Tiger Woods y la cultura del adulterio

Tiger woods y la cultura del adulterio

Me rindo.

Voy a hablar de Tiger Woods.

Ya sé que es un poquito tarde, ¿no? ¿Por qué no habló de él cuando recién se supo de sus amoríos, Lerner? ¿O el otro día, cuando anuncio su prematuro retiro de las canchas de golf? ¿Por qué ahora cuando Woods ya ni aparece en Google Trends?

Porque fue entonces cuando la prensa basura –hoy un concepto muy generalizado– se tragó el tema, como bien lo explica aquí mi colega y amiga Pilar Marrero.

¿Se acuerdan de Maradona, el jugador? ¡Claro, cómo no se van a acordar! Entonces, ¿qué es lo primero que les viene a la mente cuando leen Diego Armando Maradona? ¿Que es el mejor jugador de todos los tiempos (perdón Pelé)?

Seguramente no. Puede ser el que metió un gol con la mano a Inglaterra (bien hecho).

O puede ser el que le encontraron droga (efedrina, norefedrina, seudoefedrina, norseudoefedrina y metaefedrina) en el cuerpo y lo tiraron del Mundial de fútbol de 1994.

Casi apuesto que lo segundo[1].

Desde entonces se le pegó lo de la droga y así se lo recuerdan amablemente quienes lo abuchean, especialmente en los supuestos países “hermanos”.

Ahora, olvidémonos de Maradona, ¿ok?

¿Kobe Bryant? Otro angelito. El mejor jugador de básquetbol del mundo. ¿Y quien salió sin orejas, y sin contratos con Coca Cola y Nike de la denuncia de violación sexual  en 2003?  El.

¿Quién más?

¡Ah! Mike Tyson. La bestia con guantes de boxeo, y campeón mundial indiscutido, tuvo suerte: le dieron solamente 36 meses de cárcel por violar a una chica de 18 años. Ya está pegando de vuelta.

El corredor canadiense Ben Johnson. El fenómeno del atletismo, El 24 de septiembre de 1988 reventó el récord mundial de 100 metros con 9.79 segundos. Dejó atrás a Carl Lewis y a todo el mundo con los ojos desorbitados. Era la final de los Juegos Olímpicos. Pero le encontraron residuos de esteroides prohibidos  en la orina y prácticamente lo borraron del mapa.

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O la angelina Marion Jones, que ganó cinco medallas en los Juegos Olímpicos del 2000 en Sydney, tomó esteroides, perdió las mentadas medallas y pasó seis meses en una cárcel federal por haber mentido a un gran jurado (peor que mentirle a la prensa).

¿Sigo? En baseball, Alex Rodríguez o A-Rod, uno de los grandes de verdad, que admitió este año al uso de drogas, siguiendo una larga y honorable lista de estrellas, que conocemos gracias al libro de José Canseco, uno de ellos, y que lo convirtió a su vez en estrella después de ya no jugar.

O.J. Simpson, quien en 2005 salió con una mano adelante y la otra atrás, pero inocente en el juicio de haber asesinado a su esposa y a otra persona, pero volvió a caer recientemente y ahora cumple una sentencia de nueve años en la cárcel de Lovelock, Nevada.

Pete Rose, el mejor bateador de todos los tiempos, pasó en 1990 cinco meses en una cárcel federal por evadir impuestos, luego de haber cosechado universal escarnio y pérdida de trofeos por participar en apuestas sobre el resultado de los partidos de su equipo.

Michael Vick, el quarterbak, estuvo casi dos años tras las rejas, básicamente por inaudita crueldad contra perros.

Seguro me olvido de muchos, pero no importa. La lista ya aburre.

Rápido, ¿cuál es el común denominador de todos estos?

Que son los mejores deportistas que ha visto el mundo.

Todos ellos, y muchísimos más, cayeron porque violaron la ley, o a alguien.

Pero son – o eran – mucho más que eso. Son figuras del mundo del espectáculo.  Cobran millones – en el caso de Woods, centenares de millones – solo porque sus bonitas caras adornaron infinitas campañas de publicidad: en Gillette, Nike, Pepsi, Coca Cola, Powerade , Kraft , Rawlings, EA-Sports, Ketel One…

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Son estrellas, es decir miembros del star system inventado aquí, en Hollywood  cuyo axioma era: “crear, promover y explotar” convirtiendo a los protagonistas del cine en figuras míticas y atractivas. Así nacieron los “celebrities”. Elegían –eligen–   a jóvenes actores y actrices por su aspecto exterior, les inventan personalidad y nuevos nombres. Y uno de los pilares del sistema fue: hacer que ganen mucho, mucho dinero.

¿Qué más que tener dinero y mover una pelota con un palo para ser un hombre perfecto?

¿Qué más en común? Sufren de las mismas limitaciones que la gente ignorante, sólo que se dedican a diseminar sus principios desde su categoría estrellática. Muchos luego se dedican a la política. Son dedicados a deportes, algunos de los cuales, como bien dice Marc Cooper, como el golf son absurdos. Bien trae él a colación al  campeón del mundo en ajedrez Bobby Fisher, otro loco, pero genio.

¿Y el pobre Tiger Woods? Aquí está: ni pasó cocaina por la frontera (Bob Probert) ni tomó drogas para mejorar su juego (el mismo Carl Lewis)  ni violó a nadie ni conspiró para matar a su agente (Mike Danton), ni evadió el pago de impuestos, ni le mordió la oreja a sus rivales (Tyson a Evander Holyfield en plena pelea), ni metió la pelota al hoyo de golf, o al arco de fútbol con la mano…

Por lo que dicen los que dicen que dicen, engañó a su mujer. Y además con mal gusto. Con sus mil millones de dólares, encontraba a sus amantes en clubs nocturnos y cabarets de mala muerte.

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Y lo más grotesco: las mujeres supuestamente involucradas, lejos de denunciarlo o esconderse, posaron para todas las revistas y se entrevistaron en todos los canales. También van al camino sideral.

Pues bien: quién esté libre de pecado que tire la primera piedra. Porque entre los atletas, engañar a la esposa o esposo o pareja no es solamente común, sino que parecería ser la norma. En el mundo académico hay decenas de estudios sobre el tema y sus porqués. Tanto, que tiene un nombre: la cultura del adulterio. Parte de ellos salieron del silencio letal de las bibliotecas universitarias a todos los medios de comunicación, a propósito de uno de ellos: Tiger Woods.

Así dice la doctora Michelle Callahan: “el engaño con atletas célebres es una parte tan importante de nuestra cultura porque las mujeres se sienten atraidas al extremo por la fantasía de la fama, el dinero y la casa lujosa”.

¿Estamos?

Por último: es una cuestión personal entre Woods y su esposa. Si la relación extramarital fuese seria y peligrase el matrimonio o relación principal, también sería cuestión de la tercera parte. Si hubiese separación de por medio, también involucra a los hijos y ya. En el peor de los casos, al abogado.

Bueno. Esto es lo que quería decir sobre Tiger: que su falta comparada con las de tantos otros atletas también presentados como santitos por el sistema, es otra cosa. ¿O no? ¡Vamos!


[1] Yo de eso me acuerdo muy bien, porque ese Mundial fue en Los Angeles y yo tenía dos entradas para el partido de Argentina vs. Rumania donde perdió el equipo de la camiseta de Rácing. Estuve allí bajo un calor espantoso con mi hijo mayor y amigos… pero Maradona no estuvo.

Gabriel Lerner
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Editor en jefe del diario La Opinión en Los Angeles. Fundador y co-editor de HispanicLA. Nació en Buenos Aires, Argentina, vivió en Israel y reside en Los Ángeles, California desde 1989. Es periodista, bloguero, poeta, novelista y cuentista. Fue director editorial de Huffington Post Voces entre 2011 y 2014 y anteriormente editor de noticias, también para La Opinión.