Para Diego, desde una vereda del ‘79

Corría el “Año Internacional del Niño”, como nos hacían escribir en el renglón de cada día, pero yo no me sentía como los demás. ¿Qué clase de niño es aquel que abandona su padre? ¿Se podía ser “niño” después de una cosa así? ¿No era mejor estar muerto?

Yo llegaba a mi casa en esas heladas noches tras haber jugado al fútbol pero mi madre miraba novelas a un volumen ensordecedor o lloraba en una hornalla de la cocina sin mirarme. Pero cuando me miraba, llegaban los insultos: ¡Miráte la mugre que tenés, hijo de puta! ¡Andá a bañarte, hacéme el favor! ¡Hacé los deberes! ¡No me contestés, basura! Pero yo no hacía caso de nada. Y entonces me iba al club con mi abuelo. Allá, el viejo me compraba una coca y yo caminaba entre las sillas buscando etiquetas de cigarrillos para armar pelotitas de papel. Cuando en el club estaba el Ruli, la noche valía la pena. Y jugábamos partidos a tres goles en la vereda. Él siempre era Boca y yo siempre era San Lorenzo. Y ganábamos un partido cada uno. Cuando el Ruli se iba, las pelotitas de quedaban pisoteadas y solas, la botella de coca vacía o con un poquito de jarabe sin gas al fondo, más deprimente aún. Yo tenía un saco de corderoy del negocio de mi abuelo pero igual tenía frío. Yo tenía una colección de tapitas en el bolsillo porque los bufeteros, apiadándose de mí, me dejaban hurgar en la basura, pero igual me sentía pobre. Llegaba a mi casa a la una, sin bañarme ni hacer los deberes. Y mi madre, aturdida por el drama del «cine de trasnoche», volvía a gritarme las mismas cosas. Pero yo no la escuchaba. Me iba a mi pieza a leer El Gráfico, y libros sobre la conquista del espacio, y a dibujar jugadores del mundial setentay ocho.

Fue una tarde de ese año y mientras tomábamos el mate cocido en el patio de la escuela cuando un chico de cuarto grado pronunció por primera vez aquel nombre: “Dicen que se llama Maradona. Dicen que es el mejor del mundo. Dicen que va a salir campeón con Argentina”. Nunca me olvidaré las palabras del “Perro”, porque encerraban una fabulosa promesa de felicidad como nadie me había hecho hasta entonces. Y así pasaba las tardes, esperando ver ese prodigio. Y el día señalado no se hizo esperar. O, mejor dicho, la madrugada. Porque en el mundial de Japón los partidos eran a las cinco. Y yo le pedía a mi abuelo que me despertara cuando jugaba Argentina. Y entonces, los dos nos íbamos a la cocina. El viejo ya casi no veía pero le alcanzaba para calentar un jarro de leche que nos tomábamos con pan, manteca y azúcar. Yo, por mi parte, como un relator le comentaba todo lo que pasaba en la pantalla. Y el cerebro del viejo debe haberse convertido en una “play station”, con un software viejo, sellado en el Líbano en mil novecientos diez. No olvidaré jamás aquel partido con Indonesia donde Diego se pasaba de a cinco o seis jugadores como si fueran maniquíes chinos. Tampoco la final contra la Unión Soviética y aquel gol de tiro libre y la vuelta olímpica. Mi abuelo gritaba también en esa cocina que, después de muchos años, parecía ser un sitio feliz. El “Perro” tenía razón. Maradona era más que Superman sólo por jugar con la camiseta celeste y blanca. Y porque Clark Kent jamás le había ganado a la Unión Soviética.

Por esos días, Maradona apareció en una propaganda que nunca olvidaré. Bajaba las escaleras algo deprimido rumbo al vestuario, y un nene que tomaba una coca le decía: “¿querés?” Y Diego, sin decirle nada, agarraba la botella y se la terminaba de un trago. El nene, desilusionado, se volvía con la botella vacía hasta que escuchaba una voz que le decía “pibe…”. Y cuando se daba vueltas, Diego le tiraba su camiseta: la diez de la selección: “tomá”. Y eso sentí yo en mil novecientos setenta y nueve, el año en que se me había terminado la coca en los bares y se me estaba muriendo la infancia. Pero vino ese muchacho que no me conocía, y sin importarle mi coca vacía me tiró su camiseta. Porque a pesar de esas botellas, yo tenía otra sed y porque a pesar de mi campera de corderoy yo estaba desnudo. Pero a partir de esa madrugada ya no lo estuve.

Sólo eso quise escribir eso unos días atrás y no pude. Lo quise hacer cuando ese muchacho llamado Diego y metido en el cuerpo de un hombre aniquilado por la enfermedad, se iba de este mundo. Y el niño que yo fui alguna vez, el niño que se dejó la coca vacía en una vereda del setenta y nueve y que también está metido en el cuerpo de un hombre aniquilado, es quien ahora te saluda. Porque gracias a vos todavía sigue vivo. Y porque gracias a tus goles sintió que aquel “Año Internacional del Niño” también era para él, como un cumpleaños al que de repente estaba invitado.

Ojalá alguna vez, el hombre que ahora soy, le pueda tirar una camiseta a un chico desnudo y hacerlo sentir vestido como vos me hiciste sentir a mí aquel día, que sin conocerme ni saber de mí, me abrigaste y me acompañaste en el cordón de aquella vereda, tan parecida a un desierto.

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Ivan Wielikosielec
Escritor y periodista argentino (Córdoba, 1971). Ha publicado libros de relatos y poesía (“Los ojos de Sharon Tate”, “Príncipe Vlad”, “Crónicas del Sudeste”) y desde hace diez años reside en Villa María, Córdoba, donde colabora para diversos medios gráficos e instituciones culturales.

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