El fin del cierre del gobierno: en un buen momento

Trump actuó, no como presidente de todos los  estadounidenses, sino como líder de una facción minoritaria. Los demócratas no se pudieron dar ese lujo.

Desde el 1 de octubre hasta ahora, ni republicanos ni demócratas dieron brazo a torcer en la controversia presupuestaria y el gobierno siguió cerrado. Quien sufre los resultados es la población estadounidense, especialmente quienes ganan menos y carecen de ahorros.  

Hace 41 días, venció la autorización que el Congreso otorga cada año al gobierno federal para financiar su funcionamiento. En consecuencia se produjo un cierre  (shutdown) paulatino y escalonado del gobierno.  Dos propuestas disímiles se presentaron para aprobar la continuidad del gobierno. La de los republicanos, que proponía continuar con el plan de gastos actual, sin cambios ni concesiones ni negociaciones. La de los demócratas, que condicionaba su apoyo entre otras cosas a que siga vigente  el subsidio para Obamacare después del fin de año. De no continuar estos pagos, para 20 millones de estadounidenses de bajos ingresos el seguro médico se duplicará a partir del año próximo. 

Como se sabe, si bien los republicanos dominan el Senado para votar por un proyecto de ley de gastos requerían 60 votos, los necesarios en virtud de la regla del “filibuster” de 1917 para poner fin al debate y proceder a la votación. 

Este esquema otorga al partido minoritario visualmente el derecho al veto. Tradicionalmente, eso llevó a soluciones de compromiso. 

Pero obedientes al presidente Trump, los senadores republicanos se negaron siquiera a celebrar conversaciones sobre un acuerdo de compromiso. 

Trump se congratuló de que en este lapso podría hacer a su voluntad. El 1 de noviembre, cuando venció el presupuesto del Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria (SNAP), que atiende a 42 millones de estadounidenses con cupones de alimentos, se negó a usar fondos de reserva para continuar el programa. Hizo uso de presupuestos militares para pagar por sus proyectos favoritos, anuló programas de ayuda social en estados con gobernadores demócratas, sumió a los inspectores de vuelo en la miseria al no pagarles sus salarios pero obligándolos a seguir trabajando, y anunció que reduciría los vuelos en los principales aeropuertos, especialmente aquellos en ciudades con mayoría demócrata. Esta medida de seguridad es especialmente drástica cuando comienza la temporada de viajes de fin de año. 

La Oficina de Presupuesto del Congreso estima que el shutdown ha costado entre 7,000 y 14,000 millones de dólares. 

En vez de buscar una solución, Trump presionó a los republicanos para que anulen unilateralmente la regla del “filibuster” e impongan su mayoría de 53 contra 47. Fue toda su colaboración. 

Con ello, el Presidente demostró una vez más que no le interesa la suerte de los estadounidenses. 

Mientras millones se debaten entre comprar medicamentos o comida o transporte, ofreció una fiesta decadente de Halloween en su mansión de Florida para sus allegados multimillonarios. Mientras decenas de miles de niños perdían el acceso a Head Start, el programa federal de aprendizaje temprano para familias de bajos ingresos, promovía la destrucción de un ala de la Casa Blanca para reemplazar sitios históricos con una sala de bailes que llevaría su nombre.

Hizo incontables muestras de irresponsabilidad.

Es cierto que estos actos del mandatario, sumados a la ausencia de negociaciones en el Senado, atrajeron la protesta de la población y beneficiaron momentáneamente a los demócratas, algo que se manifestó en las elecciones fuera de término del 3 de noviembre. 

Pero hasta aquí debía durar la confrontación. Es un buen momento para la vuelta de página y el inicio de un nuevo capítulo en la lucha. 

El acuerdo alcanzado durante el fin de semana entre los republicanos y un puñado de ocho senadores demócratas para que estos voten por la reapertura del gobierno fue entonces inevitable. Muestra que mientras que en el bando de gobierno la obediencia a Trump es absoluta aunque se perjudique la ciudadanía, el compromiso y el acercamiento siguen siendo el norte de muchos demócratas. No es una capitulación. Los demócratas han logrado lo importante: mostraron que pueden confrontar a Trump pese a la vorágine que nos lleva a un régimen autoritario y a un gabinete corrupto. 

Según el analista Ezra Klein del New York Times, que critica el acuerdo, el acuerdo consiste en que la asistencia alimentaria —tanto SNAP como WIC— recibirán más fondos, y en concesiones modestas en otras áreas del gobierno. «Los empleados federales despedidos serán recontratados y a los que fueron suspendidos se les pagará retroactivamente». En lugar de extenderse los créditos fiscales de Obamacare los republicanos prometen  someter el tema a votación.

Pero, como aclara también Klein, en enero la misma situación volverá a emerger y si no se llega a un acuerdo volverá a cerrar el gobierno. En teoría, es una oportunidad para negociar, aunque ya sabemos que con Trump no se negocia sino que se enfrenta.

Es en ese sentido injusta la reacción dentro del partido de furia y desencanto, no solamente contra quienes rompieron con la disciplina partidaria y votaron por la apertura del gobierno, sino también contra el liderazgo del partido. 

Para el partido de gobierno, todo es un juego de poder ante una opinión pública irremediablemente dividida. Fox News, convertido en un portavoz del régimen de Trump, de manera previsible tituló la noticia de un acuerdo con “Los demócratas se rinden”. Comienzan a especular con quién ganó y quién perdió.  

Trump actuó, no como presidente de todos los  estadounidenses, sino como líder de una facción minoritaria. Los demócratas no se pudieron dar ese lujo.

Millones de estadounidenses volverán a sus empleos. Quienes siguieron trabajando sin paga recibirán sus sueldos. Los aeropuertos volverán a ser seguros. Los programas sociales volverán a funcionar. Y existe todavía un plazo para seguir luchando por la extensión de los subsidios de Obamacare. 

La lucha no ha concluido. 

Seguirán los enfrentamientos entre un presidente que conscientemente destruye el estado social y debilita las instituciones democráticas y una oposición civil numerosa y decidida. 

Aunque al Presidente no le interese, el bienestar de la población debe seguir siendo primero. 

Autor

  • Fundador y co-editor de HispanicLA. Editor en jefe del diario La Opinión en Los Ángeles hasta enero de 2021 y su actual Editor Emérito.
    Nació en Buenos Aires, Argentina, vivió en Israel y reside en Los Ángeles, California. Es periodista, bloguero, poeta, novelista y cuentista. Fue director editorial de Huffington Post Voces entre 2011 y 2014 y editor de noticias, también para La Opinión. Anteriormente, corresponsal de radio.
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    Founder and co-editor of HispanicLA. Editor-in-chief of the newspaper La Opinión in Los Angeles until January 2021 and Editor Emeritus since then.
    Born in Buenos Aires, Argentina, lived in Israel and resides in Los Angeles, California. Journalist, blogger, poet, novelist and short story writer. He was editorial director of Huffington Post Voces between 2011 and 2014 and news editor, also for La Opinión. Previously, he was a radio correspondent.

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