viernes, noviembre 27, 2020
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    Arturo Alessandri Palma: Piruetas de caudillo chileno (II)

    El legado más importante del accidentado primer gobierno de Arturo Alessandri Palma (1920 – 1925), motivo de orgullo para él y sus huestes, fue la promulgación de la Constitución de 1925. El proceso previo a la puesta en vigencia de esta Carta Fundamental que pretendía dejar atrás el imperio de su antecesora de 1833 –interpretada después de la guerra civil de 1891 como parlamentaria– le brindó una nueva oportunidad al “León de Tarapacá” para encender la mecha de la ilusión en su “querida chusma”.

    Aprovechando el clima de creciente participación que despertó el proceso de reforma política, con la venia al menos gestual del propio Mandatario, la Federación Obrera de Chile (FOCH), junto a otros movimientos sociales, de empleados, profesionales, intelectuales y estudiantes, más la oficialidad joven del Ejército –entonces, con ideas de avanzada– se abocaron a preparar sus aportes para este cambio constitucional. La idea de la convocatoria era contar con la participación de representantes de todas las fuerzas vivas de ambos sexos, otorgándole al asalariado una representación de mayoría por considerarlo un acto de justicia.

    Así, la FOCH, la Asociación General de Profesores, la Federación de Estudiantes de Chile, la Federación de Obreros Ferroviarios y el apoyo de parte del Ejército participaron, entre el 7 y 11 de marzo de 1925, de la Asamblea Constituyente de Obreros e Intelectuales realizada en el Teatro Municipal de Santiago, adonde se aprobaron un conjunto de principios que, esperaban sus creadores, debían ser incorporados a la nueva Constitución.

    Dentro de estos principios constitucionales destacaban tres orientaciones de gran importancia para los convocados: énfasis en los problemas económicos y sociales como tarea del Estado, descentralización de la función política para una democracia hacia la base social (convertir al país en una República Federal) y el principio de representación legislativa (cámara organizada sobre la base de los gremios existentes en el país), todos temas que, a la luz de los hechos, Alessandri había dejado en el olvido, dándole primacía al autoritarismo desde su fallida alianza con los militares en 1924.

    El fin de esta efímera “ilusión alessandrista” llegaría de manos del propio caudillo y la cúpula militar, quienes entregaron la elaboración de la Carta Fundamental a un reducido número de “notables” designados a dedo por la Presidencia de la República. El resultado fue la aprobación de la Constitución más “democrática de Chile” con una altísima abstención en 1925: 128.381 ciudadanos de un universo de 302.304 y con un berrinche de proporciones del “León de Tarapacá” cuando se le conminó a respetar lo acordado por la Asamblea Constituyente. Desgaste que no fue en vano por cuanto le significó sacar adelante un documento de acuerdo a su soberano arbitrio.

    Segunda presidencia

    Entre el golpe de estado de escritorio que diera su archirrival y entonces “único Ministro en funciones”, coronel Carlos Ibáñez del Campo, en 1925, hasta que el Presidente de la República provisional (y a su vez Presidente de la Corte Suprema), Abraham Oyanedel, le entregara la banda tricolor para un nuevo período, la influencia de Arturo Alessandri Palma en la contingencia política continuó plenamente vigente. A lo más sufrió variaciones en intensidad. Ya fuera desde el exilio o en el país, en reuniones oficiales o conspirando desde las sombras, Alessandri y sus seguidores no dejaron pasar ni un momento en que no estuviera en sus planes regresar al poder. Para esto, el caudillo no dudó en buscar aliados de todo el espectro político, desde socialistas, comunistas, militares, fascistas, aviadores, conservadores, liberales, radicales, sindicalistas y agitadores varios.

    La inestabilidad política de entonces, con un total de 27 partidos, se tradujo en un beneficio para el candidato Arturo Alessandri, quien logró imponerse sobre sus rivales Marmaduke Grove (socialista), Héctor Rodríguez de la Sotta (conservador), Enrique Zañartu (liberal) y Elías Lafferte (comunista), con casi el 55 por ciento de los votos. Así como en 1920 su carta de presentación correspondía a la de un hombre que con un programa reformista evitaría la revolución y el desplome de la República por la ceguera de los poderosos, en 1932 era el estadista maduro, capaz de conducir al país por la senda del orden y la tranquilidad institucional, más aún si este orden emanaba de su propia su propia criatura, la Constitución de la República.
    Aunque su candidatura fuese levantada por partidos de orientación de centro izquierda (Radical y Democrático, más agrupaciones menores como los Partidos Demócrata, Radical Socialista, Socialista de Chile, Socialista Constitucional, Social Republicano, Liberal Democrático Socialista, Liberal Balmacedista, Liberal Doctrinario, Unión Cívica de la Clase Media y Ex–oficiales y soldados del ejército sin pensión), la evolución de su gobierno avanzó por derroteros que culminaron en una férrea alianza entre el Presidente con los sectores más conservadores del espectro político, los mismos que Alessandri asegurara combatir hacía menos de tres lustros.

    De esta manera, el Mandatario dejó de atacar a la oligarquía –con la cual se alió– para dirigir sus dardos a “elementos anárquicos” que buscaban, según sus propias palabras, “la destrucción violenta de la organización política y económica del país”.
    El segundo gobierno de Arturo Alessandri se caracterizó por un autoritarismo presidencial amparado en las Facultades Extraordinarias que le concediese el Congreso a cuatro meses de asumir. En esto debió jugar un papel importante la traumática experiencia de su primer gobierno, para contener las conspiraciones en contra de la Constitución y la Ley. De esta manera, desde el 28 de abril de 1933 y hasta octubre de 1934, el gobierno estuvo en condiciones de someter a las personas a vigilancia, trasladarlas de un lugar a otro del territorio nacional, suspender o restringir el derecho a reunión y de libertad de prensa (incluyendo censura previa si se trata de impresos que pretenden alterar el orden público), allanar residencias en el curso de investigaciones sobre insubordinaciones ante el poder establecido.

    Ante semejante clima represivo, la primera parte del nuevo gobierno no tardó en tener su corolario sangriento: en 1934 se produjo la represión de campesinos mapuches alzados en contra de los abusos patronales en la zona de Ranquil, en pleno corazón de la Araucanía, cuyo saldo fueron entre ciento cincuenta y doscientas víctimas fatales. La versión del gobierno, en cambio, sostuvo que se trató de un enfrentamiento entre cien fascinerosos alentados por propaganda subversiva ante sólo diez carabineros.

    A lo anterior se debe agregar la creación en 1932 de las Milicias Republicanas –con el apoyo del propio Presidente– y que correspondían a unos 80.000 civiles con preparación y armamento militar, cuyo objetivo era evitar los golpes de Estado por parte de uniformados influenciados por ideas izquierdistas (aún se recordaba la efímera República Socialista de Marmaduke Grove y luego de Carlos Dávila en 1932) y cuya constitución surgió de un resquicio legal heredado de la breve presidencia del radical Juan Esteban Montero. Este grupo de milicianos, destinados a defender esta democracia autoritaria de la amenaza marxista y anarquista, operó hasta 1936, cuando el propio Alessandri les solicitó su disolución y la entrega de las armas.
    La segunda parte del período alessandrista tuvo como protagonista –o antagonista según donde se le mire- a su Ministro de Hacienda, Gustavo Ross Santa María. Mientas que para los liberales y conservadores del gobierno era considerado “el mago de las finanzas” por su política fiscal severa, con mayor recaudación tributaria y restricción del gasto, lo que se tradujo en un presupuesto equilibrado, el pago de la deuda externa y la salida de la Gran Crisis de 1929, socialistas y comunistas lo tildaron de “ministro del hambre” por sus nulos resultados en materia salarial y de política social.

    La gestión de Ross –nominado más tarde candidato oficialista a la Presidencia de la República- logró signos de recuperación en la demanda internacional de cobre, salitre y productos agrícolas exportados desde Chile. Sin embargo, la política de Alessandri de contención sindical, represión e intolerancia ante la crítica (en especial hacia la prensa satírica), llevaron a los radicales a retirarse del gobierno y a concretar una alianza con la oposición, integrada por comunistas y socialistas, para conformar el Frente Popular que levantaría la candidatura presidencial de Pedro Aguirre Cerda frente a la de Ross Santa María.

    Seguro obrero

    Mientras el gobierno de Alessandri por un lado se preocupaba de perseguir a los grupos de izquierda, por otro hacía una suerte de vista gorda ante grupos de orientación fascista, más aún si estos se declaraban antimarxistas. En definitiva, se reflexionaba en los cenáculos del poder, buscaban los mismos fines pero desde la periferia.

    Éste fue el caso del Movimiento Nacional Socialista Chile o Naci de Jorge González Von Mareés, llamado también el Jefe (movimiento surgido en 1932, inspirados en los pasos dados por Adolf Hitler en Alemania y Benito Mussolini en Italia). El crecimiento de este grupo, cuyas primeras andanzas se relacionaron con enfrentamiento callejeros con las milicias del naciente Partido Socialista de Chile, sólo generó curiosidad en el entorno de Alessandri, pese a que a medida que transcurría el tiempo se declararon contrarios al gobierno, en especial a la política económica del Ministro Ross. Acercándose la elección presidencial de 1938, el jefe González Von Marees le dio su apoyo a ex dictador Carlos Ibáñez del Campo, quien conformaría su apoyo electoral alrededor de la Alianza Popular Libertadora, integrada además de los Nacis (como se llamaban para diferenciarse de los nazis alemanes) por la Unión Socialista.

    Sin embargo, de manera paralela, los nacistas no desecharon sus afanes conspirativos, por lo que González Von Marees, con un reducido grupo de seguidores pertenecientes a las Tropas Especiales de Asalto (TEA), todos jóvenes entre 20 y 25 años, de los cuales se excluyó al segundo líder del movimiento, Carlos Keller y al parecer al propio Ibáñez, decidieron dar un golpe de Estado, supuestamente apoyado por el Ejército, el 5 de septiembre de 1938. Un grupo de nacis se tomó la Casa Central de la Universidad de Chile con la idea de raptar al hijo del Presidente, Arturo Alessandri Rodríguez, quien se desempeñaba como decano de la Facultad de Derecho, mientras que otros lo hicieron en el Edificio del Seguro Obrero, a un par de metros al otro lado de la Alameda de Santiago.

    Al iniciarse el operativo, hubo enfrentamientos que se tradujeron en la muerte de un cabo de Carabineros que intentó repeler la acción creyendo que se trataba de un asalto. Al momento en que desde el gobierno se dio la orden de sofocar el levantamiento, se produjo la intervención del Ejército –que supuestamente los nacistas consideraron refuerzos por lo que fueron fácilmente presa de ellos– y las fuerzas de Carabineros. Sofocados ambos motines, los nacistas de la toma la Universidad de Chile fueron llevados con bayonetas a sus espaldas a dependencias del Seguro Obrero para ser acribillados por carabineros en las escaleras del edificio público junto a sus otros compañeros.

    La herencia del segundo período del León de Tarapacá fue 59 muertos y un manto de desprestigio que le llevó a entregar la banda presidencial al candidato de la oposición, Pedro Aguirre Cerda, quien salió electo con el apoyo de los nacistas.

    Claudio Rodriguez Morales
    Claudio Rodriguez Morales
    Claudio Rodríguez Morales nació en Valparaíso, Chile, en 1972. Es periodista de circunstancias, con ínfulas de historiador y escribidor, además de lector voraz y descriteriado. Hincha de Wanderers de Valparaíso y Curicó Unido, se reconoce bielsista, balmacedista, alessandrista, chichista, liberal – socialdemócrata, beatlemaniaco. Actualmente se encuentra poseído por los mensajes de Led Zeppelin, el pisco sour peruano (culpa de los hermanos inmigrantes), la chicha de Villa Alegre (culpa del historiador Jaime González Colville) y el congrio en todas sus variedades (culpa de Neruda). Casado con Lorena y padre de Natalia

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