Entrevista: De corredor de maratón a indigente, por Agustín Durán

Lo encontré un domingo. Juan Meraz estaba dormido en la banqueta, bien enrollado en varias cobijas, mientras su perrita como fiel amiga permanecía a su lado, mirándolo a él y al tráfico de la Avenida Telegraph, en la ciudad de Whittier. Corrió tres maratones, tenía su casa propia, pero hoy vive en la calle

Juan Meraz / Foto: Agustín Durán

Hasta hace cinco años, trabajaba, tenía a su esposa y su hogar. Incluso, había corrido tres maratones recientemente. Es decir: llevaba una vida saludable. ¿Cómo podemos explicar que una tragedia lo haya llevado a perder todo? ¿Que lo ha convertido en un indigente, un homeless?

Nunca pasó por su mente que llegaría a esta situación.

Lo encontré un domingo. Juan Meraz estaba dormido en la banqueta, bien enrollado en varias cobijas, mientras su perrita como fiel amiga permanecía a su lado, mirándolo a él y al tráfico de la Avenida Telegraph, en la ciudad de Whittier.

Cuando los rayos del sol le empezaron a llegar a la cara, de forma inmediata se levantó y en silencio empezó a doblar sus cobijas. Me acerqué. Comenzamos a platicar.

Luego de unos 20 minutos de escucharlo, Meraz, de 57 años quería que no me olvidara que él haría cualquier cosa para proteger su perrita Ingeborg y una vez más me platicó la anécdota.

“Cuando me dijo [otro indigente] que la próxima vez mataría a mi perro me le fui encima:”

-¿Qué me dijiste motherfucker? A mí me puedes decir lo que quieras, pero le haces algo a mi perrita y te las verás conmigo.

La perrita, dijo Meraz, era lo único que le quedaba de su esposa –Susan Heneghan, de origen alemán, y quien había fallecido en 2014 a causa de una falla en el corazón.

“Esto es lo único que me queda de ella y si me la matan, me voy a quedar sin nada”, expresó el indigente de tez morena, bigote amplio y aspecto delgado.

“La neta te voy a decir la verdad. Desde que murió mi vieja caí en depresión y empecé a fumar marihuana. El problema fue que luego le seguí con la cocaína e incluso el crack, pero gracias a Dios ahorita otra vez ya solo fumo marihuana”.

Nacido en Iztapalapa, en la ciudad de México, Meraz explicó que vino a Estados Unidos luego del terremoto de 1985, y que siempre lo ha perseguido la sombra de un abuso sexual que sufrió cuando tenía siete años de edad, fantasma que hasta la fecha no ha podido superar del todo.

“Fue un vecino muy querido de la familia, expresó. Pero mecai que si lo veo ahorita le rompo toda su
p…”

Al tocar este tema, inmediatamente sus ojos se le llenan de ira y de tristeza; sus lágrimas ruedan y el silencio se apodera de él por unos segundos.

Meraz, quien empezó a usar drogas desde los 12 años, dice que principalmente a causa de ese problema no ha podido mantenerse en un empleo en forma constante.

“Siempre me deprimo, siente coraje y mejor busco un escape”.

Cuando llegó a Los Ángeles a los 22 años, luego de emplearse en varias industrias, volvió a caer en las drogas. Años más tarde fue precisamente en un centro de rehabilitación donde conoció a quien luego fue, desde 2007, su esposa. Susan trabajaba en una iglesia, de donde salía para visitar a personas en rehabilitación de las drogas. Fue así como conoció a Meraz, con el que viviría por siete años.

Antes de fallecer, su esposa le encargó mucho a su mascota, es por eso que dice que si a su perrita Ingeborg le llega a pasar algo él se muere.
“No me le perdonaría mi viejita. Incluso si me viera, así como ando ahorita, viviendo en la calle, seguro que ella ya me hubiera dado una chinga”.

“Susan creyó en mí, y me ayudó a salir de las drogas, me consiguió un trabajo y luego nos casamos. Teníamos nuestra casa. Vivíamos muy felices. Era una mujer muy buena”, expresó el inmigrante.

Ella le impulso a correr y por eso lo hizo. Así, en 2007, 2011 y 2013 corrió y terminó el maratón de Los Ángeles. 

“La primera vez hice un tiempo de 3:57, la segunda 3:45 y la tercera 3:31”.

Meraz busca su carrito de almacén donde lleva todos sus recuerdos y saca las placas y sus medallas que corroboran sus palabras. ‘Para que no pienses que te estoy choreando’.

Me enseña un álbum de fotografías donde aparece con su esposa el día de su boda y luego en unas vacaciones con la familia de ella.

Juan Meraz duerme en la banqueta, enrollado en cobijas, su perrita a su lado, en la Avenida Telegraph. Corrió 3 maratones, tenía su casa: vive en la calle (Agustín Durán) Clic para tuitear

Pero de repente su esposa se enfermó y no aguantó una operación de corazón, situación que regresó a Meraz a una depresión y a las drogas.

A los seis meses de fallecida su mujer, Meraz perdió su trabajo y a los dos años perdió la casa en la que vivía con ella. Ya no pudo pagar la mensualidad y desde 2016 recorre las calles con su perrita.

Por lo pronto el inmigrante dice que está en espera que un abogado le arregle sus documentos legales; aunque espera conseguir un empleo cuanto antes porque subraya que ya quiere alejarse de la calle.

“Aunque se ven tranquilas las avenidas, la verdad que es peligroso vivir en la calle, nunca sabes quien te puede llegar a robar o golpear. A mí ya me ha pasado varias veces”.

Al otro día que regresé a buscarlo a la misma acera donde lo había encontrado dormido Meraz ya no estaba. Fui a preguntar al negocio donde se supone le habían prometido un trabajo, pero no se lo dieron.

Durante un mes, lo he seguido buscando y he preguntado por él en donde se juntan o viven los vagabundos en Whittier, pero nadie lo ha visto.

Indagando un poco sobre el testimonio de Juan Meraz, encontramos que si, él estuvo casado con Susan Hennigan-Chinchilla de 2007 al 2014, cuando ella falleció de un cáncer de páncreas. Previamente Susan había estado casado por 30 años en una relación donde nacieron sus tres hijos. Respecto a Meraz, los documentos muestran que fue desalojado legalmente en el 2019, aunque en base a su testimonio, él ha vivido en las calles ya desde el 2016.

En la cuenta de Facebook de Susan Henningan, ella aparece con su familia en el 2013, un año previo a su fallecimiento. En el sitio Juan Meraz aparece como el abuelo de la familia y en algún momento le piden que no actue como americano – en broma-. En las fotos también aparece Ingeborg, la perrita que pertenecía a su esposa y por la que Juan Meraz esta, en estos momentos, dispuesto a dar la vida con tal de no perderla.

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