Maryvale: El barrio que merece justicia

No hizo falta escuchar los llantos en voz alta. Ver el video tan crudo del apuñalamiento del estudiante en Maryvale fue ensordecedor para todos los sentidos. La primera vez, lo vi en cámara rápida: un adolescente empuña algo y lo entierra con saña en un bulto que apenas se reconoce… era el cuerpo de otro joven tirado en la esquina de un salón de clases.

Se me revolvió el estómago. Deseé no haberlo visto.

Luego llegaron más imágenes tan crudas y violentas como en ese momento en el que sabes que el alma se le escapa a alguien.

Ahogué un grito, como muchos otros que supongo se camuflaron con el sonido de las sirenas.

Las cintas amarillas de la escena del crimen rodearon la preparatoria y se vaciaron los salones. Afuera, los que sobrevivieron y los padres angustiados por la noticia; adentro, los maestros y los testigos, los que estaban atrapados entre el shock y la incredulidad.

El crimen no pasó en las calles ni en la madrugada, la maldad no se escondió en un callejón oscuro; fue en una escuela, en el salón, frente a compañeros y educadores, en ese lugar a donde manda uno a los suyos para que estén seguros. Hoy esa escuela tiene al menos dos pupitres vacíos, y nosotros una cruz más en la conciencia.

Con el cuerpo de la víctima aún tibio, el corazón de Maryvale se encogió. Otra vez sangra por la violencia de un lugar que no ha dejado de ser “el barrio”. Hay quienes culpan a la pobreza o a la latinidad, como si la herencia y el hambre justificaran las muertes constantes en una zona en la que pocos todavía se atreven a entrar y mucho menos a entender.

Yo en Maryvale veo lucha y resistencia; veo los contrastes de la injusticia social y los sueños acariciados por generaciones. No es un paraíso, pero tampoco es un infierno… aunque en días como estos se siente como el purgatorio y, aun así, nada justifica la sangre. Ser del “barrio” pareciera cargar consigo una condena de cuerpos fríos, sienes encendidas y estigmas sangrantes; no debiera ser así.

La violencia no nace de la nada. Las escuelas tampoco son santuarios. Nos pudrimos como sociedad por el abandono, porque recortamos presupuestos sin ponerles nombre y apellidos a los expedientes de la policía de casos sin resolver o ignoramos los folders que se apilan en los escritorios improvisados de los consejeros escolares sobrecargados de trabajo; porque recorremos parques que no tienen alumbrado público o guardias de seguridad, porque la buena vida sigue siendo un privilegio y porque sobrevivir en muchas partes sigue siendo un lujo.

Una semana después de Maryvale pasó Mineápolis: dos menores asesinados, 17 heridos y un sospechoso muerto en otra escuela. Como cada vez que nos vestimos de luto, el debate del acceso a las armas de fuego se pone sobre la mesa y lo discutimos con desgana. Y pienso en Uvalde y los muchos otros tiroteos masivos; pienso en la madre que nos escribe con instancia para recordarnos que en otro lugar Texas también le mataron a su hijo.

Y el pecho se me convulsiona cuando dejo a mis hijos en la escuela, con la vulnerabilidad que les da esa inocencia. Se bajan del auto, entran al campus y me quedo inquieta. No sé qué haría si no volvieran; no sé si podría sobrevivir a que me faltaran. No soy indiferente; no puedo despojarme de la humanidad que nos debería despertar el dolor ajeno.

Maryvale merece más que luto. Merece justicia, merece paz. Mineápolis también. Cada rincón del mundo igual.

Autor

  • Néstor M. Fantini , M.A., Ph.D. (ABD), es un periodista, educador y activista de derechos humanos argentino-estadounidense que es coeditor de la revista online HispanicLA.com y profesor adjunto de sociología, en Rio Hondo College, Whittier, California. Fantini se graduó de Woodsworth College y de la Universidad de Toronto.    ////.

    Nestor M. Fantini, M.A., Ph.D. (ABD), is an Argentine-American journalist, educator, and human rights activist who is co-editor of the online magazine HispanicLA.com, and adjunct professor of sociology at Rio Hondo College, Whittier, California. Fantini graduated from Woodsworth College and the University of Toronto.

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