auto; ya averigüé pero todavía no inventaron un modelo que me pueda poner como collar. El cachivache traía adentro la voz de una mujer españolisima que encontraba zetas en todas las palabras y las pronunciaba muy exagerada, cada vez que decía avenida Nuñezzz me salpicaba la cara.

    Al principio la cosa marchaba sobre ruedas, ella me indicaba de lo más bien como si hubiese laburado de taxista. Me costaba entenderla un poco porque empleaba palabras como de telenovela mexicana, me decía: vire aquí, vire allí, avance recto, aparque contra la acera y cosas por el estilo. Me ofendía también que al auto le llamara carro, que el pobre estará medio traqueteante, pero tampoco es para tanto. Además me hacía pensar en otra cosa cuando me decía coja la avenida, coja la rotonda, coja la autopista; al final me la pasaba todo el día…. agarrando.

    Un hecho inició el cambio: ella había venido alertándome que debía doblar a la derecha. Pero cuando llegué a la esquina había un corte y me vi obligado a tomar por la izquierda. Silencio de radio, la gallega se quedó muda. La imaginé en su oficina virtual con un ataque de rabia, tapándose la cara con las manos, preguntándose qué tenía yo en la sesera que no entendía cuando me decían algo. Ya resignada, respiró profundo, se agarró la cabeza y me dijo:

    Recalculando

    Una palabra no son pocas palabras para quien es buen entendedor; era exactamente el mismo tonito que tienen las mujeres exasperadas cuando dicen “hacé como quieras”. De inmediato, supongo, se puso a buscar en el mapa cómo solucionar el problema.

    Al cabo de unos meses me di cuenta de que se le había pegado la tonada cordobesa y a veces hasta se le escapaban algunos modismos locales, me decía agarrá la caie, cuidao el badén, entrá acá, hacete a un lao, oriyate ahí y ia hai iegao. Cuando se enojaba, en vez de recalculando me decía un insulto aprobado por la Real Academia Cordobesa que sugiere que uno es oriundo de la mítica ciudad de Sodoma.

    Cada vez que subía alguna amiga al auto, la española se ponía como loca, hablaba con voz de bruja demoníaca y empezaba con los sarcasmos; me guiaba al zoológico si le parecía que la mina era medio fiera, al asilo de ancianos si le parecía medio vieja, al matadero si le parecía que era medio gorda y a las Ponce si le parecía que era medio pariente de ellas. Nunca conseguí que me indicara cómo llegar hasta el albergue transitorio.

    A medida que pasaba el tiempo, la mina se fue poniendo más quisquillosa, se quejaba cada vez que yo agarraba un bache, o sea, se quejaba todo el tiempo. Además se pelaba con los limpiavidrios y regateaba el precio del estacionamiento con los naranjitas. Y ni siquiera cebaba mate. Quise configurarla en modo silencioso pero no pude, las únicas opciones del menú eran: choripán, empanada, y locro.

    Siempre estaba la posibilidad de desconectarla, pero no era tan fácil, la gallega hablaba pero no era un grabador, se enchufaba pero no era una cafetera. Había como una chispa de vida en sus circuitos; quién sabe, a lo mejor hasta era capaz de superar el test de Turing. Si yo un día, cual inspector de la EPEC, le interrumpía el normal suministro del flujo eléctrico, ¿no sería un crimen digital? De sólo pensarlo se me arrugaba el coraje y otras zonas anatómicas aledañas. También hubiera podido dejar el auto sin alarma y bien dispuesto al robo; pero no nos hagamos los distraídos, aquello hubiese sido un delito: abandono de persona virtual en la vía pública real. Y yo no tendré la conciencia blanca radiante, pero tampoco la tengo hecha un dálmata.

    Un domingo a la mañana intenté hablarle; había llovido la noche anterior, la calle estaba despejada de tráfico, la ciudad toda parecía dormir acurrucada entre las mantas. Disminuí la velocidad y apagué la radio; le dije que debía ser más respetuosa conmigo y más profesional en su labor, le expliqué que el trabajo dignifica al ser humano de carne y hueso o al de silicio y transistores, pero que a cambio exige seriedad, compromiso y actitud. Ella no me respondía ni mu, seguía izquierda, derecha, izquierda, derecha como si nada, pero yo sabía que en el fondo me estaba escuchando.

    Le recité el código de ética, las normas de urbanismo y el decálogo del buen vecino. De repente me interrumpió con una de sus frases habituales aunque esta vez con un tonito de lo más avinagrado: hemos llegado a destino dijo. Presté atención, estábamos en Bajo Grande, más precisamente en la planta depuradora cloacal. Me había mandado a la mismísima mierda, literalmente hablando.

    Los aires de primavera le cambiaron el ánimo, acaso avispándole el voltaje de los circuitos, acaso recalentando sus achuras de cobre y baquelita. El asunto es que se la oía de buen ánimo, candorosa para dar indicaciones, sensual al pronunciar los puntos cardinales, la bauticé, Claudia Cardinale.

    Poco tiempo después descubrí la explicación a tan buen talante: anda en fato con Equis Veintiocho, el tipo de la alarma que habla. Se volvieron insoportables, se la pasan todo el día charlando, por ejemplo él le dice todo serio: Equis Veintiocho, activado y Claudia, con voz erótica, le responde: Coja la autopista 69 y se matan de risa con el chiste.

    Yo no sé cómo va a prosperar esa relación, pero bueno, allá ellos, es su vida, no sé si pensarán en algún día tener alarmitos y brujulitas, no sé, no me parece que él sea muy confiable, incluso sospecho que tiene una historia paralela con una contestadora automática.

    La cuestión es que esta tórtola electrónica ya ni siquiera me da indicaciones. Por favor ¿cómo hago ahora para llegar a la Calle Siete Bis?

    Originalmente publicado en Revista Matices

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